Allí, sentado junto al precioso chiringuito de estilo francés, contemplo una extensa pradera rodeada por los árboles centenarios y majestuosos. El aire es purísimo, fino y transparente. Desde la terraza de mi habitación diviso las crestas rocosas y cubiertas de pinos tipo Balsaín, altos como edificios de cinco pisos.
Bien es verdad que todo es grande allí, el coche aparcado del dueño, un Dodge Dart fabricado por Barreiros, semejante al que voló la ETA con el presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco dentro, y que cayó, tras volar, en el pario interior del edificio, tras haber comulgado este en la iglesia de San Francisco de Borja, de los padres jesuitas de la calle Serrano.
Pero a lo que vamos, todo ha terminado. Mi hija me ha traído en el coche hasta Madrid y lo ha aparcado en el parking, enorme garaje muy familiar pues allí yo aparcaba el mío cuando aún podía conducir.
Lo primero que noté, claro, fue un calor infernal y los enormes edificios abigarrados desde la plaza de la Moncloa donde se apiña el Ministerio del Aire y del Espacio (primera pretensión excesiva), y las viviendas maravillosas de los familiares de los militares de ese edificio, copia dictatorial del Monasterio del Escorial.
Al dejarme en la puerta del garaje esperando el taxi avisado por teléfono, me percaté que las chicas que pasaban por la acera iban profusamente tatuadas con dibujos en las piernas, en los brazos y torso, apenas quedaba un centímetro de piel natural, de aquella piel de terciopelo que tenían las mujeres hace apenas unos años, en mi juventud.
Caminaban como disfrazadas, algunas de negro, con curiosas botas antiestéticas, una especie de coturnos, como los que yo contemplé estremecido cuando vi en el teatro Fígaro la obra “Las Criadas” de Jean Genet. Sí, caminaban orgullosas, como extraterrestres, ante mi inquietante asombro.
Mi hija, que conducía el coche, busca el sentido de su vida, es natural en un mundo tan extraño e inquietante.
Ahora ya estoy en mi casa de la capital, en ni hogar, pero vivo gracias a unas tráqueas, unos tubos que me inyectan oxigeno refrigerado por unos motores, es lo que llaman el air acondicionado. Sin esas tráqueas, sin ese aire artificial inyectado y refrigerado yo moriría a los pocos minutos de un calor infernal.
Mi país entretanto arde por los cuatro costados, al igual que Francia y otros piases europeos y del mundo, es lo que llaman el “Cambio Climático”, aquello que ya advertí hace cincuenta años en mi trilogía novelada del mismo nombre.
Pero a lo que vamos, vivo en una placenta. En un útero hermético y artificial, una cápsula, y sin ese aire refrigerado moriría en muy pocos minutos.
Y yo me pregunto; ¿ esto es vivir, esto es la vida, estoy verdaderamente vivo?. Sinceramente amigos, creo que no; soy un muerto viviente, una especie de momia de Tutankamón. No soy un superviviente, soy la momia de lo que fui cuando el mundo era aún el mundo, cuando este planeta no ardía por los cuatro costados en su intento de liquidarnos cuanto antes.