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Memorias: Así fue y así lo voy a contar

Yo, El Azafato (VIII)

Por Quino Moreno

jueves 20 de noviembre de 2014, 21:03h
Yo, El Azafato (VIII)
Yo, El Azafato (VIII)

Mi primer Vuelo, como AZAFATO

Y llegó el día de mi primer vuelo, como AZAFATO. Recuerdo que los autobuses salían desde las oficinas de ventas de Iberia, en la Plaza de Neptuno (ahora es un VIP), y allí me fui para dirigirme al aeropuerto donde llegué con más de dos horas de adelanto ya que no quería ningún contratiempo en mi primer vuelo que fue (y nunca lo olvidaré), a Murcia, dónde pernoctábamos para salir al día siguiente, muy temprano para Madrid. Por aquella época, todos los vuelos peninsulares salían casi de madrugada ya que los padres de la patria (que así se llamaba a los congresistas elegidos a dedo por el consejo de ministros de Franco), tenían que estar tempranito en el congreso y eso, permitía al gobierno, ahorrarse las dietas que hoy cobran los congresistas, dietas que en la práctica, no sirven pa’ná ya que la mayoría de los días el congreso esta casi vacío.

Mi llegada a firma -que así se llamaba y se llama- donde veíamos y chequeábamos el vuelo que nos tocaba, al comandante, y los nombres de toda la tripulación. Cuando por primera vez ví el mío, la verdad, me entró algo así como una sensación de que por fin, merecía la pena todo el esfuerzo: ¡Volaría con un compañero masculino y dos féminas!... y una vez todos reunidos y después de los saludos pertinentes, comenzaron mis extrañezas: a mi compañero y a mi, el trato dado por el comandante y el segundo de abordo, fue de lo mas frío y distante, con un tratamiento de Usted que me llevó de inmediato a los comienzos de mi vida militar y en cambio el trato que daban a mis compañeras, era de lo más familiar y casi de amigos. Ya de entrada, eso me mosqueó un poco, y así que se lo comenté a mi compañero quien por toda respuesta, me contestó con un “Ya te acostumbrarás porque en el avión, además de ser los que más curramos, somo el último mono” y claro. Nada de eso nos los habían comentado ni de paso, en el cursillo previo.

Una vez a bordo, y como me sabía de memoria todo lo que tenía que hacer para la preparación del vuelo, me dediqué a chequear las emergencias y verificar si todo estaba en orden para el sevicio. Mientras tanto mis compañeras, chequeaban emergencias, limpieza, etc. en ese primer vuelo, me asignaron a clase turista y para allá me fui no sin antes, escuchar un consejo de mi compañero: “cuando vayas por primera, si llama la cabina, que entre la chica. A este comandante no le gusta que nosotros entremos en cabina”. Me quedé un poco confundido pero me lo dijo con tanta tranquilidad, que empecé a pensar que no todo iba a ser color de rosa. La compañera que hizo el vuelo en turista conmigo se llamaba Mª Verdú y me acordaré siempre ya que luego, coincidí con ella muchas veces, hasta que se quedo embarazada y !ojo!, en aquella época, las azafatas que se quedaban embarazadas, al tercer mes de gestación, iban directo a la calle!, así sin más. No era muy joven y se acababa de casar con un gobernador civil de una provincia cerca de Madrid, quizás era Ciudad Real o Guadalajara o por ahí… no me acuerdo en realidad. Cuando, supo que aquel era mi primer vuelo, me ayudó muchísimo, sobretodo, en montar el carro de bebidas, y se sabía más o menos lo que más demandaba el pasaje, así que todo el montaje teórico que aprendí en el cursillo, lo tuve que apartar por lo práctico. Nos repartimos los puestos de bienvenida al pasaje: Yo a pie de la escalerilla, -que era el puesto masculino siempre que no lloviera- y ella, en cabina. La verdad es que el vuelo fue de lo más tranquilo, y una cosa que me llamó la atención, fue que en el vuelo, no nos movimos nada; parecía que estábamos en tierra o en el comedor de casa (a todo esto tengo que decir que mi experiencia en volar como pasajero era nula) y casi no podía creer lo placentero que era un viaje en avión.

Todo fue normal hasta que vino la furgoneta de tripulaciones para llevarnos a la ciudad y otra cosa que tampoco nos habían enseñado en el cursillo, era que la tripulación técnica y las azafatas, se sentaban en los asientos delanteros y nosotros, atrás, y siguiendo con las novedades, la sorpresa ya fue mayúscula cuando llegando a la ciudad, a la tripulación técnica (piloto y co-piloto) y a las azafatas, los dejaron en un hotel y a mi compañero y a mi, nos llevaron a otro que era de una categoría inferior…¡¡¡vaya casualidad!!!...

En la cena, que obviamente realizamos los dos solos sin el resto de la tripulación, ya que estaban en otro hotel, fue donde aprendí de mi compañero, todo lo que tenía que saber sobre mi recién estrenada profesión y caer en la cuenta que no todo era tan placentero como lo pintaban y me di cuenta que de nuevo, me tocaba apechugar con las injusticias de las normativas militares. En aquella época los pilotos venían del ejército del aire y eran en su mayoría, supernumerarios, es decir no estaban en el ejército, pero si tenían el rango militar dentro del estamento, y podían ascender en el escalafón. El comandante de aquel vuelo y día podía ser un teniente coronel ya que el hombre ya era mayor. Y os puedo decir que ejercía pues revisaba hasta los lavabos del avión antes de los despegues por si no estaban en perfecto estado de limpieza y se fijaba hasta que no hubiera un papelito en la moqueta. Eso si, incluso sabiendo que la responsabilidad de la limpieza del avión era de mis compañeras, si había algún percance, la bronca iba para los auxiliares masculinos. Yo mismo recibí dos por nada, y sin merecerlo. Para ellas, todo eran parabienes y una cosa que me cabreaba muchísimo, era que en las escalas, se ponían de cháchara con ellas y el trabajo de la preparación en tierra, como los periódicos, caramelos, o el zumo de bienvenida, lo teníamos que hacer nosotros los varones y no crean que las compis nos daban las gracias; era como si darle la charleta a los pilotos, estuviera dentro de sus obligaciones.

Mi primer viaje duró tres días. El primero, pernoctamos en Murcia como ya dije. El segundo en Barcelona, lugar en el que confluíamos muchas tripulaciones a dormir y dónde me encontré con varios compañeros de promoción y nos contamos nuestras cuitas y experiencias. Todos coincidíamos en el trato recibido por las tripulaciones técnicas, con las diferencias de trato dados a nuestras compañeras. El tercer día dormimos en Alicante y luego, a Madrid a disfrutar de un par de días libres.

Comencé con dos compañeros, uno malagueño y un catalán y que nos habíamos hecho amigos en el curso, a buscar una vivienda cerca de la Plaza Neptuno por el tema de las subidas al aeropuerto, y encontramos una casa en la calle Reina, paralela a Gran Vía. Era un piso, que tenía un matrimonio de Málaga y que alquilaba habitaciones. Era señorial y donde ellos vivían así que alquilamos tres habitaciones, con todos los derechos incluidos, tales como lavandería todas las semanas, desayuno, comida y cena, si las requeríamos el día anterior. En ese lugar estuvimos cuatro meses mimados por la Seña Francisca y su marido jubilado, que había sido representante de farmacia (no me acuerdo como se llamaba) pero si que vimos juntos, en el salón señorial de la casa, la llegada del Hombre a la Luna.

Al mes siguiente me pusieron como tripulante fijo todo el mes, junto con Manolo el malagueño y compañero de piso. Los tripulantes técnicos no eran fijos en la programación mensual, pero si las dos azafatas y nosotros. Y por suerte, nos tocaron dos compis bastantes normales. Teníamos que cuidar nuestro vocabulario, ya que una de ellas era muy señoritinga. Nada más y nada menos, que una Gómez Acebo (de los Gómez Acebo de toda la vida), y Manolo, (muy listo él), me la endiñó todo el mes. Nosotros nos turnábamos en lo saltos. Si salía de Madrid en primera, al próximo mes iba en turista y siempre con la misma compañera; así que era primordial llevarte bien. Había días que hacíamos siete saltos, por ejemplo: Madrid-Paris-Madrid-Madrid - Burdeos-Madrid-Valencia. Al principio no era santa de mi devoción pero, como el roce hace el cariño, en los despegues y aterrizajes y sentados en el mismo transportin, nos fuimos contando nuestras vidas.

Tenia un novio que era médico y a veces, me iba con ellos a mi casa cuando venía a recogerla con el coche, no era muy curranta pero sí, amable con los pasajeros. (En el servicio de comidas tenia que correr yo solo si no queríamos aterrizar con las bandejas todavía puestas) y una cosa que me encantaba, era que no le daba a la hebra con los pilotos e incluso a veces, venía a nuestro hotel para que fuéramos a cenar o comer juntos con Manolo. Eso era, según me decía Manolo –que tenía más experiencia que yo pues había sido tripulante varios años en el Queen Elizabeth-porque ni el comandante ni el copiloto de turno, le habían tirado los tejos y no es que Manolo fuera misógino pero las azafatas, no le gustaban un pelo y solía decirme: “Quino, estas señoritingas son para trabajar” y con su acento andaluz, remataba con un “pa’na mah pisha” y miren que casualidad, que luego, acabo casándose con una azafata, se divorció y luego, se casó con otra. Ahora, ya jubilado, de vez en cuando nos vemos y nos tomamos unos Málagas Vírgenes con hielo, soda y su aceituna, que tiene que ser con hueso. sigue siendo, un verdadero profesional.

Al mes siguiente, me cambiaron de tripulación y de Manolo y la verdad que en ese momento, me sentó a cuerno quemado pues me encontraba muy a gusto con mis compañeros anteriores. En ese mes me tocó lo peor que me podía tocar; no por las compañeras si no por el compañero, que era una verdadera institución en Iberia: hijo de Ramón Barreiro, por aquel entonces, Director de Televisión Española y ahijado del Marqués de Navasques, en esos momentos, presidente de Iberia. Recuerdo que en el primer vuelo, llegó tarde ya casi con el pasaje embarcado. Tuve que excusarle de cara al comandante diciendo que se había quedado en firma por motivos de unos papeles de la licencia de vuelo, pero cuando mi compañera le dijo el nombre de Moncho Barreiro, se calló y se metió en la cabina. Os puedo decir que en ese momento, me mosqueé, y le pregunte a mi compañera que era lo que pasaba y me dijo: “Ya te enterarás”. Cuando llegó al avión, lo primero que me dijo fue: “Chaval, me llamo Moncho y me gusta mucho el champán francés, ya lo sabes y también decirte que para llevarnos bien, YO TODO EL MES IRÉ EN TURISTA, no me gusta darle de comer a la cabina, así que las niñas pueden rotar yo no”

Entrado en lo operacional del vuelo, os puedo decir que me fui dando cuenta que mi compañero durante ese mes, iba a ser todo un espectáculo, él mismo se repartía sus tareas, daba los periódicos, daba las voces de emergencias por el micro, pues no le gustaba despeinarse con el chaleco salvavidas, pero las voces las daba sin leer el libro y todo salía más coloquial como decía. A los pasajeros les gustaba, pero a nosotros no ya que teníamos que correr en el pasillo; cuando él iba por las máscaras de oxígeno, nosotros nos estábamos poniendo el chaleco todavía. Los periódicos los voceabas como si fuera un vendedor callejero:... ¡¡La Vanguardia, con el secuestro del niño!!....¡¡El ABC con la noticia de la boda de fulanita!! Los pasajeros a veces, no daban crédito a lo que veían, pero en aquella época, las gentes que iba en avión se ponían chaqueta y corbata y subían un poco asustados así que respetaban todo lo que vieran a bordo. Un día se le ocurrió poner en el pasillo de turista, un rollo de papel higiénico y cuando estaba entrando el pasaje, les advertía que pisaran sobre el papel, porque acababan de limpiar la moqueta y lo sorprendente, era que la gente lo hacía sin chistar con lo cual, nosotros nos teníamos que esconder en los galleys (las cocinillas que teníamos) para no partirnos de risa viendo a los pasajeros haciendo un numero circense andando por el papel. Otras veces, no pasaba el carro de las bebidas y le decía a la compañera que descansara, y pasaba una bandeja de naranja y agua y otra de champán y el servicio lo daba él solo. Hablaba con los pasajeros de mil y una cosas, incluso con aquellos que veía con cara de miedo o susto por volar. Se inventaba accidentes para demostrarle a los pasajeros que de todo se salía porque el avión era el medio de transporte más seguro.

Una vez una pasajera se puso histérica y le dijo. “O te callas, o te llevo a la cola del avión abro la escalera, y te tiro” ... Amigos, todo el pasaje de alrededor se echó a reír, incluso ella, y se acabaron los nervios. La verdad que tenía recursos para todo. Una vez dejó de darle la bandeja de comida a medio avión aduciendo que no le gustaba mucho como olía la comida de los dos últimos carros....y así, una tras otra. Yo estaba acojonado pues no había pasado el período de los seis meses de prueba. Lo comenté con mis compañeros de piso y me aconsejaron ir a flota y con algún Supervisor, comentarlo,

Así lo hice y con uno de los instructores que nos había dado el cursillo y con el cual tenía más confianza, le expuse mi preocupación y no me dejó terminar diciéndome: “no te preocupes que sabemos que estás volando con Moncho y eso mejora tu expediente chaval” Me fui tranquilo no dejando de contárselo a mis compañeros en casa, que no se creían la mitad de las cosas que les contaba.

La mejor fue un día que un comandante un poco cabronías, revisó con toda la mala leche el equipaje de la tripulación. Teníamos la obligación de llevarlo identificado con nuestros nombres y una pegatina que ponía CREW; ese día, Moncho había traído una bolsa, y sin identificar como casi siempre y llegué a pensar que el comandante lo sabía; girándose a mi, me preguntó: “¿De quien es esta bolsa?” Yo le conteste: “De mi compañero”; me miró y la tiró a la pista. Cuando llegó Moncho, tarde como siempre, le comenté lo que había pasado: “Déjalo, ni la recojo, hoy Quino, voy yo en primera” una vez después del despegue, teníamos la obligación de entrar en cabina a ver si querían tomar algo; mi instinto me dijo que me acercara a primera pues estaba convencido, que iba a pasar algo. en ese momento, Moncho se remangó las mangas de la camisa, se puso unas de las bayetas de cocina a modo de delantal, y entró en cabina de esta guisa para preguntar a los pasajeros si querían algo. El comandante en cuanto lo vio le dijo. “¿que hace Ud. así? ¿ y su smoking de servicio? y esta fue la respuesta: “No se comandante, algo ha pasado; un hijo de puta me tiró la bolsa a la pista, y en ella llevaba mis pertenencias incluido mi uniforme”. A la vuelta, se quedó en Sevilla que era nuestro destino. Volvimos con un tripulante menos.

Pasó el mes más o menos tranquilo pero siempre, con más anécdotas. A Moncho le pusieron un correctivo que fue, pasarlo al Caravelle Renacuajo que era un mixto pasaje-carga con correo y ya la verdad, que nunca más coincidí volando con él. Nos veíamos de vez en cuando en los aeropuertos y siempre me decía: “No te pongas la gorra gilipollas, que te estas quedando calvo” (y que razón tenía el c…ón)

El Caravelle, de Iberia...
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