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Opinión: “Recuerdos de Mi Abuelita…”

La confesión

Por Geral Aci (Madrid)

jueves 23 de febrero de 2017, 02:37h
La confesión

23FEB17.- Cuando niño me encantaba que mi abuela me contara cuentos. Yo soñaba con ser un príncipe, derrotar dragones y ganar guerras, yo solo con mi caballo y mi espada. Conocer una princesa bonita, risueña, que cantara canciones románticas y no olvidara mi cumpleaños.

También me llamaba mucho la atención la capacidad de inventiva que tenía la vieja, porque imagino que no eran verdad, pero una me quedó para siempre en la memoria.

Se trataba de un rey que tuvo dos hijas, como era un cuento, las hijas eran muy bonitas y educadas. Crecieron, según el cuento, rodeadas de cariño y buenos colegios.

La parte del cuento que no me gustaba era cuando mi abuela me relataba la forma en que se alimentaban y las ropas que usaban. Con respecto a los alimentos mi abuela hablaba de asados, postres, mermeladas, leche y pasteles, que nosotros en mi familia nunca tuvimos. Lo mismo que la ropa, muchos zapatos y abrigos en invierno, que yo tampoco tuve. Bueno, siguiendo con el cuento: las hijas crecieron, se enamoraron y se casaron. Y lo de siempre, fiestas fastuosas, viajes de boda, regalos, brindis y mucha gente vestida con elegancia, aunque algunas y algunos invitados parecían payasos.

Una de las hijas, de la cual no recuerdo su nombre, compartía las responsabilidades reales con esmero y sacrificio. Se dejaba querer. Estaba junto a los necesitados, a los enfermos y en su rostro siempre había dibujada una sonrisa. El padre o el rey, que es lo mismo en este cuento, era más serio, el rostro un poco avinagrado o semejando mal humor. Hablaba pausado y caminaba despacio. Decía el cuento que tenía poco dinero y pocas propiedades, yo nunca lo creí.

Pero la vida da muchas vueltas, y lo que parecía una familia feliz, pronto se truncó.

La otra hija, de la cual sí me acuerdo su nombre, pero si no nombré a la primera, tampoco nombraré esta; bueno, pues esa hija se casó con un hombre que según el cuento no era muy trabajador, más bien flojito, pero sí amante de los deportes. Un tipo bien puesto, sano y poco risueño, no me acuerdo de su nombre y el apellido era difícil de pronunciar.

¿Qué pasó? Que el maridito este se metió en algunos problemas, pedía dinero prestado y no lo devolvía. Se presentaba buscando trabajo, pero solo si lo sentaban en una buena silla y ante un escritorio... digamos que quería ser relaciones públicas.

La cosa no fue por buen camino y sus manejos llegaron a oídos del rey y éste montó en cólera.

Le advirtió que no metiera la gamba porque no habría forma de defensa, ya que la justicia era igual para todos.

Pero el muchacho no cambió, siguió con sus enjuagues y tanto va el relaciones públicas a solicitar favores que la baraja se rompió.

La noticia corrió por todo el reino, hasta en las más remotas aldeas se comentaba el comportamiento del marido de la princesa, la gente decía adjetivos de grueso calibre. Mostraban su indignación. Algunos decían "mientras más dinero tienen más quieren robar". Otros decían "no piensen que lo castigarán, a esos no los toca nadie".

Lo complicado es que ya nadie quería a la princesa, la asociaban con el marido y sus fechorías. Hablaban mal de ella en los bares, en el ambulatorio, en el super y en el campo de fútbol.

Pero al señorito le daba lo mismo. No opinaba. Intervino la justicia. Pero antes de iniciar ningún juicio, sucedió algo tremendo, que yo mientras escuchaba a mi abuela, nunca me lo imaginé.

La princesa llamó a toda la corte, incluyendo periodistas, curas, locutores, ministros, diputados, dirigentes sindicales y parados. Muy seria, se dispuso a contar lo sucedido.

Señores y señoras; sé que ustedes están cabreados, lo que ha sucedido no tiene nombre, es una vergüenza, ensucia nuestra historia y jamás se podrá borrar. Por lo que yo de acuerdo con mi conciencia les contaré lo ocurrido.

“A mi me educaron correctamente, estoy orgullosa de mis padres, amo mi patria y viviré siempre en ella y si fuera necesario daría mi vida para que nadie la destruya. Es verdad que mi marido es un pillo, cometió delitos graves, no da un palo al agua, y solo se preocupa de hacer deporte. Yo soy tan culpable como él, sabía de su comportamiento y no hice nada. Me arrepiento y estoy a disposición de la justicia. Como dijo mi padre; la justicia es igual para todos. No me importa si me condenan, lo que sí me importa es que el pueblo me perdone. He cometido un error, como pudo cometerlo cualquier ciudadano”.

Cuando terminó de hablar todos guardaban silencio, nadie se lo esperaba. Al día siguiente todo había cambiado.

La gente agradecía el valor de la princesa, la historia la había juzgado y aceptado su confesión. Había dado un ejemplo de honestidad; por sus padres, por el pueblo que la amaba, por el resto del mundo que la conocía. Como un ejemplo a muchos ladrones que no les importaba tener la hoja de vida manchada si se quedaban con lo robado. Pero en el caso de esta princesa no fue así.

Ahora la gente nuevamente la quería, le sonreían, la ponían como ejemplo y muchos la imitaron.

Fue mejor decir la verdad y recuperar el amor de su pueblo a mantenerse aferrada a una mentira que la historia nunca absolverá. Pero claro, era un cuento que había sucedido hacía siglos y siglos. Ahora todo ha cambiado.

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