El Camino Jacobeo, con el sepulcro del Apóstol Santiago, patrón de España, como meta, bien podría ser una ocasión para ese caminar pausado hacia el interior de uno mismo -generalmente desconocido incluso para el propio interesado-, también para aquellos que se echan al camino sin una motivación trascendente.
Tenemos prisas hasta para viajar. La democratización de los viajes, con su abaratamiento, permite a gentes de toda condición viajar hasta los lugares más ignotos, y eso es bueno, aunque a veces masificando los destinos más populares. Sin embargo, ese apresuramiento tan propio de nuestro tiempo, ese querer apurar el tiempo como si se nos escapara – que efectivamente, se nos escapa más rápido de lo que desearíamos- impide a menudo disfrutar del momento, de los pequeños detalles, convirtiendo a quien podría ser un auténtico viajero, en simple turista satisfecho con una auto foto en un lugar pintoresco, para que alguien le de un “me gusta” en su cuenta de redes sociales.
Y lo que es válido para el turista, también puede aplicarse al peregrino que sólo busca con afán llegar al siguiente destino al final de la presente etapa lo más rápido posible, sin apenas ser plenamente consciente de que el camino es en sí mismo parte imprescindible de esa experiencia única que es la Peregrinación.
Es bien sabido que entre quienes emprenden el reto de caminar o pedalear hacia el Finisterre hay muchas razones, bien el interés cultural, conocer otras gentes, enfrentar retos personales… Pero incluso entre esos, que no les mueve ningún sentido de trascendencia en su caminar hacia Santiago de Compostela, resulta difícil creer que no se sientan interpelados en su corazón, por una experiencia que a nadie deja indiferente.
Después de todos los sacrificios y dificultades que hay que superar para llegar a la meta final – incluso con las comodidades que nos proporciona la era que nos ha tocado vivir, ¡qué no sufrirían los peregrinos de la Edad Media, que esos sí, mayoritariamente, hacían el camino por un impulso religioso!-, resulta difícil creer que esos peregrinos incrédulos no sientan en su fuero interior algo transformador, al culminar esa difícil prueba.
¿Qué sentiría el rey Alfonso II el Casto cuando animado por los rumores del milagroso descubrimiento de la tumba del evangelizador de Hispania, nada menos de uno de los apóstoles preferidos por Nuestro Señor, corrió apresurado desde la capital del joven reino de Asturias, Oviedo, a los umbríos bosques gallegos a confirmar la noticia?, siendo así el que podría considerarse el primer peregrino jacobeo. Naturalmente los peregrinos de hoy no caminan con el ornato y oropeles que lo haría en el 842 tan ilustre viajero.
¿O qué decir de Aymeric Picaud, quien peregrinó a través de lo que ya sería la Ruta Francesa, y que nos dejó una deliciosa descripción de la misma en la considerada como primera guía del viajero, el Códice Calixtino?.
En el Camino de Santiago se funden mito y realidad, desde el descubrimiento mismo de los restos del Apóstol que cuestionan los más incrédulos, en el Campo Estelae, el Campo de las Estrellas, pasando por la “gallina que cantó después de asada”, en Santo Domingo de la Calzada, y que salvó a un joven germano inocente de la horca a la que le condenaron las falsas denuncias de una mesonera despechada, o el no menos extraordinario suceso del milagro eucarístico obrado hace cinco siglos en la pequeña aldea gallega de O’Cebreiro, donde un incrédulo cura asistió atónito, en el momento de la Consagración, a la transformación de la hostia y el vino, en el auténtico Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Naturalmente todos estos signos extraordinarios no son, ni siquiera para los fieles cristianos dogmas de fe, mucho menos para quienes no creen en la religión verdadera, pero resulta difícil abstraerse de ese trasfondo que forma parte esencial del significado del Camino de Santiago.
Un Camino que, aún más que la peregrinación a Roma, sede del sucesor de Pedro, se convirtió desde bien pronto en eje vertebrador de una Europa que empezaba a surgir de las cenizas de los tiempos convulsos de las invasiones bárbaras. Una Europa que no surgía como unidad política, como lo fue en su momento el fenecido Imperio Romano, sino como ideal común de una Cristiandad que se extendió a lo largo de la mal llamada Edad Media – como falso interregno ante el presunto luminoso Renacimiento- también conocida como Edad Oscura, y en el que Dios era el epicentro de la vida de aquellas gentes.
Ya lo dijo el Papa San Juan Pablo II el Grande, cuando en su visita a Santiago de Compostela, interpelaba a los europeos desde el Monte del Gozo, a no olvidar nuestras raíces, en torno a las cuales se articuló nuestra moderna sociedad de libertades, con su grito: “Europa sé tú misma”.
¿Cómo no sentir, incluso aquellos peregrinos más irreligiosos, algo especial, al despertar en la Colegiata Real de Roncesvalles, antes de iniciar este camino iniciático, con los acordes tan sólo aparentemente monótonos de los cantos gregorianos, y en ese extraordinario entorno que ofrecen los montes navarros?.
El caminar es una continua sorpresa, que toca el corazón: la monja que atiende una pequeña capilla a orillas del mismo camino y donde resuena un emocionante Ave María de Schubert; los versículos del profeta Isaías que acompañados de las bellas ilustraciones de un anónimo autor nos transmiten desde la fachada de un viejo establo un mensaje de aliento para el cansado peregrino; el cálido acogimiento de las monjas agustinas en la palentina Carrión de los Condes; las siempre conmovedoras misas del peregrino en tantos lugares de paso, como en Puente la Reina, donde un padre devoniano venido nada menos que de la lejana India oficia la Eucaristía para luego bendecir a los peregrinos; el pequeño concierto que ofrecen los amigos del Camino de Santiago en la iglesia de San Saturnino, patrón de Pamplona; o las sencillas cenas de confraternidad ofrecidas de forma totalmente altruistas por generosos hospitaleros, como la del albergue parroquial de Bercianas del Real, en la antigua Casa Rectoral, en donde se comparten alegrías y penas, por parte de gentes venidas de todo el mundo, desde los confines en la lejana Australia, hasta los pagos más cercanos.
Estas líneas quieren ser un canto elegíaco – parafraseando a “Santiago y su Ángel”, del gran Gonzalo Torrente Ballester- a un Camino que ya, obviamente, no existe, pero sin nostalgias, ya que pese a todo, la Peregrinación a Santiago de Compostela sigue teniendo sentido para tanta gente (algunos se quedaron en el camino, como se puede ver en los recordatorios que jalonan nuestro caminar). Y para los que tenemos fe, ese caminar a rendir culto a Santiago Apóstol, con nuestra mochila a la espalda de deseos o peticiones, no es sino un símil del caminar que es la Vida y cuya meta es la otra Vida que es la verdadera, ya que como nos recuerda el famoso himno militar, oración fúnebre a nuestros caídos “la muerte no es el final”.
La vista de Santiago de Compostela, desde el Monte de Gozo, y la culminación del peregrinar, con el rito de besar al santo, y la misa del peregrino con el espectacular botafumeiro, son el digno y gratificante epílogo de tantas fatigas que ahora encuentran su recompensa.
¡Ultreia!