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Les Angles: pedaleando el latido catalán del Capcir
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Les Angles: pedaleando el latido catalán del Capcir

  • Segunda etapa de nuestro viaje por el Pirineo francés: lagos de alta montaña en bicicleta eléctrica, un trineo que serpentea entre pinos y el termalismo perfecto para cerrar el día.
  • Por Gabriel L. Goold -desde Alicante

viernes 24 de julio de 2026, 23:26h

24JUL26 – MADRID.- Después de la tormenta que nos cerró las puertas de Formiguères el día anterior, llegamos a Les Angles al atardecer, con ese punto de expectación que deja una jornada inacabada. Y bastaron unas horas a la mañana siguiente para entender que este no es simplemente otro bike park más del Pirineo francés: es un pueblo de piedra que vive de y para la montaña, con el lago de Matemale asomando al fondo del valle y las laderas del Roc d'Aude vigilando desde arriba.

Les Angles: pedaleando el latido catalán del Capcir
Les Angles: pedaleando el latido catalán del Capcir

Un pueblo que se jugó el bosque para sobrevivir

Cuesta creerlo paseando hoy por sus calles, pero Les Angles estuvo a punto de desaparecer. A principios de los años sesenta el éxodo rural había dejado el pueblo en apenas 250 habitantes. Fue el alcalde Paul Samson, apodado "el loco del Capcir", quien decidió jugárselo todo: puso el bosque de la Matte como garantía bancaria para levantar una estación de esquí en las laderas del Roc d'Aude y el Mont Llaret. En enero de 1964 arrancó el primer telesilla, y en diez años la población se había triplicado. Hoy el pueblo ronda los 600 residentes permanentes y recibe a más de 18.000 personas en temporada alta de invierno, con un dominio que se cuenta entre los cinco mejores de los Pirineos.

Sobre dos ruedas, entre lagos glaciares

La jornada empezó con bicicleta eléctrica de montaña, guiados por Antonio Martín, director comercial de Les Angles, al que todos aquí llaman Toni. Salimos del pueblo, a 1.600 metros, por una carretera con apenas tráfico hasta el lago natural de Balcère, a 1.765 metros de altitud y 22 metros de profundidad, según el propio panel informativo junto a la orilla. Desde allí subimos hasta Gañada y bajamos por el valle de la Lladura hasta el lago de la Baseta, ya al pie del macizo de Camporells —Site Classé dentro del macizo del Carlit—, donde termina cualquier posibilidad de seguir en bicicleta: a partir de ahí, solo se puede caminar.

La vuelta repitió parte del camino hasta la mitad del recorrido, pero en lugar de bordear de nuevo el lago de Balcère, regresamos por la Iglesieta de Vallserra, un yacimiento arqueológico de un antiguo pueblo medieval del que hoy quedan a la vista los muros de las casas y el molino, excavados y señalizados por los equipos de arqueología de la zona. En total, casi 25 kilómetros y unos 400 metros de desnivel. Toni fue honesto desde el principio: "hemos hecho trampa, porque lo hemos hecho con bicicleta eléctrica". Aun así, nos cruzamos con familias haciendo el mismo trayecto en bicicleta convencional, sin más ayuda que las piernas. Es una excursión corta, asequible para quien esté mínimamente acostumbrado a pedalear, y con la ventaja añadida de transcurrir casi siempre a la sombra, junto al río.

Una de las grandes sorpresas de la experiencia fue descubrir la bicicleta que nos prestaron para la ruta: la Mondraker Crafty, una e-MTB de doble suspensión y ruedas de 29 pulgadas, equipada con motor Bosch Performance Line CX y cambio de 12 velocidades. Su comportamiento en pistas y senderos técnicos resulta especialmente destacable: una bicicleta robusta y estable que permite afrontar las pendientes más exigentes y disfrutar de la montaña con una asistencia eléctrica que, lejos de restar protagonismo al ciclista, amplía las posibilidades de la ruta.

No todo salió perfecto, y tampoco tendría sentido contarlo como si lo hubiera sido: dos compañeros del grupo sufrieron sendos pinchazos durante la excursión. La organización reaccionó rápido, acudiendo al punto exacto del incidente para solucionarlo sobre la marcha, y en cuestión de minutos volvíamos a rodar como si nada hubiera pasado. Ese tipo de detalles, más que restar, suman: es la prueba de que la logística detrás de estas rutas guiadas está pensada para que cualquier imprevisto se resuelva sin arruinar el día.

Parada obligada tras el pedaleo

De vuelta en el pueblo, la parada para comer fue tan merecida como necesaria: dos ensaladas bien cargadas, una al estilo César, con tiras crujientes rebozadas y un hilo de balsámico, y otra con croquetas de queso de cabra sobre un lecho de rúcula, tomate, zanahoria y nueces, también coronada con su toque de balsámico, acompañaron al plato fuerte: magret de canard con patatas fritas, la pechuga de pato que es santo y seña de la cocina del suroeste de Francia. En la carta, además, había otras dos referencias que se ganaron nuestra atención para una próxima visita: el entrecot con patatas fritas caseras cortadas a cuchillo, y el steak tac-tac, una pieza de ternera picada a mano de unos 250 gramos que preparan al momento en la propia mesa. De postre, tarta de queso o mousse de chocolate, ambos caseros, y helados artesanales de multitud de sabores. Todo con la misma sensación: cocina sencilla, de producto, sin artificios.

El trineo que serpentea entre pinos

Por la tarde tocaba otra velocidad, y llegamos con cierto respeto: no tenía ni idea de qué esperar del Lou Bac Mountain, y ese punto de incertidumbre inicial fue, sin quererlo, parte de la gracia. Subimos en la telecabina Les Pèlerins hasta el Plateau de Bigorre y allí nos montamos en el trineo monorraíl, que arranca sobre los 2.100 metros y desciende hasta el propio pueblo, a unos 1.600. Son cerca de dos kilómetros y medio de curvas cerradas que se notan en el cuerpo como auténticas fuerzas G, con tramos de subida y bajada y zonas de frenada obligatoria bien señalizadas en todo el recorrido, recomendando reducir la velocidad antes de cada curva comprometida. La velocidad máxima ronda los 40 kilómetros por hora, pero cada uno decide cuánto apretar el freno. Después de la primera bajada, la sensación es clara: sabe a poco, y solo apetece volver a subir para repetir.

Justo a la salida de la telecabina, en la meseta de Bigorre, nos encontramos con la Salle Joseph Riveill, conocida como "Garrabet": la sala de picnic con parrillas gratuitas de la que tanto se enorgullece la estación, donde cualquiera puede asar su propia carne o verdura con el pico de Cambre d'Aze de fondo. Y en el tablón de pistas del bike park, junto a la sala, contamos hasta diez trazados operativos ese día: Frodon, Gandalf, Aragorn, Deep Blue, Midnight, North Shore, Red Line, Bloody Mary, Sauron y Black Swan. No llegamos a bajar ninguna, pero solo los nombres ya invitan a volver con otro tipo de bicicleta.

Un rincón para los amantes de la bicicleta clásica

Antes de seguir con el programa, hicimos una parada inesperada en un pequeño museo de la bicicleta de iniciativa privada, donde se conserva una colección de bicicletas históricas que recorre la evolución del ciclismo hasta nuestros días. Auténticas reliquias sobre dos ruedas que merece la pena ver con calma si el tiempo lo permite.

El balcón que no cansa a nadie

Antes de bajar, nos acercamos también al Sendero del Horizonte, una caminata de apenas 15 o 20 minutos que regala una panorámica completa del valle: todo Les Angles a los pies, el lago de Matemale brillando a lo lejos y el macizo del Carlit cerrando el horizonte. Es, según nos explicó Toni, uno de los pocos rincones de la estación pensado para todo el mundo sin excepción: niños, abuelos, cualquiera puede llegar hasta allí sin dificultad.

Termalismo con vistas, también para los más pequeños

El día terminó, como no podía ser de otra manera después de tanta bicicleta, en Angléo, el espacio de bienestar de Les Angles que ya cumple siete años de vida. Sauna, jacuzzi y chorros de agua a presión hicieron el resto: exactamente lo que el cuerpo pide después de una jornada así. Angléo cuenta además con una piscina específica para los más pequeños, lo que convierte la visita en un plan perfecto para toda la familia, no solo para quien viene de bajar montaña. Y para las noches de fiesta o los días de descanso, la estación dispone también de una bolera, un clásico que aquí se toma muy en serio: es, junto al propio Angléo, uno de los grandes puntos de encuentro social de Les Angles.

Un pueblo joven y muy familiar

Le pregunté a Toni qué tipo de público recibe la estación en verano y su respuesta fue clara: sobre todo familias, pero también gente joven, atraída en buena parte por el bike park de descenso que la estación tiene abierto en la zona alta. Una combinación que explica por qué Les Angles se siente, a la vez, tranquilo y vivo.

Sabores de invierno en pleno julio

En la mesa, la carne y el queso son los protagonistas indiscutibles, y la cena de esa noche lo confirmó de sobra: una parrillada de bocados de solomillo bien marcados, acompañada de un generoso plato de patatas fritas caseras y un tomate asado como guarnición, dio paso después a una fondue de queso servida en su propia olla, con pan cortado en dados para mojar sin límite. De postre, un fondant de chocolate con frutos rojos y arándanos, coronado con un crujiente de frutos secos y un hilo de caramelo, puso el broche perfecto a la jornada.

Toni nos habló también de las bolas de picolat, unas albóndigas generosas cocinadas con una salsa de vino, champiñones y aceitunas: un plato pensado más para el frío del invierno que para el calor del verano, pero que merece la pena probar igualmente si se tiene ocasión. Sobre el clima, fue igual de sincero: "para nosotros 30 grados es mucho", aunque las noches invitan a dormir bien, con temperaturas que rondaban los 22 grados esa misma mañana. La clave, según él, es que se trata de un calor seco: basta un poco de sombra y algo de aire para que la sensación cambie por completo.

Un pueblo-estación que se recomienda solo

Llegamos a Les Angles pensando en un bike park más de la lista y nos marchamos con la sensación de haber conocido un pueblo entero: sus lagos, su trineo, su balcón sobre el valle, sus aguas termales, su bolera y su gastronomía, todo ello sin perder de vista que aquí la piedra sigue mandando tanto como la bicicleta. Días antes de nuestra llegada, el pueblo había vivido uno de los momentos más importantes de su historia reciente: la llegada de la tercera etapa del Tour de Francia 2026, con una expectación y una afluencia de público como pocas veces se recuerdan en el Capcir. En el edificio de la telecabina todavía ondeaban los maillots blanco y amarillo como recuerdo de aquella jornada. Si el día anterior la montaña nos enseñó a aceptar sus imprevistos en Cambre d'Aze, Les Angles nos enseñó lo contrario: lo que sucede cuando todo un pueblo decide apostar por la montaña y gana. Y con esa sensación en la mochila, tocaba ya poner rumbo a Font-Romeu, la última parada de este viaje.

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