Hoy, uno de septiembre, me he encontrado de pronto la plaza abarrotada, no corría ni pizca de viento; las hojas de los plátanos estaban inmóviles, como muertas. La luz era cenicienta, como más apagada; una multitud ignominiosa abarrotaba las mesas; el camarero de siempre con aire cansado fumaba un cigarrillo medio escondido en la esquina, entre el bar y la calle.
Las parejas arracimadas escupen sus palabras. Siendo la misma hora de ayer la luz es sin embargo cenicienta, como más oscura; todo está abarrotado, los homosexuales inclinan sus cabezas para decirse cosas que se dirían al oído, pero tienen que inclinarse porque la plaza parece más inclinada que nunca, invitando a los clientes a rodar cabeza abajo.
En una mesa cercana, una mujer bien trajeada con falda amplia y plisada, mueve los pies nerviosamente; se ve que está excitada pero de mal humor con su pareja, un hombre con abundante cabello. Yo me revuelvo en mi butaca y ella se asusta y me mira preocupada; la hago ver que no me pasa nada, que no se asuste.
La mujer tendrá unos cincuenta años y es poderosa en sus atributos femeninos; detrás de mí el andador de mandos amarillos y la silla de ruedas plegada junto a un árbol.
Cuando al fin y tras haber pagado se levanta la hembra y pasa junto a mí, me sonríe malévola y cariñosamente; yo me doy cuenta que ella habría cambiado gustosamente a su acompañante para sentarse a mi lado.
Es un tipo de mujer que no me atrae especialmente, me gustan más jóvenes, pero me hace pensar que todavía estoy servible para “ciertos menesteres”, no obstante el hecho no me llena de alegría.
La plaza está abarrotada, sí; cada vez hace más calor y de pronto me doy cuenta que mi cuidad, de la noche a la mañana, se ha abarrotado de un público variopinto y heterogéneo venidos de los mares, de la montañas y del extranjero.
Ahora, a las diez y media de la noche, escucho el rumoroso y lejano griterío multiforme de las masas sudorosas, quizá aquellas que describiera Ortega y Gasset en ensayo inolvidable titulado “La rebelión de las masas”.
NO. No me gusta septiembre.