Murió muy joven de tuberculosis pulmonar, enfermedad que entonces no tenía cura.
Mi amigo Carolo me regaló sus obras completas, que leí con emoción en su día y embargado por la intensa tristeza que me producía su corta vida y su penoso final, sin darme bien cuenta que de lo que se trataba era precisamente de la luz inmarcesible que emana de su corta vida terrestre.
Durante estos últimos años he ido contemplando como han ido muriendo la mayoría de mi amigos más queridos y mejor valorados, me pregunto a veces porqué el Señor me mantiene a mí con vida. Alguna persona muy cercana me argumenta, “porque no has realizado aún la labor para la que el Señor te ha enviado a este mundo”.
Realmente santa Teresita de Lisieux luchó denodadamente por contemplar el rostro de dios, a pesar precisamente de su angustiosa enfermedad. Recuerdo que estando ya muy grave preguntaba a sus hermanas, “¿Pero es que ya me he muerto?”.
“No - le contestaban -, aún no has muerto, Teresa”.
Esa inocencia infantil de Teresa de Lisieux es la que la conduce a la santidad, porque “de los niños como ella es el reino de los cielos”.
Me da por pensar que mis amigos más queridos han muerto porque ya han cumplido hasta el final la obra y el sentido que Dios ha puesto en sus vidas, dando por lo tanto un ejemplo a los demás.
Hoy, día de Santa Teresa del Niño Jesús, empiezo a intuir el por qué el Señor aún no me ha llamado a mí; será porque aún no he cumplido el camino y el destino; el ejemplo - más bien -, para el cual fui creado.
Santa Teresa del Niño Jesús consiguió, sin salir del convento, contemplar el rostro del Hijo de Dios palpablemente frente a ella, en su transitar los procelosos años que estuvo entre nosotros.
Yo, por mi parte, desconfío de Dios, no acierto a ver su rostro palpable, y mi vida y mi mundo es invadido con excesiva frecuencia por la oscuridad y por la angustia.
Pido a Santa Teresa de Lisieux en el día de su onomástica y por su intercesión, que me conceda la gracia de penetrar, de sentir la cercanía del Señor, su amor, su presencia, su misericordia; de que él está siempre junto a mí. Única manera de afrontar el tránsito al mundo futuro y al dogma cristiano de la resurrección de los muertos, dando ejemplo a los demás de que he conseguido alcanzar la luz de dios al final de mis días.