A los intelectuales nos ocurre algo parecido. En determinados momentos de silencio contemplativo aparece ante nosotros “un tema”, un tema nuevo e inexplorado por nosotros; nuestra alma se llena entonces de alegría y nos disponemos a explorarlo, a ahondar en “ese tema”. A mí me ocurre con relativa frecuencia; ahora en relación entre mi mente y la divinidad.
Hay un momento muy importante en la vida de Jesús de Nazaret, y es cuando él, en un arrebato de alegría y de sinceridad exclama dirigiéndose a su padre: “Padre, yo te alabo y te glorifico, porque has rebelado estos secretos a los humildes y sencillos, y no a los sabios, a los letrados, ni a los monarcas”.
Jesús se refiere a la revelación de la naturaleza divina. Esto es, como se vive en los cielos; “como son ellos”.
Racionalmente se puede llegar a intuir la existencia de un ser superior que gobierna todas las cosas, incluso que ha colaborado en la creación del universo material; pero nada más.
Jesús, el hijo de Dios, que conoce al Padre, porque ha vivido con Él desde el origen de los tiempos, pues él es el verbo, la palabra, se anima a decir a unos humildes pescadores, que no sabían ni leer ni escribir, los secretos de su naturaleza divina. Les dice que son tres las personas, son como una familia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto es: “Uno en esencia y trino en persona”.
Este es un hecho que jamás ser humano por inteligente que fuese podría llegar a conocer. Ahora imploramos a las tres personas divinas determinados favores, por ejemplo que el “Cambio Climático” no termine con todos nosotros los humanos, con los animales de la tierra, y con los peces del mar, al calentarse sus aguas hasta límites insoportables.
A este hecho sensacional se le llama “La revelación”, porque descubre y revela cómo vive Dios en la alturas del mundo de lo invisible, cómo es él.
Esto debe llenarnos de alegría y de paz. Sabemos cómo vive Dios, como es él – repito -, el Dios único del cristianismo, del catolicismo, del que viven, piensan y sienten millones de seres humanos, interpelados a su vez por cuatro pobres hombres que viven en la ciudad del Vaticano, como decía el cardenal Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI.
Por hoy, queridos lectores y lectoras ya está bien. Veremos lo que da de sí ésta veta inefable.