Aunque el Castillo (el "Buque de Castilla") y la Plaza del Coso son los grandes imanes, Peñafiel guarda otros tesoros, como el Convento de San Pablo, con su impresionante cabecera gótico-mudéjar. Es un lugar de una belleza arquitectónica singular. Allí se encuentra, también la Torre del Reloj, el último vestigio de la iglesia de San Esteban. Su maquinaria original del siglo XIX sigue marcando el pulso de la villa.
Una visita ideal es la Casa Museo de la Ribera para entender cómo era la vida cotidiana en la zona a principios del siglo XX a través de una representación teatralizada y para relajarse. Un paseo por la ribera del río Duratón y la Judería permite ver antiguos molinos y el parque donde se asentaba la antigua judería. Y sin salir de la ciudad, hay que pasear también por la Calle de las Rondas y buscar los restos de la antigua muralla. Es de los pocos lugares donde aún se puede tocar la piedra que protegía la villa hace siglos.
Pero, ninguna visita está completa sin descender a las profundidades de la tierra. La Bodega Protos es parada obligatoria. Sus galerías excavadas bajo la montaña del castillo contrastan con la vanguardista estructura diseñada por Richard Rogers. Es el equilibrio perfecto entre la tradición del primer "Ribera" y la arquitectura del siglo XXI. Hablar de Protos es hablar de la historia viva de la Ribera del Duero. No es una bodega más; es la que puso nombre a toda una región.
La palabra Protos proviene del griego y significa precisamente "Primero". No es una casualidad publicitaria: fundada en 1927 como una cooperativa por 11 viticultores de la zona, fue la primera bodega de la Ribera del Duero. De hecho, ellos cedieron el nombre "Ribera del Duero" para que se pudiera crear la Denominación de Origen en 1982. Hasta entonces, la marca era la que identificaba a los vinos de la zona. Bajo el cerro del Castillo de Peñafiel, Protos tiene más de 2 kilómetros de galerías excavadas en la montaña. Es un laberinto natural donde el vino descansa a una temperatura constante de unos 12°C y una humedad perfecta durante todo el año, sin necesidad de aire acondicionado.
La nueva bodega, inaugurada en 2008, fue diseñada por Richard Rogers, el mismo arquitecto que hizo el Centro Pompidou en París o la T4 de Barajas a la que recuerda bastante, pero sin aviones.
La gastronomía en Peñafiel es un rito que se celebra con calma. Hace poco la prestigiosa revista National Geograpic colocaba, en uno de sus ránkings, a Peñafiel como el pueblo de España en el que mejor se come de todo el país. ¡Nada menos!
Bar Torero: Situado en el centro de la villa, en plena Plaza de España, a la sombra de la Iglesia de Santa María, este bar se convierte en una auténtica colmena de actividad tanto para lugareños como para visitantes. Es el sitio perfecto para el "tardeo" o un aperitivo auténtico, hacer una parada y disfrutar de una cerveza bien fría o un café reconfortante, acompañado de unas tapas deliciosas como sus torreznos, gambas rebozadas, croquetas o la oreja, acompañados, por supuesto, de un vino de la zona.
Restaurante Molino de Palacios: Comer aquí es sumergirse en la historia, ya que ocupa un antiguo molino sobre el río Duratón del siglo XVI y conserva una decoración exquisita con elementos de artesanía. Su especialidad indiscutible es el lechazo asado en horno de leña, pero sus níscalos a la molinera, las croquetas y la morcilla son entrantes que compiten en protagonismo. También los escabechados de caza, los guisos caseros y las setas en temporada.
Lagar de San Vicente: Un antiguo lagar con una bella y antigua bodega subterránea donde el ambiente rústico es el mejor aderezo. En las galerías de la bodega hay algunos huecos con barricas hechas a medida por algunos especialistas (de ahí viene la frase “a ojo de buen cubero”). También aquí el plato estrella es el lechazo elaborado al horno de leña, en cazuela de barro y servido bien caliente, con la carne exterior crujiente. Además, su sopa castellana y las mollejas a la plancha son famosas por su sabor casero y reconfortante. Su tabla combinada de marisco, embutido, queso, calamares... es perfecta para un entrante a compartir. Por cierto, vale la pena llegar con algo de antelación para tomar un aperitivo y ver la espectacular puesta del sol que hay desde esa altura.