Mis biógrafos, si es que los hubiera, determinarán la última obra salida de mi pluma, quizá la que estoy terminando de escribir ahora, “El Escultor”, comedia en dos actos y un descanso, sobre la vida de un escultor y los avatares de la misma.
He dedicado buena parte de mi propia vida terrestre al oficio describir, creo y pienso que es un oficio hermoso como el del albañil, o el del carpintero, que es lo que era San José, patrono precisamente de la Buena Muerte, al que mi tía Angelina profesaba una gran fe.
He sido muy feliz con temporadas tormentosas, como las de una barca zarandeada en el lago de Galilea, antes de que apareciera la figura de Jesús caminando sobre las aguas. Sé que él me tiende la mano cuando la angustia y el miedo atenazan mi espíritu.
Mi hermano, muerto muy joven, decía que la vida es demasiado corta, es: “nacer, reproducirse y morir”.
Considero que el espíritu divino o santo, ha sido benévolo conmigo y me ha concedido hasta este momento en que os escribo la suma de 83 años, cuando el umbral de vida media en España es de 84, no está mal digamos.
El amor, el paso del tiempo y la muerte, han sido los tres temas repetitivos y centrales de toda mi dramaturgia, pero a pesar de mi carácter pesimista, como decía mi padre de mí, he tenido momentos alegres y de lo que Julián Marías, el filósofo, llamaba la felicidad.
Ahora, en verano, cuando la luz solar es tan poderosa y los días son tan largos y calurosos, parece que la muerte o el fin de los seres vivos gozan de una orgía que parece eterna.
Pero tan cierto como que la vida es limitada, llegará el invierno, y el frío nos hará pensar y sentir de nuevo la cercanía del fin.
¿Cuál será el mío?. ¿ Cuándo será?.