www.euromundoglobal.com
Brasil, Toda Una Experiencia
Ampliar

Brasil, Toda Una Experiencia

Por Concha Pelayo (*)
miércoles 30 de septiembre de 2026, 23:40h
Brasil, Toda Una Experiencia

30SEP26 – MADRID.- Hay viajes que comienzan mucho antes de subir a un avión y otros que continúan cuando ya hemos regresado a casa. El viaje a Brasil para participar en el festival de cine Finisterra Brasil pertenece, sin duda, a estos últimos.

Brasil, Toda Una Experiencia
Brasil, Toda Una Experiencia

Fuimos allí por el cine, pero Brasil tenía preparada para nosotros una historia mucho más extensa. Una historia hecha de paisajes desmesurados, océanos, selvas, música, color, cultura y personas. También de contrastes, de desigualdades y de realidades que conviven a pocos kilómetros unas de otras.

Brasil es demasiado grande para intentar abarcarlo en un solo viaje. Pero quizá precisamente por eso cada experiencia adquiere una intensidad especial.

Porto Seguro: la belleza y la vida en la calle

Porto Seguro es uno de esos lugares cuya belleza resulta difícil de explicar. El océano, la vegetación, los grandes espacios naturales y ese horizonte que parece prolongarse indefinidamente producen una sensación de amplitud a la que nosotros, los europeos, no siempre estamos acostumbrados. Pero más allá del paisaje, me interesó observar cómo vive la gente. Hay una aparente despreocupación, una manera de ocupar las calles y de disfrutar del tiempo que transmite una sensación de libertad. Al caer la noche, las ciudades cambian.

Las calles se llenan de color y de música. Las familias salen con sus niños, las parejas pasean, los jóvenes se encuentran y las terrazas de los restaurantes comienzan a llenarse. Los comercios iluminan sus escaparates y ofrecen sus productos. La noche parece invitar a salir, a encontrarse, a conversar. Es una de las imágenes que más me llevo de Brasil: la gente en la calle viviendo la noche como una prolongación natural del día. Pero junto a esa imagen luminosa aparecen otras que no podemos ignorar.

Brasil es también un país de enormes contrastes sociales. En algunas zonas encontramos edificios elegantes, rodeados de jardines privados y protegidos por sistemas de seguridad. En otras, las viviendas se amontonan y la pobreza se hace visible en las favelas, donde vive una población con recursos muy limitados.Dos realidades que pueden encontrarse muy cerca y que, sin embargo, parecen pertenecer a mundos diferentes.

No es fácil contemplarlo sin preguntarse cómo pueden convivir esas diferencias. Pero también sorprende la capacidad de las personas para seguir adelante, para hacer vida, para salir a la calle, encontrarse y disfrutar de los pequeños espacios de libertad que ofrece cada día.

Los pequeños gestos

Hay detalles que quizá no aparecerían nunca en una guía de viajes y que, sin embargo, dicen mucho de la vida cotidiana de un país. Uno de los que más me llamó la atención fue la consideración hacia las personas mayores. En los aviones, en los supermercados, en las farmacias y en otros lugares públicos, los mayores tienen preferencia. Puede parecer una cuestión menor frente a la grandiosidad de los paisajes brasileños, pero a mí me sorprendió especialmente. Porque viajar no consiste solamente en contemplar monumentos o paisajes extraordinarios. También consiste en observar cómo se organiza la vida diaria, cómo se trata a las personas y cuáles son esos pequeños gestos que para quienes viven allí forman parte de la normalidad. Me pareció una hermosa manera de recordarnos que la edad merece respeto y consideración.

Son precisamente esas pequeñas cosas, las que suceden casi inadvertidamente, las que a veces terminan ocupando un lugar importante en la memoria de un viaje.

La selva: escuchar lo que no sabemos escuchar

Una de las experiencias más intensas fue entrar en la selva. Pensamos habitualmente en la selva como un lugar que hay que mirar. Árboles enormes, vegetación exuberante, colores, animales que quizá no llegamos a ver…Pero allí descubrí que también hay que escucharla.

El silencio de la selva no es un silencio vacío. Está lleno de sonidos. Algunos próximos, otros lejanos; unos reconocibles y otros imposibles de identificar. El movimiento de las hojas, los pájaros, los insectos, el agua, el viento…Durante unos momentos tuve la sensación de que estábamos entrando en otro mundo. Un mundo que no necesita de nosotros y que, sin embargo, nos permite acercarnos a él. Fue uno de esos instantes en los que viajar deja de significar desplazarse de un lugar a otro y se convierte en una experiencia interior.

Los pataxós: otra manera de mirar la naturaleza.

También tuvimos la oportunidad de acercarnos a los indígenas pataxós. Su presencia nos recordó que Brasil no empieza en las ciudades ni termina en las playas que aparecen en las postales. Hay una historia anterior, unas raíces, unos pueblos y unas formas de entender la relación con la naturaleza que forman parte esencial de ese país. Fue un encuentro breve, pero suficiente para comprender que conocer un territorio también significa acercarse a quienes lo habitan desde mucho antes de que nosotros llegáramos.

El mar, los corales y otra dimensión de Brasil

El océano fue otro de los grandes protagonistas del viaje. El paseo en barco, las aguas, los corales y la posibilidad de contemplar el paisaje desde el mar nos ofrecieron otra perspectiva. Desde tierra percibimos una parte de Brasil; desde el agua, el territorio adquiere otra dimensión. Y una vez más aparece esa sensación de inmensidad. Brasil parece no terminar nunca.

Salvador de Bahía: una ciudad que habla

Después llegó Salvador de Bahía. Y con ella apareció otro Brasil: el de la historia, la literatura, el arte y la cultura. Visitamos numerosos museos, muchos de ellos espectaculares, como el de Abelardo Rodrígues, el Museo da Misericordia, Palacete das Artes Rodin, Museo de Arte de Bahía, Museo de Arte Brasileiro o el Museo Geológico, entre los treinta o cuarenta museos que existen en la ciudad. Una oferta cultural inconmensurable. Y de entre todos los que visitamos la casa museo Jorge Amado, el gran escritor bahiano, ubicado en el centro estratégico de la ciudad desde donde se divisa una de las calles más bellas y coloristas, donde la vida bulle por doquier. Tal vez fuera éste el que más emoción me produjo, tanto por lo que se aprecia en su interior como por las magníficas vistas al exterior y las sensaciones que producen.

Entrar en la casa de un escritor es entrar, de alguna manera, en su mundo. Y en el caso de Jorge Amado ese mundo está profundamente unido a Salvador, a sus calles, a sus gentes, a sus colores y a sus personajes.

Después salimos a caminar por el centro más característico de la ciudad. Y allí todo parece hablar. Los edificios, pintados de colores, se suceden unos junto a otros. No son fachadas indiferentes. Parecen mirarnos, increparnos, contarnos algo. Las tiendas ofrecen una artesanía preciosa. Los colores aparecen por todas partes. Las mujeres, con sus amplios vestidos y sus turbantes, aportan a las calles una presencia que parece formar parte inseparable de la identidad bahiana. También los hombres llaman la atención. Muchos cuidan su cuerpo de una manera que no pasa inadvertida. Se percibe en Brasil un auténtico culto al cuerpo, a la belleza física, a la manera de mostrarse.

Y entonces, inesperadamente, nos encontramos con una manifestación política. Una multitud avanzaba por las calles con banderas ondeando, música de samba y personas bailando. Los colores, los sonidos y el movimiento llenaban el espacio. La política se convertía allí en una expresión pública, colectiva, acompañada por la música y por el baile.

Me quedé mirando las banderas. La tarde comenzaba a desaparecer y la noche se acercaba poco a poco. Aquella imagen se quedó conmigo.

Las banderas ondeando sobre la multitud mientras la noche acechaba. Sé que no olvidaré aquella escena.

Finisterra Brasil: el motivo del viaje

Y en medio de todo aquello estaba el festival.

Finisterra Brasil fue el motivo que nos llevó hasta allí y el lugar que permitió que todas estas experiencias se fueran sucediendo.

Participar en el festival, compartir esos días con personas vinculadas al cine y a la cultura, presentar mi libro y realizar la donación del mismo al Centro Cultural fueron momentos especialmente importantes para mí. También la entrevista en televisión fue una de esas sorpresas que un viaje guarda sin avisar. Pero quizá lo más importante haya sido comprobar que la cultura sirve también para acercar a las personas.

Un festival de cine no es solamente una sucesión de películas, proyecciones y actos. Puede convertirse en un lugar de encuentro entre países, sensibilidades y personas que, de otro modo, probablemente nunca llegarían a conocerse.

Y eso es lo que me llevo de Finisterra Brasil. Un país de contrastes Cuando intento ordenar ahora todas las imágenes, aparecen juntas. La selva y el océano. Los corales y los museos. Los edificios de colores de Salvador y las favelas. Los barrios elegantes protegidos por jardines y seguridad y las viviendas humildes donde la vida se desarrolla con muchas menos posibilidades. Los indígenas pataxós y las grandes ciudades. El silencio de la selva y la música de las calles. Las banderas de una manifestación y las familias paseando al caer la noche.

Todo parece diferente y, sin embargo, todo forma parte de un mismo país. Quizá esa sea la palabra que mejor define mi experiencia: contraste. Pero también hay otra: vitalidad. Porque si algo he sentido durante estos días es que Brasil tiene una extraordinaria capacidad para celebrar la vida. Incluso allí donde existen dificultades, la gente sale, se encuentra, conversa, escucha música, baila, pasea con sus hijos.

La calle pertenece a la gente. Y eso es algo que un visitante difícilmente puede dejar de observar.

Regresar con otra mirada

Ahora, desde la distancia, intento ordenar todas esas experiencias. Pero algunos viajes no se ordenan fácilmente. Se quedan dentro como una colección de imágenes: el verde de la selva, el azul del océano, los colores de Salvador, los turbantes de las mujeres, la música, las banderas, los rostros, los corales, la mirada de los pataxós, las terrazas llenas al caer la noche…Y entre todas esas imágenes vuelve una y otra vez la misma.

Salvador de Bahía. Una multitud. Las banderas ondeando. La música. La gente bailando. Y la noche acercándose lentamente.

Quizá sea esa la imagen que resume mejor mi viaje. Porque Brasil no ha sido para mí solamente un país que he visitado. Ha sido un país que me ha obligado a mirar. A mirar la belleza, pero también la desigualdad. La naturaleza, pero también la ciudad. La cultura y la pobreza. La alegría y las contradicciones. El silencio de la selva y el ruido de las calles.

Fuimos a Brasil por un festival de cine. Regresamos con algo mucho más difícil de explicar: la sensación de haber vivido una experiencia que continuará acompañándonos mucho después de haber vuelto a casa.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios
Portada | Hemeroteca | Índice temático | Sitemap News | Búsquedas | [ RSS - XML ] | Política de privacidad y cookies | Aviso Legal
EURO MUNDO GLOBAL
C/ Piedras Vivas, 1 Bajo, 28692.Villafranca del Castillo, Madrid - España :: Tlf. 91 815 46 69 Contacto
EMGCibeles.net, Soluciones Web, Gestor de Contenidos, Especializados en medios de comunicación.EditMaker 7.8