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Cuento: “Historias Urbanas”… (II)

Rita y el “diplomático”...

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:23h

Ahora que lo pensaba, quizás Roberto tenía razón cuando la noche anterior le había dicho que estaba engordando un poco. Se miró al espejo de cuerpo entero que tenía detrás de la puerta de su habitación y aún, con el ojo entrecerrado por el humo del cigarrillo que tenía en la comisura de sus labios, la figura que reflejaba el cristal le gustaba y para nada, según creía, tenía algún kilillo de más como había sugerido el pesado de Roberto.

Pero claro, era comprensible, Roberto le tenía mala voluntad desde la última vez que le vio en el Pub y no quiso bailar con él; y es que el tal Roberto ese, era un pesado de mucho cuidado y un sobón de primera. En cada ocasión que bailó con él, le parecía que sus manos, peludas y duras como garfios, querían irse demasiado rápido a sus nalgas o a al resto de su cuerpo. Claro que ahora, al mirarse de cuerpo entero en el luminoso espejo que tenía delante, entendió el entusiasmo que despertaba en los hombres. Su cuello era largo y sus hombros y brazos redondeados eran ideales para lucir vestidos escotados. Su melena larga y sedosa, de un color castaño casi rojizo era hermosa y venía muy bien con el tono claro de su piel y las ligeras pecas que tenía en su cara quedaban disimuladas perfectamente por un hábil maquillaje que realzaba más el esplendor de su frondosa melena. Cada vez que se miraba al espejo, como ahora, con el minúsculo sujetador y las pequeñísimas bragas a juego, sentía en su interior que se parecía a Rita Hayworth. La idea de parecerse a una estrella de cine no era solamente suya. Mucha gente se lo decía e incluso, en el Pub donde trabajaba como RR. PP. todas las noches (excepto los lunes) a partir de las 8 de la tarde, su parecido con esa actriz le había valido que sus propias compañeras le bautizaran de inmediato con el apodo de "Rita".

Aunque ahora al mirarse con más detalle (había dejado el cigarrillo en la mesilla), quizás el desagradable de Roberto sí, tenía algo de razón: un pequeño aumento de peso sí podía tener y eso, había que cortarlo de manera radical porque de lo contrario, su alta, fina y estilizada figura, perdería su encanto. Sus largas, interminables y hermosas piernas podrían perder la agilidad felina que tanto gustaba a los hombres con los que a diario se relacionaba.

La culpa de esto era con seguridad, la glotonería de Carlos Ramón, el último hombre con el cual llevaba saliendo varias semanas. Carlos era un comilón compulsivo y todas sus salidas comenzaban por lo general, con una pantagruélica comida en unos de esos restaurantes latinos cercanos a la zona de Cuatro Caminos donde Carlos Ramón se metía p'al cuerpo media docena de platos con sus respectivas cervezas. Nunca había visto a nadie comer y beber tanta cerveza a la vez, pero Carlos Ramón decía que eso, lo de comer mucho y beber enormes cantidades de cerveza era algo normal y corriente en su país.

Odiaba esa zona, con su bullicio incesante y esos tugurios sofocantes a los cuales le llevaba siempre Carlos Ramón pero, no podía resistirse. Carlos Ramón era absolutamente encantador. Alto y fuerte como un jugador de rugby, aún cuando según lo que le había contado, en su país había jugado mucho al béisbol, deporte del cual (tenía que reconocerlo), ignoraba todo pero que sin duda alguna, era el causante de que los brazos de Carlos Ramón fueran los más fuertes, duros y musculosos que le habían abrazado y apretado jamás.

Carlos Ramón era "diplomático", o al menos, así le gustaba que le llamara aunque la verdad era algo diferente. Carlos Ramón era uno de los chóferes en la embajada de un país caribeño y fue precisamente en ocasión que Carlos Ramón cumplía con su trabajo, cuando le conoció. En su calidad de chófer, recibió la orden de uno de los empleados de aquella embajada (¿cuál era?) para ir a dejarle a su casa en esa madrugada en que aquella tremenda juerga que se montaron los funcionarios caribeños, terminó en el amplio piso que el primer secretario y organizador de la fiesta, tenía en una elegante zona de Madrid.

Cuando aquellos "altos funcionarios" llegaron bastante pasados de copas al Pub, a beber algo más y con el propósito de salir de allí con agradable compañía, estaba lejos de suponer que en esa ocasión, y al término de aquella agitada y a ratos violenta party, montada por el marchoso primer secretario de embajada y su grupo de amigos, terminaría por conocer a uno de los hombres más interesantes con los que se había topado en su todavía corta vida, de "relaciones públicas".

Carlos Ramón le gustaba, era simpático y tenía ese acentillo medio arrastrado para decir las cosas y su tez morena, su pelo negro y rizado y sobre todo, su forma de bailar los ritmos de su tierra, le habían cautivado. Cierto que tenía muchos hombres persiguiéndole y por lo general, cada vez que salió con uno, éste siempre quería seguir disfrutando de su compañía. Su trabajo de Relaciones Públicas en aquel Pub elegante cercano a la zona de Azca le permitía conocer a tipos muy interesantes: gente del mundo de los negocios, extranjeros de paso por Madrid, artistas y sobre todo, muchos políticos, que salían frecuentemente por televisión. De hecho, en los tres meses anteriores, había salido cuatro veces con uno al cual, aunque se propuso disimular mucho, había reconocido al primer instante y es que su cara, (aparte de fea) salía mucho en los periódicos y en los noticiarios de manera que aunque aquel "tío" le diera otro nombre y cambiado de vestimenta, lo cierto es que era inconfundible y además, estaba el hecho de que sus guardaespaldas no hacían prácticamente nada por esconderse o pasar inadvertidos. La primera vez que tomó copas con aquel político en el Pub, estaban prácticamente a su lado y cuando esa noche se fueron juntos, vio claramente como momentos antes, el "hombre de la tele" (como le bautizaron más tarde sus compañeras de trabajo), conversó con ellos, después de lo cual desaparecieron de su vista.

Con Carlos Ramón era diferente y se molestó un poco interiormente al comprobar que por primera vez desde que tenía este trabajo, se sorprendía pensando en alguien en particular. Una de las reglas de oro de sus funciones como RR.PP., era no intimar más de lo estrictamente necesario con los hombres con quienes se relacionaba si bien a la fecha no conseguía precisar que era exactamente eso y donde estaba el límite, de lo que era no "intimar" más de lo estrictamente necesario con los clientes.

Tenía que reconocerlo, Carlos Ramón le gustaba aunque fuera un machista irremediable, acostumbrado a soltar con frecuencia esas frases hechas y tópicas, conque se reconoce de manera inmediata a un machista, aunque se disfrace con habilidad de político, de liberal y progresista. Los machistas llevan escrito en la frente su condición y con ellos pasa como con la mona, que aunque se vista de seda, "mona se queda"…

El problema con Carlos Ramón era que por un lado, su trabajo le impedía tener un horario normal ya que debía estar disponible prácticamente a todas horas y no era infrecuente que estando juntos incluso, su teléfono móvil sonara, haciéndole levantarse como un resorte para luego tener que salir disparado. Por otro lado, estaba también el problema de su propio trabajo que no era precisamente menor. Al igual que a Carlos, su trabajo de RR.PP. en el Pub, también le impedía una vida relativamente normal. Debía dormir hasta bien entrado el mediodía y luego, dedicar muchas horas a su cuidado personal.

Carlos Ramón también estaba muy interesado en la relación que hasta ahora mantenían. Aunque machista, celoso, y posesivo, se mostraba deseoso de pasar más horas en su compañía pero eso, no era del todo posible. Por una cosa u otra, no tenían frecuentes ocasiones para verse a otras horas del día y eso de alguna manera y por primera vez, estaba siendo un inconveniente. Claro que hasta ahora, no había conocido a alguien como Carlos Ramón, que le interesaba más allá de lo que podían significar algunos de los otros hombres con los que se había relacionado y la verdad es que había conocido a muchos, pero ninguno a la fecha, le había hecho sentirse como Carlos Ramón. Cuando estaba con él, la vida, el tiempo, perdían su sentido. Era tan diferente, tan distinto al resto que quizás por esto, le había capturado el corazón.

Volvió a mirarse con más detenimiento en el espejo. Le gustaba mirarse, admirar su cuerpo. Su cintura era estrecha, sus caderas redondas y su trasero daba un respingo que le hacía atraer las miradas de todos los hombres. Sus piernas, largas y delgadas eran torneadas y de muslos firmes y prietos. Sus brazos y espalda igualmente,eran firmes y atractivos. Sus ojos grandes y sus cejas perfectamente depiladas en una delgada línea, acentuaban cierto toque exótico de su rostro que con los pómulos altos, se completaba con unas pestañas largas y sedosas.

Nuevamente se examinó, complaciente, de arriba abajo una vez más en el espejo y de pronto, un detalle, hizo que sus bien perfilados labios adoptaran una mueca de desagrado que desdibujó la línea de su rostro. Con un gesto de rabia y un brusco manotazo, se arrancó violentamente la peluca y restregándose con fuerza la mandíbula, al tiempo que aproximaba su rostro al cristal, masculló una furibunda y resignada frase al espejo:

-¡Hay que joderse!- ¿Es que nunca inventarán una mierda para afeitarse sólo una vez cada cuatro días?…

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