La primera parada fue Villanueva de los Infantes, declarado uno de Los Pueblos Más Bonitos de España. Nacida como la humilde aldea de La Moraleja, en 1421 el infante Enrique, maestre de la Orden de Santiago, le concedió el privilegio de villazgo. El nombre, Villanueva del Infante, desató una controversia que resolvió en 1480 el maestre Alonso de Cárdenas al rebautizarla como Villanueva de los Infantes, en honor a Enrique y sus hermanos, los infantes de Aragón. La huella de la Orden de Santiago, que dominó militar y espiritualmente el Campo de Montiel, quedó grabada en el escudo de la ciudad: la cruz santiaguista con un castillo, un león y los blasones de la Casa de Aragón. Felipe II la proclamó capital del Campo de Montiel en 1573 y, a su sombra, florecieron figuras como Santo Tomás de Villanueva, el humanista Bartolomé Jiménez Patón y las tres grandes plumas del Siglo de Oro —Quevedo, Cervantes y Lope de Vega—, que convirtieron esta esquina manchega en un foco cultural sin parangón.
En la visita tuvimos la suerte de contar con un guía de Calambur Experience, gran apasionado de su tierra: José Manuel nos fue desvelando paso a paso la densidad histórica de una ciudad que atesora más de quinientos blasones en sus portadas y que presume de haber albergado a los ingenios más insignes. La tradición sostiene que Lope de Vega también se dejó seducir por estas calles, quizá atraído por el fértil ambiente literario que convertía la villa en un mentidero de versos y disputas teatrales. Las socias de MDE sintieron que caminaban sobre un escenario donde las palabras aún resonaban en los soportales.
El recorrido comenzó en la Plaza Mayor porticada, joya del barroco civil, donde el Ayuntamiento de piedra con sus arcadas neoclásicas y las casonas de balconadas de madera enmarcan un espacio que parece suspendido en el tiempo. José Manuel explicó las cuitas de una plaza que durante siglos hizo las veces de coso taurino: dependiendo del linaje, los que gozaban de sombra eran más importantes, y cuenta la crónica local que hubo sonadas disputas entre el Clero y el Ayuntamiento por la distribución de los balcones.
Junto a ella, la accidentada Iglesia de San Andrés es una fusión viva de estilos —gótico en su estructura de bóvedas de crucería, renacentista en sus portadas platerescas y barroco en las capillas laterales que la Contrarreforma añadió— levantada con paciencia sobre sucesivas caídas. Ya en el interior, las visitantes se detuvieron ante el púlpito plateresco del siglo XVI, cubierto de relieves de ánforas, aves fénix y esfinges. El altar mayor está presidido por tres estatuas de cemento que, con sus pliegues gruesos y estilo brutalista, representan la crucifixión de San Andrés con una contundencia que sorprende en un templo barroco. Llamaron también la atención los dos órganos: uno del XVI, del que tan solo quedan los tubos, y un segundo órgano Williams, una joya llegada desde el Reino Unido fruto de varias casualidades.
Pero fue en la capilla gótica, antaño de la familia del Busto, donde el grupo contuvo el aliento. Allí reposaron durante siglos los restos de Quevedo, y nuestro guía desveló un dato sorprendente: el poeta fue enterrado tres veces en el mismo sitio, y sus huesos, exhumados e identificados por la Universidad Complutense, regresaron definitivamente a esta cripta en 2007.
Ante la lápida, las socias de MDE recordaron algunos sonetos de Quevedo, el gran maestro del conceptismo, ese arte barroco de exprimir las palabras hasta sacarles doble sentido, de convertir una paradoja en belleza y una exageración en caricatura. «Matar con división y enamorar con error», musitó alguien, y el verso de la bizca resonó en la capilla como un guiño cómplice del genio que allí descansa. Porque el conceptismo, en el fondo, es eso: un juego de espejos donde las palabras dicen más de lo que callan. Y en ese instante, el conocido endecasílabo «Amor constante más allá de la muerte». volvió a flotar en la penumbra:
Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra que me llevare el blanco día, / y podrá desatar esta alma mía / hora a su afán ansioso lisonjera; / mas no, de esotra parte, en la ribera, / dejará la memoria, en donde ardía: / nadar sabe mi llama el agua fría, / y perder el respeto a ley severa. / Alma a quien todo un dios prisión ha sido, / venas que humor a tanto fuego han dado, / médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado.
Uno de los sonetos cumbre del conceptismo, donde el amor trasciende la muerte y el cuerpo, reducido a ceniza, seguirá siendo: «Polvo serán, mas polvo enamorado». Las piedras de la capilla parecieron guardar un instante de silencio cómplice antes de que el grupo reanudara el camino.
Desde la iglesia, nos adentramos en la calle Cervantes, un museo a cielo abierto de la nobleza manchega. A ambos lados se alinean palacetes y blasones que hablan de linajes antiguos, como el palacio de los Melgarejo, los duques de San Fernando, o la popular Casa del Verde Gabán, que toma su nombre del caballero don Diego de Miranda, aquel personaje sensato que Cervantes retrató en el capítulo dieciséis de la segunda parte de su obra inmortal.
A pocos pasos, en el número 10, una sobria placa recuerda que el 11 de febrero de 1575 Santa Teresa de Jesús durmió en la Casa de los Estudios. Las socias de MDE se detuvieron un instante ante aquella fachada discreta, imaginando a la monja andariega velando sus fundaciones en una noche fría del Campo de Montiel. Otra mujer de palabra y fe que dejó su huella sin buscar más gloria que el camino.
La historia siguió desplegándose por otros rincones: la Alhóndiga, hoy Casa de la Cultura, que fue pósito, casa de contratación y más tarde cárcel del partido; la Casa Rueda, con su alacena del siglo XVII que servía de nevera; y la Casa del Arco, que perteneció a Juan Ortega Montañés, arzobispo y virrey de México.
En el Convento de la Encarnación —la iglesia de las Dominicas—, José Manuel compartió una de esas claves que solo un buen guía sabe regalar. Explicó que la diferencia entre la Anunciación y la Encarnación, se esconde en las alas del ángel. Si el arcángel Gabriel aparece con las alas plegadas, es Anunciación; si las tiene abiertas, es Encarnación. En esta portada, las alas del mensajero celeste se despliegan, confirmando la advocación del templo con una elocuencia que va más allá de las palabras. Allí mismo, un cartel recoge la conclusión del estudio multidisciplinar de la Universidad Complutense que, siguiendo el Sistema de Tardanzas, sitúa en Villanueva de los Infantes el «lugar de la Mancha» cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse.
La siguiente parada fue el Convento de los Dominicos, el lugar donde Francisco de Quevedo exhaló su último aliento. El guía fue desgranando el rico simbolismo que impregna cada rincón: los perros con la antorcha en el hocico, emblema de la orden dominica —los Domini canes, los perros del Señor—, que velan la luz del conocimiento y la fidelidad a la fe. Visitamos la celda donde falleció Quevedo y, en una mesa de la época descubrimos un cajón secreto que había permanecido oculto durante siglos.
Pero lo que de verdad cautivó a las socias de MDE fueron los libros expuestos y, entre ellos, uno muy especial: un manuscrito de puño y letra del propio Quevedo. La caligrafía, uniforme y asombrosamente bella, trazaba sobre el papel envejecido un diálogo mudo con el genio que allí mismo murió en 1645.
Finalmente llegamos a la Casa de los Estudios con su bellísimo patio, un rincón típicamente manchego cuyas arcadas y bóvedas guardan el eco de una enseñanza que se adelantó a su tiempo. Allí funcionó la célebre Escuela de Menores, donde un ilustre gramático —cuyo nombre las crónicas locales veneran— impartió cátedra de latinidad y letras humanas. La acústica del patio era tan prodigiosa que las lecciones se dictaban de forma peripatética, paseando bajo los soportales, al modo del mismísimo Aristóteles en su Liceo. Las integrantes de MDE, mujeres comprometidas con el diálogo y la educación, sintieron que aquel era su lugar: un patio modesto pero cargado de sabiduría, donde generaciones de infanteños aprendieron que el conocimiento se comparte andando y que cada columna puede ser un maestro de piedra.
La jornada se cerró en San Carlos del Valle, un pueblo que es puro relato esculpido en piedra barroca. La iglesia del Santísimo Cristo del Valle, construida a partir de 1713 por orden del primer Borbón, Felipe V, se alza como un relicario monumental. Su cúpula de 47 metros, sus cuatro torres y su fachada que mezcla lo sagrado y lo popular dejaron sin palabras a las visitantes. Allí, entre santos y ángeles, descubrieron la figura de un guitarrista tallado en la piedra: una rareza iconográfica en la arquitectura religiosa española que sigue alimentando hipótesis —homenaje a los peregrinos, retrato de un músico local o simple guiño del arquitecto—. En el interior, el retablo mayor custodia la imagen original del Santo Cristo del Valle, del siglo XVI, rodeado de tallas y vírgenes. Y a los pies del templo, abrazándolo como un escenario perpetuo, se despliega una maravillosa plaza mayor porticada, diseñada por Pablo de Olavide con un trazado cuadriculado perfecto. Bajo sus soportales, el grupo se demoró contemplando el conjunto: un teatro barroco al aire libre donde la piedra, la luz y el silencio componen la última función del día.
Ya en el coche de regreso a Madrid, Juan puso el volante y la calma: condujo con una paciencia infinita y una amabilidad que convirtió el regreso en una última sobremesa rodante. Mientras el sol se teñía de malvas sobre la piedra, las integrantes de MUJERES PARA EL DIÁLOGO Y LA EDUCACIÓN cerraron esta segunda visita con la certeza de que la historia de España —la del XVII, la de Quevedo y Cervantes, la del Quijote, pero también la de los pueblos que guardan su memoria— no solo se estudia en los libros: se pisa, se respira y se siente entre el crujido de una bóveda gótica y la música callada de un guitarrista de piedra.
MUJERES PARA EL DIÁLOGO Y LA EDUCACIÓN
Villanueva de los Infantes y San Carlos del Valle
5 de junio de 2026