A estos problemas hay que añadir otros también de una importancia relevante: el aumento de las luchas sociales, la dualidad campo-ciudad, el analfabetismo, la cuestión religiosa, el problema militar y la situación en Marruecos, la cristalización del nacionalismo y el ascenso del movimiento obrero, al mismo tiempo que la sociedad y la economía comenzaban muy lentamente el camino de la modernización.
El nuevo siglo heredaba problemas y conflictos tan importantes como la insuficiente nacionalización del Estado, los límites de la representación política, el peso de instituciones como el ejército y la Iglesia o la falta de canales legales para la incorporación de las demandas de las clases populares, el fracaso de la industrialización, la inexistencia de una revolución burguesa, la ausencia de la modernización agraria, el arcaísmo del sistema caciquil y la desmovilización popular.
España, que había perdido recientemente su imperio colonial, tenía en esos momentos una sociedad desarticulada, donde la mayor parte de la población era rural, situada en un claro abandono y que vive, en su mayor parte, en el seno de una economía subdesarrollada y de subsistencia, en la que predominaban las actividades agrarias junto a unas débiles y casi balbuceantes estructuras industriales aisladas entre sí en entornos urbanos, paralizadas por
la inactividad emprendedora del capitalismo, ingrediente necesario para su desarrollo. Todo cambiará a lo largo de 1902-1923, modernizándose en gran parte la economía y produciéndose cambios significativos en la estructura social.
Alfonso XIII va a reinar en un país con más de 13 millones de habitantes, con una esperanza de vida de 34 años, donde era patente el atraso demográfico, evidenciado por el ritmo lento del crecimiento urbano y el predominio de la vida en el campo, donde viven cerca del 70% de la población, y que presenta muchas veces unas condiciones de supervivencia por debajo del nivel de subsistencia.
El mundo rural permanece estático, atrapado en el pasado, en contraposición con las ciudades que crecen y se transforman paulatinamente, pero que tampoco en ellas la reindustrialización permite que haya trabajo para todos. Miles de hombres y mujeres se ven en la necesidad de emigrar al extranjero en busca de un nuevo modo de vida.
El movimiento sindical tiene poca fuerza a principios de siglo. Los anarquistas están más arraigados entre el proletariado catalán y el campesinado andaluz pero carecen de una organiza-ción estable. Los socialistas tienen sus principales centros de acción en Madrid, Vizcaya y Asturias.
Durante el período 1902-1923 observamos que la sociedad está muy diversificada en cuanto a su composición, prácticamente polarizada entre el campo y la ciudad, entre la riqueza y la pobreza, arraigada en las tradiciones y la incultura, con fuerte dependencia de las oligarquías y el caciquismo, y al servicio de las élites políticas que rigen los destinos del país, donde se desarrolla el auge demográfico y los movimientos de población.
La economía entre 1898 y 1923, evoluciona poco a poco desde una situación cerrada, tradicional, rural y agrícola, hasta una modernización donde aparecen los primeros momentos de la incipiente industrialización en España.
En el plano político, España cuenta en estos momentos con un sistema de partidos que tiene sus raíces en lo acordado en Pacto de El Pardo (1885). Junto a los partidos tradicionales, liberal y conservador, surgen otros nuevos de índole regionalista, especial-mente el catalán, que se proyecta a través de la Lliga y de Solidaridad Catalana (corriente regeneradora que encabezó Cambó) y, el movimiento obrero, que se fortaleció al margen de la política oficial y en contra del régimen existente.
Van desapareciendo poco a poco los viejos políticos de la nación (Cánovas, en 1897 y Sagasta en 1903, Eugenio Montero Ríos y Francisco Silvela, en 1905) cuya falta no va a cambiar la situación imperante con el acceso al poder de las nuevas generaciones.
La nueva monarquía de Alfonso XIII-que tenía una naturaleza liberal, aunque no democrática- iba a gobernar en una España que era en esos momentos uno de los países más atrasados de Europa en todos los órdenes de la vida y que necesitaba de una regeneración que la impulsara. Se trataba de llevar a cabo una recuperación económica y cultural del país que Joaquín Costa resumía como “despensa y escuela”. El embrión ideológico de este movimiento aparece de forma clara en los escritores de la llamada generación del 98.El regeneracionismo, pese a sus defectos y manipulaciones, fue un movimiento plural, complejo y muy contradictorio.