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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

El reinado de los lobos

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

miércoles 23 de noviembre de 2016, 17:14h
El reinado de los lobos

23NOV16 – MADRID.- Sentado junto a la cabina del sonido y de la luz, al final del patio de butacas, apretujado por la multitud que llena el teatro, al lado de Moyano, el gerente de la obra, veo por undécima vez mi obra representándose en un teatro de la capital, y recuerdo, casi simultáneamente, las primeras funciones y el estreno en el Auditorio de Palma de Mallorca hace 43 años de la misma obra.

La noche del estreno los ramos de flores a María Mahor en el escenario, los aplausos, las señoras envisonadas, con los collares de perlas; otras maquilladas. Los caballeros impecables, con sus trajes bien cortados, sus elegantes corbatas y alguno con el sombrero sobre las piernas, aplaudiendo cálida y acompasadamente.

Pero veo en la penumbra de ahora los perfiles inmóviles de los espectadores, los ojos muy abiertos, concentrados, escuchando con avidez las frases, los parlamentos, el argumento en fases repetidas en “flash back”, hábilmente dosificados por el sabio director, hacia delante y hacia atrás, explicando una historia cargada de acontecimientos, que yo escribiera en el umbrío comedor de la casa de mis padres.

Y llama mi atención el silencio absoluto, inmaculado, casi sobrecogedor de esa masa de espectadores de ambos sexos, absorbiendo la historia como si se tratara de algo sagrado, casi místico; una eucaristía, un alimento del alma, de la que se les ve tan necesitados, que en unos momentos determinados llegan a causarme una rara impresión; precisamente a mí, que me sé el argumento y las frases casi de memoria, al igual o mejor que los actores, de tantas veces escuchadas y tantas repetidas.

Intento ya en casa comprender esa rara sensación. Pero es solo al día siguiente cuando, en plena calle, creo darme cuenta de lo ocurrido.

La pasión, el placer o el deseo con el que los espectadores de hoy acogen, reciben y agradecen, de forma tan distinta la historia ya contada 43 años atrás, creo y siento se debe - queridos lectores vallisoletanos o de este insigne periódico -, al gran cambio ocurrido en España. Aeropuertos, autovías, trenes de alta velocidad, construcciones nuevas, hospitales y mercados, socialización de la sociedad y régimen de libertades.. Pero, ¡ay…, siempre hay un ay!; indefectiblemente:

Acusada degradación o envilecimiento de ciertas costumbres, y pérdida de otros valores antes vividos y altamente valorados por todos.

Y es de ese desfase o descenso de la calidad moral, de la calidad incluso diría del lenguaje usado por ciertos comunicadores y políticos, y absorbido por lo que Ortega definía como la masa, y que es ni más ni menos que el pueblo; donde los espectadores de hoy, de “EL REINADO DE LOS LOBOS”, notan algo desconocido, diferente, fascinante: el olor, el sabor, el aroma que viene de otros tiempos, de una limpieza moral, de una atmósfera transparente donde los valores estaban claramente diferenciados, y el bien y el mal nítidamente definidos, delineados y separados.

(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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