-Te juro que eres la única, lo de Mariana fue un error del pasado, algo sin importancia, suplicaba Odracir a Anele-.
-Anele, con esa voz suave que tenía la capacidad de calmar cualquier tormenta en el pecho de él, le observaba, y replicó bueno-.
Odracir desde su mente sabía que era mentira. Había visto los mensajes, la complicidad que aún compartían, el brillo en los ojos de Anele, que ya no le pertenecía a él. Sin embargo, mientras la miraba a los ojos, sintió esa conocida calidez recorriendo sus venas. Era una trampa perfecta. Anele no sólo mentía con las palabras, mentía con la mirada, con la forma en que le acomodaba el cuello de la camisa, con una risa exacta.
Era una experta artesana de ilusiones, emociones. Sabía perfectamente como acomodarlo para rescatarlo del abismo, aunque ella misma lo hubiera empujado y cuento acabado.
-Te creo-respondió Odracir-. forzando una sonrisa que se dibujaba maliciosamente. En ese instante, él comprendió su propia condena. No era la inocencia lo que lo mantenía a su lado, sino el miedo al frío de la realidad. Prefirió abrazar la cálida mentira que lo enamoraba cada día, sabiendo que, tarde o temprano, el invierno de la verdad terminaría por destruirlo.
La mentira no era un desliz; era un plan maestro de mudanza y abandono que se había estado cocinando a sus espaldas mientras él recibía besos de despedida. En una ocasión, a las dos de la mañana, Anele entró al departamento. Venía radiante, con esa sonrisa que Odracir aún le encendía el alma.
-Hola, amor. Te extrañé. La cena se alargó muchísimo-dijo ella, acercándose para darle un beso en la mejilla izquierda-profirió Anele-.Odrscir, no se movió, sólo dejó caer los pasajes y las fotografías sobre la mesa. La luz de la lámpara iluminó los rostros de las decenas de imágenes.
Siguió un silencio ensordecedor. Por primera vez en años, la máscara de Anele se desmoronó por completo. Sus ojos, antes llenos de respuestas ensayadas, quedaron colgando sobre un vacío. No hubo excusas, ni lágrimas falsas, ni palabras suaves. La red de engaños quedó sin hilos. Odracir la miró fijamente, dándose cuenta que la mujer de la que se había enamorado nunca había existido, solamente era un hermoso guion escrito, mientras ella construía su verdadera vida en otra parte.
Ella, siempre intentaba recuperar el control con una falsa indignación. Su voz ya no era suave; era fría, filosa, lo observaba Odracir, con una calma que a él mismo le asustaba. De pronto, Odracir, le expresó a Anele: «se mudan juntas mañana. Mientras me decías que me amabas, estabas armando las valijas para dejarme», Anele, soltó una risa amarga, despectiva, despojándose de toda la dulzura que había fingido durante meses.
-¿Y qué querías qué hiciera? ¿Qué me quedara a ver cómo te marchitabas? Siempre supiste que te mentía. Te encantaba que te mintiera. Te alimentabas de mis mentiras porque la verdad te queda demasiado grande. No tenés el coraje para estar con alguien de verdad-le inquirió Anele a Odracir-. Cada palabra de Anele era un golpe certero. Odracir sintió el peso de la humillación, también una extraña e inesperada oleada de alivio. La venda se había caído por completo.
-Tenés razón-dijo él-. levantándose del sillón y dándole la espalda. Fui un cobarde por preferir tus mentiras antes que la soledad. La diferencia es que mi ceguera terminó hoy. Tu necesidad de engañar la vas a llevar con vos a donde vayas.
Odracir caminó hacia la puerta principal, la abrió de par en par y la miró por última vez. Ya no vio a la mujer que se había enamorado, sino a una completa extraña. Ahora puedes irte, Andate Anele. Tu mudanza se adelantó unas horas.
Ella lo miró con odio, agarró su cartera y pasó por su lado sin decir una sola palabra. El portazo final retumbó en todo el edificio. Odracir cerró con llave, apoyó la espalda contra la madera y respiró hondo. El departamento estaba completamente vacío, por primera vez en mucho tiempo, el aire se sentía limpio, y las máscaras que se encontraban colgadas y embellecían la casa, sorpresivamente se desprendieron de la pared de la casa. Las mentiras es condición de condiciones que siempre encuentra su verdad absoluta que desenredan las cosas, y quedan descubiertas. Nada queda sepultado para siempre de alguna manera en algún tiempo se sabe todo. «Para muestra un botón ».