Simón Coleta en su libro biográfico “Mi vida con Graham Green” describe magistralmente el proceso del escritor que, se rodeaba siempre de sacerdotes y de algún obispo, así surgieron sus libros “El poder y la Gloria” o “El americano impasible”. Graham Green mereció reiteradamente el premio nobel, pero Estocolmo no se lo concedió sencillamente porque era ya demasiado famoso y conocido y además había ganado mucho dinero.
Por mi parte, mi literatura siempre aparece impregnada de una cierta espiritualidad, singularmente después de mi conversión que experimenté en la basílica húmeda y fría del Monasterio del Escorial en semana santa, sentado en un banco de madera a mis cuarenta y tantos años, cuando creí visualizar el paraíso cuajado de ángeles y la Santísima Trinidad.
En la primera parte de mi vida (las obras “La Tienda”, “El Reinado de los lobos”, etc) no tiene nada que ver con la segunda.
Pero a lo que vamos, he conocido un joven sacerdote de origen venezolano de enorme simpatía y dominio como era de suponer del castellano, Eduardo Pereira Rodríguez. Es hombre apuesto, simpático y de enorme empatía, le he abierto mi corazón y le he confesado mis deficiencias que siempre tanto me han preocupado.
Él me ha obsequiado con el libro del famoso teólogo francés Yves Congar, que me ha dedicado, y que yo deseaba con vehemencia, pues por el Espíritu Santo siento desde siempre un amor muy especial, no es un amor intelectual, es un amor emocional y sensitivo. Sé que Él me ha salvado de múltiples peligros físicos y morales, ha velado mi sueño y mi vida, y me ha concedido un sinfín inimaginable de beneficios de los que me siento indigno. Sé que me acompaña hasta el último viaje “del cual no has de tornar hasta la resurrección final, y espero y deseo “del fichaje” del joven sacerdote Eduardo Pereira la ayuda que necesito para seguir viviendo en la fe y en el amor de Dios.