¡Qué triste son a veces las melodías de Johannes Brahms, son melodías que te alcanzan el corazón y llegan hasta las praderas y los lugares donde habitan los seres desaparecidos, desaparecidos pero no olvidados!
Han marchado mi mujer y mi hija y me han dejado en el “Chiringuito” a cargo de Patricia, que no es la de Pérez Prado, sino la hija del camarero jefe del bar. Tengo conmigo libros de Graham Green, de Gabriel García Márquez (Gabo) y de Pablo Neruda, pero todavía no me concentro en su lectura; me ocurre como a Carmen Resino, no tenemos la cabeza para estos trotes, es como si nos hubiera pasado un trolebús por encima.
En el “Siete Picos” me he encontrado con la agradable sorpresa de ver al pequeño Beltrán parafraseando en su cochecito de ruedas empujado por Juan, su abuelo, el padre De Pía, que es una madre tardía. Dios quiera que mi hija sea también una madre tardía para transformarme a mí en abuelo; sería para mí y para nosotros la mejor de las noticias, transformarnos a mí en abuelo y a Elena en abuela; pero hágase su voluntad, la del “Espíritu Santo”, que lo mejor para toda la familia.