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OPINIÓN

The social network

Por Gustavo Celedón  

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:21h

The social network (2010), el film sobre el nacimiento y crecimiento de Facebook, es de aquellos que, siendo horriblemente malos, sorprenden por “actualizar” de manera diríamos indirecta –aunque aquí lo indirecto se transforma inmediatamente en directo- los valores, los sujetos y las maneras de pensar que se quieren imponer hoy en día.

Llegué al film cuando supe que el soundtrack fue compuesto por Trent Reznor –junto a su socio, Atticus Ross– y que, extrañamente, estaba nominado al Oscar por Best Score. Bajé el disco, curioso, pues hace tiempo que no escuchaba algo bueno de Reznor (digamos, desde The Fragile). Y sí, el disco es particularmente interesante, sobre todo porque recuerda aquellos temas más profundos de Nine Inch Nails, ese existencialismo descarnado que caracterizaba por largos momentos a la banda. Ahora bien, se puede apreciar no obstante una composición mas calculada, más fría, menos cálida. La programación adquiere un lugar vital, se sobrepone, hace notar su presencia. Y esto no pasaba del todo con Nine Inch Nails: las máquinas siempre presentes, pero máquina no es necesariamente sinónimo de programación.

De ahí que lo único que puede, en términos simbólicos, anudar este soundtrack a este film, es precisamente esto: la programación. Pues The social network trata, entre otras cosas, sobre el paraíso de la programación y los programadores, caricaturizados como los nuevos rockstars del ambiente, con groupies y todo, desperfilando el poder real que han adquirido. Ahora, el film abunda, sin sorprendernos, en pésimos diálogos, clichés de la industria, no esforzándose en ningún momento por ser una buena obra cinematográfica, propiamente hablando. En este sentido, la música de Reznor y Ross, que, digámoslo, está concebida para ganar premios, perfectamente pudo haber sido utilizada, en la medida en que está muy bien hecha, por una producción con fines más artísticos, cinematográficos: en algo más serio.

De todos modos, The social network es interesante por lo que muestra (de paso: ocho nominaciones al Oscar). Es un film que pretende introducir valores, un film ético a la vez que es un film reivindicador de la cultura estadounidense. Casi un manifiesto. De principio a fin. Nos quiere mostrar cuál es la visión correcta, cómo se ha de mirar, cómo se debe pensar, quiénes pueden y quiénes no. Es horrible. Nos muestra quiénes son los nuevos héroes –Zuckerberg obviamente, acompañado de Sean Parker, los nuevos espíritus del universo–, cuáles son las reales ambiciones, los verdaderos propósitos, qué son las ideas. Y la dialéctica, la misma de siempre: ganar o perder, pues ésta es la gran enseñanza que Hollywood imparte a sus adolescentes y que constituye a fin de cuentas el motor liberal de E.E.U.U., a saber, que hay winners y que hay losers. Nada más (y en verdad, diría yo que esta dialéctica es aún más estrecha: sólo hay losers, por doquier. Los ganadores son muy pocos, los privilegiados, la verdadera clase).

Trataremos aquí no hablar de Facebook, aunque igual lo haremos. Es difícil hacerlo. Tan sólo rescatamos que el film nos muestra esta plataforma en tanto paraíso americano, como una fuente de expansión inagotable. Es como la virtualización efectiva de ese sueño dominador que es y siempre fue el sueño americano. El film nos muestra a este genio, Mark Zuckerberg, un chico de ideas brillantes, trabajador, constante, perseverante, loco, con mente de empresa, pero muy humano. Un buen chico, como le dicen al final del film. Idea que viene a la mente, se hace. Pero no cualquier idea: se trata de un click que está por sobre lo común, por sobre las prácticas tradicionales, por sobre los losers. Y ese es el gran valor. Eso lo convierte en el personaje del 2010, en la renovación de las nuevas subjetividades. Pero el film no deja de mostrar, de manera sospechosamente casi involuntaria, como por rebote, que detrás de todos estos supuestos valores, no hay sino simple y pura ambición. El tipo es admirado porque logró crear una plataforma que en menos de 5 o 6 años tiene fascinado a todo el mundo. Es decir, es alabado por ser un conquistador. Y ese es el tema del film: un chico que no puede conquistar a una chica, decide conquistar el mundo. Si la conquista no se da en un lado, se da por el otro. Pero la relación que existe entre alguien y otro alguien o algo, está siempre mediada por la conquista y eso es lo que viene a reivindicar este film. Es un clásico adolescente estadounidense. Pero a diferencia, por ejemplo, de La venganza de los nerds, éste es un film basado en la realidad, con billones de dólares corriendo en serio, con información en cantidades desproporcionadas. Y quizás sea eso lo podrido de Facebook: que se puede percibir o intuir que por ahí corre este asunto de la conquista; que finalmente, tras lo útil, provechoso y revolucionario que siempre puede resultar, cuando, como dicen muchos, yo mismo, ja, “se ocupa bien”, se trata, y en alto porcentaje, de manipulaciones, de conquistas, de sospechas y de enfermedad.

Pues finalmente Facebook toca una fibra humana muy débil, aquella de la construcción de uno mismo, aquella de la soledad, aquella de sentirse querido. Visto de ese modo, es una gran máquina planetaria donde depositamos el desarrollo de nuestro imaginario, en sentido lacaniano. En otras palabras, dejamos inscrito en pantalla y para siempre lo que nosotros mismos queremos ver de nosotros mismos. Y, de paso, cómo queremos que los otros nos vean. Y claro, ésta es la gran idea que el film reivindica, la cual lleva a Zuckerberg y CIA, todos los nuevos genios de la historia, las nuevas subjetividades, a convertirse en héroes planetarios.

La pregunta es: ¿Es esto una buena idea?

Retomar una filosofía de las ideas es lo que falta nuevamente. Alain Badiou lo hace, por ejemplo, y ese es su gran aporte al pensamiento de nuestro tiempo.

Ahora bien, volviendo al film, una horrible tautología lo constituye, aquella que existe entre programación y dominación. Como si de alguna manera nos dijera, indirectamente, que todo está planificado, que incluso cuando subimos una foto o hacemos un comentario, ahí cuando se produce quizás un efecto de libertad y autonomía, no es más que un movimiento que se incorpora dentro de una planificación inmensa ante la cual, cada uno de nosotros, con nuestros perfiles, nuestras fotitos y pensamientos, somos unas pequeñas porciones insignificantes.

Es un tema complicado hablar de Facebook. Por lo pronto, prefiero el soundtrack, mil veces, al film. Me parece, aunque comercial, más sincero. Pues ni por eso se molestan al dominar: lo quieren hacer a bajo costo, con poco esfuerzo, de manera inmediata. Por lo pronto también, sigo en Facebook, principalmente porque todos los días me encuentro con música nueva, bromeo con un par de amigos y me comunico con gente que está muy lejos. No sería mala idea quizás, como lo hace una persona a quien quiero mucho, desvirtuar la información, desvirtuarse uno mismo. Olvidarse, diríamos, de cualquier yo, por lo tanto, desvanecer de realidad a una maquina que funciona con puros imaginarios, digitalizados. Impedir nuestra de-codificación, si primero renunciamos algún día a decodificarnos nosotros mismos, en nuestra intimidad.

Quién sabe.

 

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