En muchos momentos de la historia de todas las culturas; caldeos, babilonios, griegos, egipcios, vikingos, medievales, renacentistas, paseantes actuales y astronautas, todos han apostado por la existencia de esos otros mundos.
Yo me limito a explicaros una vez más algo manido.
Nuestros cuerpos son el revestimiento de la esencia de nuestras personas, el creador del universo sopló sobre unas figuras de barro y estas cobraron la vida. El Espíritu Santo, la paloma, sopló para que un grupo de sencillos pescadores comenzaran a hablar en distintos idiomas a las preguntas de los escribas, ellos tan sabiondos. El hombre llamado Jesús sopló para que el hijo de la viuda Naín, muerto y bien cadáver sobre una camilla recuperase la vida; es lo que llamamos el hálito, cosa parecida que buscó realizar con Lázaro, persona bien conocida de hace dos mil veintiséis años.
Bien; hay que pasar un mal rato, a esto se le llama la muerte, prescindir el cuerpo, pero no extinción de la perdona, porque la persona, queridos lectores y lectoras sobrevive, no es solo el cuerpo, es el hálito; y el hálito el soplo invisible pero energético viaja y penetra en el mundo de lo invisible, el mundo habitado por los ángeles, por nuestros padres, los que ya no están; por nuestros hermanos, los que han marchado y penetrado en ese otro mundo.
El mundo de lo invisible es eterno, anterior al mundo de la materia, el de los astros, de los planetas, de las constelaciones, los animales, las plantas, los peces y nosotros, los humanos.
Una vez pasado ese “mal rato” continuamos el fascinante viaje existencial entre los ángeles, la trinidad divina y todas sus virtudes, la inmanencia, la omnipresencia, la sabiduría absoluta ante todo y de todo.
El siguiente paso es la recuperación de los cuerpos, de nuestros cuerpos solo que transfigurados; podremos atravesar los muros, aparecer y desaparecer, pero también comer de nuevo el pescado y la carne, las frutas y las verduras.
“Los hombres mueren y no son felices” se lamentaba mi colega Albert Camus; de acuerdo en que podemos no ser felices, pero no en que morimos para siempre; todo lo contrario, iniciamos un viaje fantástico hacia otra dimensión y no por ello dejamos de ser nosotros mismos.
Esto queridos lectores ese es el testamento que quiero dejaros. Tengo la certidumbre de que esto es así, por más que os cueste creerlo y aceptarlo; es un mensaje de paz y de luz en este mundo de guerras, de violencia, de masacres, de genocidios y de estupideces.
Estas son mis “últimas voluntades,” mi mensaje antes de desaparecer de vuestras miradas y de dejar de escribir.
Que aún no es hoy el día, no sé qué día será.