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Cuento: “La Columna del Bárbaro Gentil...”

El peso de las circunstancias

  • Por Carlos Morales Fredes *

jueves 28 de octubre de 2021, 22:02h

28OCT21.- Era una morena aerodinámica. Complementaba su delicada voz y elocuencia, con una profusión de ademanes, que operaban a modo de seductora coreografía. Poseía también sentido del humor.

El peso de las circunstancias

Lo comprobé el día en que nos hicieron una “prueba”, en el colegio.

En esa oportunidad, el profesor preguntó –a sabiendas de mi desaplicada conducta escolar– si había estudiado para el examen.

Mientras todo el curso permanecía expectante –dada mi fama de sublevado– sólo se me ocurrió replicar:

–No señor ¿cómo se le ocurre? ¡Yo confío en la inteligencia de mi compañero de banco!

La risotada fue general, pero la de ella no cesó hasta que tocaron la campana. A la salida me preguntó cómo me había ido.

–Bien, le dije. Le copié todo a mi compañero. Aunque no creo que me vaya a sacar un siete –agregué.

Guardé silencio, sabiendo que la naturaleza femenina haría el resto.

–¿Por qué? –preguntó inmediatamente.

–¡Porque en la última pregunta, de su prueba, el Alejandro puso: “No la sé”! Así que, en la mía, tuve que poner: “yo tampoco”!

Se dobló como una bisagra al escucharme. Atacada de risa hasta las lágrimas, me dio un empujón, a manera de brusca complacencia. Desde ese día, si no la buscaba yo, lo hacía ella. Nos hicimos inseparables.

Hablábamos de todo, sin tapujos. Me contaba que, en su niñez, fue muy gorda, que según fue creciendo creció también su vanidad. En ese momento se preocupó y empezó a bajar de peso. Entonces la ropa, las pinturas, afeites, el maquillaje todo, se convirtió en su pasión.

Con el tiempo dejé de contarle cosas mías, porque me di cuenta que ella disfrutaba más escuchándose a sí misma. Parecía estar engolosinada con su propio itinerario existencial, con su propia voz. En algún momento me confidenció que aún caminaba como si la gordura de antaño le pesara, como todavía acostumbrándose a su peso actual, a su casi ingravidez. Me costó asimilar aquello viéndola tan hermosa, perfecta casi.

También dijo considerarme su mejor amigo. Yo la escuchaba un tanto escéptico. Nunca creí en la amistad entre un hombre y una mujer. De acuerdo a una particular hipótesis mía, uno de los involucrados termina siempre enamorado del otro. Por desgracia, esto acabó haciéndose realidad.

Después de grandes titubeos, le dije que la amaba. Ahí descubrí que además era inteligente. Debía serlo, ya que me costó entender su planteamiento; la argumentación de su rechazo.

Me dijo: “Dentro de la cadena alimentaria, tú eres, uno de los bocados menos apetitosos, para mí. La posibilidad de un romance entre nosotros, es una teoría insustentable”.

Debo confesar que me dejó bastante confundido. Se me hizo difícil digerir sus palabras. Cuando alguien me aclaró que “cadena alimentaria” no significaba otra cosa que: “Quién se come a quién”, el mundo se me fue haciendo lejano y solitario.

Estaba enojado y se lo hice saber

–No eres la mujer que creía. En realidad ni siquiera eso, sino una mamífera sin sentimientos, una acólita del diablo, el ángel de la muerte, la versión femenina del anticristo.

Me dio una bofetada de antología. Estaba enojada, como no. Yo, después de aquello, enojado y adolorido.

Meses después, nos encontramos. Ella había vuelto a engordar; estaba irreconocible.

La pirámide alimentaria se invertía.

Al verme, bajó los ojos, abochornada, pero de inmediato se recuperó, e intentó mostrarse festiva, relajada:

–Estoy segura de haber visto esa cara en otra parte – exclamó, con una sonrisa un tanto forzada en los labios.

Al decirlo, entró en un terreno en el que yo me desenvolvía mejor que ella.

–Imposible, siempre la llevo conmigo a todas partes –refuté, sin mover más músculos que los indispensables.

La agudeza de su risa hizo inevitable el instalarse en mi mente la imagen de un elefante que se había tragado un pajarito.

La perdoné. Debajo de todo ese tejido adiposo, seguía estando ella. Y ¿quién sabe?, quizá algún día logre ponerla a dieta.

* Carlos Morales Fredes – Es un poeta, narrador, cronista, (1951) chileno, residente en la ciudad de Arica, en el extremo norte de Chile. Es socio fundador del Club de Lectura “Cuenta conmigo”. Columnista del periódico ariqueño “La Estrella De Arica", periódico en el que ha conseguido ser el columnistas más leído. Primer premio regional en poesía (1986). Premio especial prosa en concurso nacional de Empresas Denham (2008). Obtuvo en dos oportunidades el “Premio a la creación” del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con sus obras “Ausenciando”, (cuentos, 2008) y “De Corín Tellado y otras novelas de bolsillo”, (novela, 2015). Es autor de “Crónicas de aeropuerto”, “El resucitador en serie”. Ha participado en numerosas Antologías: “Avisos desclasificados Vol. I”, “La Nueva Nortinidad”, “Catálogo de Escritores de Arica y Parinacota”, (Cinosargo). “Identidad y Pertenencia”, “Muestra Literaria de escritores de Arica y Parinacota”, (Cinosargo), “Antología De Los Extremos De Chile”, Arica–Parinacota, Magallanes–Antártica. Antología de escritores de Arica–Antofagasta, “Antología del Cuento Chileno vol. II”, (Mago Editores), 2016, “Los Diez Mejores Cuentos de Arica–Parinacota” (2018), Antología Binacional Arica–Parinacota, Chile. Madrid–Valencia, España. Su obra “De Corín Tellado y otras Novelas de Bolsillo”, ha sido incorporada por la Doctora Soledad Maldonado Zedano, a su cátedra en la Universidad San Agustín, Arequipa, Perú. (2019)

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