A Cristo le vieron y le conocieron unos cuantos hombres, los elegidos, su apóstoles, unas santas mujeres, unos gobernantes generalmente feroces y sádicos, y poco más.
Para convencer a la juventud de que el mundo puede y debe cambiar, ha intentado visualizar con su poder de sugestión lo que es invisible.
Que quede muy claro que yo como creyente que soy, estoy convencido de que Jesús de Nazaret, persona, está integrado en esa hostia santa, en ese trocito de pan blanco, la eucaristía.
Pero de hecho a Jesús, a Cristo, hace miles de años que nadie le ha vuelto a ver, sencillamente porque “su reino no es de este mundo”, su reino al que estamos todos abocados es un reino espiritual, inmarcesible e invisible.
Y él mismo afirma que “dichosos los que creen sin haber visto”, pues sabe mejor que nadie que puede ser harto difícil.
Cristo obedece al padre y muere por todos nosotros, pero por supuesto que lo pudo hace de otra manera, pues es el rey de universo y anterior por supuesto al “Big- Bang”.
En la obra de teatro que estoy escribiendo, a mis 82, años aparece el escritor y premio nobel Albert Camus, y en el Juicio individual y personal que sigue al juicio final o universal, al último día, donde transcurre mi obra, dice al Ángel que augura un duro y largo juicio, porque si Dios acusa a los hombres de haber pecado, Albert Camus acusa a Dios de hacer a unos hombres “que mueren y no son felices”. Y ese es el trasfondo del pensamiento del escritor formado en Nietzsche, Schopenhauer y Sartre.
He querido lectores queridos advertiros que aún libro la dura batalla de la vida, de esta vida diferente a la de los ángeles, pues somos libres de elegir entre el bien y el mal, y ellos no, están troquelados como el mármol.