Además el “Siete Picos” está sumido en el silencio más absoluto, un trono de oro tan difícil de alcanzar en los tiempos actuales.
He venido de nuevo aquí a recoger un almohadoncito que me había olvidado. Es para mí un placer inefable volver porque está siempre lleno de recuerdos.
Las margaritas blancas, las rojas y las petunias, relucen frente a mí en los tiestos alargados y bien colocados por Celia.
En esta misma terraza y en el comedor interior escribí la obra teatral “Una foto para la eternidad”, por la que me concedieron el premio teatral de la “Comunidad de Madrid”.
La muerte es dejar de contemplar sencillamente las cosas y las personas que vemos a diario, pero yo tengo la intuición que una vez atravesado ese velo continuaremos contemplando sin sonido esas mismas cosas que vemos a diario, solo que sin tan siquiera escuchar el piar de los pájaros.
Mi mujer y el “Espíritu Santo” me han salvado de morir desangrado, bien es verdad que se ha hecho “su voluntad y no la mía”.
¡Cómo me acuerdo cuando era más joven y se hospedaban entonces aquí los tres toreros que iban a lidiar los toros de “Mihura” en la plaza del pueblo, ahí un poco detrás y más abajo del hotel!.
Ahora voy más despacio y mi vista es ”microscópica”, como la de las hormigas.