Lo que el viento se llevó: la grandeza de una película y las sombras de un mitoPor Juan Ignacio Vera*Por Juan Ignacio Vera (*)
martes 15 de septiembre de 2026, 00:19h
15SEP26 – MADRID.- Hay películas que forman parte de la historia del cine y otras que, además, forman parte de la historia cultural de una sociedad. Lo que el viento se llevó pertenece a las dos categorías. Estrenada en 1939 y dirigida oficialmente por Victor Fleming, aunque su accidentada producción contó también con la intervención de otros cineastas, la adaptación de la novela de Margaret Mitchell se convirtió desde el primer momento en un acontecimiento extraordinario.
Sus casi cuatro horas de duración, el espectacular uso del Technicolor, los decorados monumentales, el vestuario, la música de Max Steiner y, sobre todo, las interpretaciones de Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard y Hattie McDaniel hicieron de ella una de las grandes epopeyas del Hollywood clásico. Pero contemplarla hoy exige algo más que admiración cinematográfica. Lo que el viento se llevó es también una película profundamente problemática por la imagen que ofrece de la sociedad esclavista del Sur de Estados Unidos. Su enorme belleza visual convive con una visión histórica parcial, en la que la tragedia parece consistir fundamentalmente en la desaparición del mundo de los terratenientes blancos. Y precisamente esa contradicción explica buena parte de su fascinación. Una producción gigantesca y llena de problemasDavid O. Selznick compró los derechos de la novela de Margaret Mitchell en 1936, apenas unos meses después de su publicación. El libro había sido un éxito extraordinario y trasladarlo a la pantalla suponía enfrentarse a una historia de enormes dimensiones, con numerosos personajes y una acción que abarcaba la Guerra de Secesión y los años posteriores. Selznick convirtió el proyecto en una obsesión personal. Intervino en prácticamente todos los aspectos de la producción: el guion, el reparto, los decorados, el vestuario, la fotografía y el montaje. La película atravesó además numerosas reescrituras y cambios de rumbo. Uno de los principales problemas fue encontrar a la actriz adecuada para interpretar a Scarlett O'Hara. Durante meses se barajaron nombres como Katharine Hepburn, Bette Davis, Paulette Goddard o Miriam Hopkins. La búsqueda llegó a convertirse en un auténtico acontecimiento para Hollywood y para el público. Y, mientras Scarlett seguía sin rostro, Selznick tenía otro problema: quería a Clark Gable como Rhett Butler. Gable era ya una de las mayores estrellas de Hollywood y parecía haber nacido para el papel, pero no estaba especialmente interesado en interpretarlo. Finalmente, Selznick consiguió que MGM cediera al actor a cambio de unas condiciones económicas que permitieron a la compañía participar en los beneficios y en la distribución. El reparto empezaba a tomar forma, pero el mayor descubrimiento estaba todavía por llegar. Vivien Leigh, la Scarlett que llegó de InglaterraEl rodaje comenzó en diciembre de 1938 sin que Scarlett O'Hara estuviera todavía definitivamente elegida. Una de las primeras grandes secuencias que se filmaron fue la espectacular destrucción de Atlanta, para la que se aprovecharon antiguos decorados de los estudios que fueron incendiados deliberadamente. Fue precisamente durante aquella noche cuando David O. Selznick conoció a Vivien Leigh. La actriz británica había llegado a Hollywood acompañada por Laurence Olivier y por Myron Selznick, hermano del productor. Según la conocida historia, Myron presentó a su hermano a Leigh señalando, en esencia: «Aquí está tu Scarlett». Selznick quedó impresionado. Leigh no era entonces una gran estrella de Hollywood, pero poseía una combinación excepcional de belleza, inteligencia, fragilidad y determinación. Y entendió que Scarlett no podía ser simplemente una elegante dama sureña. Tenía que ser ambiciosa, egoísta, manipuladora y, sobre todo, una superviviente. Su interpretación acabaría convirtiéndose en una de las más memorables de la historia del cine y le proporcionaría el Oscar a la mejor actriz. Scarlett O'Hara: supervivencia por encima de todoScarlett es uno de los personajes femeninos más complejos del Hollywood clásico precisamente porque no es una heroína convencional. Es egoísta, caprichosa y manipuladora. Utiliza a las personas cuando lo necesita y está obsesionada con Ashley Wilkes, un hombre que representa para ella el mundo que está a punto de desaparecer. Pero cuando llega la guerra, Scarlett descubre algo que quizá ni siquiera sabía que poseía: una voluntad extraordinaria para sobrevivir. La plantación de Tara se convierte en el centro de su existencia. Cuando todo lo demás se derrumba, Tara simboliza la familia, la infancia, la identidad y la seguridad. Scarlett puede perderlo casi todo, pero se niega a perderla. Ahí reside una de las grandes fuerzas del personaje: no sobrevive porque sea moralmente ejemplar, sino porque se adapta. La interpretación de Vivien Leigh consigue que el espectador pueda sentirse fascinado por una mujer que, en muchos momentos, resulta difícil de admirar. Su Scarlett es vulnerable y cruel, romántica y calculadora, egoísta y extraordinariamente resistente. Clark Gable y la química con Vivien LeighSi Vivien Leigh hizo de Scarlett un personaje inolvidable, Clark Gable convirtió a Rhett Butler en un icono. Gable aportaba al personaje una mezcla perfecta de atractivo, ironía, arrogancia y seguridad. Rhett es un outsider que observa con cierto desprecio la sociedad sureña y comprende que aquel mundo está construido sobre una serie de ilusiones que acabarán derrumbándose. Sin embargo, tampoco es un personaje moralmente perfecto. Puede reconocer la hipocresía del Sur, pero participa de su mundo y se beneficia de sus estructuras. La relación entre Rhett y Scarlett constituye el motor emocional de la película. Su atracción, sus enfrentamientos y su incapacidad para comprenderse completamente mantienen viva una historia que va mucho más allá del simple romance. Junto a ellos destacan Leslie Howard como Ashley Wilkes y Olivia de Havilland como Melanie Hamilton. Esta última ofrece una interpretación especialmente interesante: aparentemente frágil, Melanie demuestra a lo largo de la historia una fortaleza moral y emocional que contrasta con el carácter impulsivo de Scarlett. El caos detrás de las cámarasLa película que hoy parece una maquinaria perfectamente ensamblada nació, en realidad, de una producción extraordinariamente complicada. George Cukor fue inicialmente contratado como director, pero sus diferencias con Selznick y los problemas relacionados con Clark Gable terminaron provocando su salida. Después intervino Sam Wood y finalmente Victor Fleming asumió la dirección oficial. Incluso Fleming terminó agotado por las exigencias de la producción y tuvo que ausentarse temporalmente. El guion tampoco fue sencillo. Sidney Howard recibió el crédito como principal guionista, pero distintos escritores participaron en las sucesivas versiones y Selznick intervino personalmente en numerosas modificaciones. El resultado final fue una película cuya producción se prolongó durante meses y que exigió una enorme cantidad de recursos. La quema de Atlanta: fuego real para crear una escena históricaLa destrucción de Atlanta sigue siendo una de las secuencias más impresionantes de la película. En lugar de depender exclusivamente de efectos especiales, los responsables de producción decidieron incendiar antiguos decorados de los estudios. La oportunidad era demasiado importante para desaprovecharla y se utilizaron varias cámaras Technicolor para registrar las llamas. El resultado es extraordinario. El fuego real, los movimientos de cámara y la magnitud de los decorados proporcionan a la secuencia una sensación de destrucción que difícilmente podía conseguirse con las técnicas disponibles en 1939. Paradójicamente, una de las escenas que mejor representa el poder visual de Lo que el viento se llevó nació de una de las muchas dificultades logísticas de aquella producción. El Technicolor y la belleza de un mundo perdidoLa película pertenece a una época en la que el cine en color todavía era una novedad tecnológica. El uso del Technicolor de tres bandas permitió a Selznick construir un espectáculo visual extraordinario. Los paisajes de Tara, los vestidos, los cielos, los incendios y las enormes composiciones escénicas forman parte de una estética que ha quedado grabada en la memoria colectiva. Pero esa belleza tiene también una consecuencia ideológica. La película convierte el pasado en algo hermoso. El mundo anterior a la guerra aparece como un universo de grandes casas, vestidos, bailes, caballerosidad y tradiciones. La destrucción de ese mundo se presenta como una tragedia. El problema es que aquel mismo mundo estaba basado en la esclavitud. La gran controversia: esclavitud, racismo y segregaciónAquí resulta imprescindible separar la importancia cinematográfica de la película de la visión histórica que transmite. Lo que el viento se llevó presenta la sociedad esclavista principalmente desde la perspectiva de los propietarios blancos. Tara aparece como un hogar y los personajes negros aparecen, en buena medida, vinculados afectivamente a las familias para las que trabajan. La violencia estructural de la esclavitud apenas ocupa el centro de la narración. No conocemos aquella sociedad desde el punto de vista de las personas esclavizadas. Y eso resulta especialmente significativo porque la película fue estrenada en 1939, cuando Estados Unidos continuaba profundamente marcado por la segregación racial. Las leyes y prácticas conocidas como Jim Crow seguían condicionando la vida de millones de afroamericanos, especialmente en los estados del Sur. La película no creó esa visión idealizada del Viejo Sur, pero contribuyó poderosamente a popularizarla. Hattie McDaniel: la paradoja que resume toda la películaHattie McDaniel interpretó a Mammy, uno de los personajes más recordados de la película. Su actuación fue extraordinaria y en 1940 hizo historia al convertirse en la primera persona afroamericana en ganar un Oscar. Pero el personaje de Mammy también está construido sobre estereotipos raciales muy arraigados: una mujer negra dedicada al servicio de una familia blanca, profundamente vinculada a sus amos y presentada casi como una figura maternal dentro del hogar. La paradoja resulta todavía más dolorosa. Cuando Lo que el viento se llevó se estrenó en Atlanta, McDaniel no pudo asistir a la gran premiere junto a sus compañeros blancos debido a las normas de segregación racial vigentes en Georgia. La actriz que poco después se convertiría en la primera afroamericana en ganar un Oscar no podía sentarse junto a sus compañeros en el estreno de la película en su propia ciudad. Es difícil encontrar un episodio que resuma mejor las contradicciones de Lo que el viento se llevó. Una película sobre la pérdida del Sur blancoQuizá la clave para entender la película sea reconocer que su verdadero protagonista histórico no es la esclavitud, sino la desaparición del mundo de Scarlett. La guerra destruye las plantaciones, las fortunas y las jerarquías sociales. Desaparece la seguridad de quienes habían ocupado una posición privilegiada dentro de aquella sociedad. La película convierte esa desaparición en una tragedia. Pero existe otra perspectiva. Para quienes habían vivido sometidos a la esclavitud, la destrucción de aquel sistema podía significar algo completamente diferente: la posibilidad de alcanzar la libertad. Esta diferencia es fundamental para comprender las críticas que la película ha recibido durante décadas. La sombra de la «Causa Perdida»Lo que el viento se llevó puede relacionarse con la tradición cultural conocida como «Lost Cause», la llamada «Causa Perdida», que presentó durante décadas una imagen romántica de la Confederación y del Viejo Sur. Esta visión tendía a minimizar el papel central de la esclavitud en la Guerra de Secesión y a presentar la sociedad sureña anterior a la guerra como una comunidad honorable, tradicional y caballeresca. La película no inventó esa interpretación, pero contribuyó a convertirla en una imagen universal. Y ahí aparece uno de sus mayores poderes culturales: no solo cuenta una historia, sino que fabrica una determinada memoria del pasado. Margaret Mitchell y la novela que nunca volvió a escribirExiste otra historia fascinante relacionada con Lo que el viento se llevó: Margaret Mitchell nunca volvió a publicar una novela después de aquella obra. A menudo se afirma que la autora quedó paralizada por el miedo a no poder repetir el éxito de su primera novela. Es una explicación atractiva, pero no puede considerarse un hecho demostrado. Mitchell había dedicado años a escribir y documentar su novela. El éxito la convirtió en una celebridad y recibió una enorme cantidad de correspondencia, además de verse obligada a ocuparse de cuestiones relacionadas con los derechos de autor y la explotación de su obra. También existe otro dato revelador: Mitchell pidió que buena parte de sus escritos y materiales literarios fueran destruidos. Por tanto, es más razonable hablar de una combinación de factores que de un simple «miedo al fracaso». La fama, la presión, los problemas legales y económicos, su propia actitud hacia la literatura y su negativa a continuar la historia pudieron influir en su decisión. Mitchell, además, no quiso escribir una continuación de Scarlett y Rhett. La paradoja llegó después de su muerte: en 1991, el patrimonio de la autora autorizó la publicación de Scarlett, una continuación escrita por Alexandra Ripley. La autora que se había negado a continuar su propia historia acabó viendo cómo otros lo hacían décadas después de su muerte. Una obra maestra que debe ser mirada con espíritu críticoSería injusto negar la extraordinaria importancia cinematográfica de Lo que el viento se llevó. La película obtuvo 13 nominaciones a los Oscar y ganó ocho premios competitivos, entre ellos los de mejor película, director, actriz y actriz secundaria. Pero también sería igualmente injusto contemplarla hoy como si fuese un retrato objetivo de la historia del Sur estadounidense. No lo es. Es una obra de enorme belleza cinematográfica y, al mismo tiempo, una obra atravesada por una visión histórica parcial. Quizá por eso la mejor manera de acercarse a ella sea verla con dos miradas simultáneas. Con una podemos admirar a Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard y Hattie McDaniel; el Technicolor, los decorados, el vestuario, la música de Max Steiner y la extraordinaria escala de la producción. Con la otra debemos observar lo que la película deja fuera: la violencia de la esclavitud, la experiencia de los esclavizados, la lucha por la libertad y la realidad de la segregación racial que todavía existía cuando la película llegó a los cines. Lo que el viento se llevó no es simplemente una película antigua. Es también una película sobre la memoria: sobre la forma en que una sociedad decide recordar su pasado y sobre cómo puede convertir un mundo profundamente injusto en una imagen de belleza, nostalgia y pérdida. Por eso sigue siendo relevante. Y quizá la pregunta más interesante no sea si Lo que el viento se llevó es una película «buena» o «mala», sino qué nos revela sobre el Hollywood de 1939, sobre la sociedad estadounidense que la produjo y sobre nosotros mismos cuando contemplamos hoy una obra concebida para hacernos sentir nostalgia por un mundo que, para millones de personas, nunca fue un paraíso.
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