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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan”

Esa vida tan larga

  • Oyendo por Radio Nacional un programa sobre la vida de Jacinto Benavente me viene a la cabeza la mía propia.

lunes 27 de mayo de 2024, 23:30h

27MAY24 – MADRID.- Benavente de familia acomodada como la mía, recibió en Premio Nobel a los cincuenta y tantos años mientras dormía plácidamente en un vagón de tren aparcado en una vía muerta y así habilitado en la pampa argentina mientras hacía bolos por aquellas tierras con la compañía de Lola Membrives. Estaba en la cama fumando su puro y leyendo un libro mientras alocadamente los miembros de su compañía itinerante le llevó un montón de telegramas dándole la noticia.

Don Jacinto aún viviría hasta los ochenta y ocho años, así que pudo disfrutar sobradamente de lo lindo de ese gran premio - el mayor que los haya– conseguido.

El público estaba ya harto del teatro retorico de Echegaray, anterior premio nobel español de principios de siglo, y agradeció el naturalismo y la sencillez en los diálogos de don Jacinto, hasta Vicente Aleixandre , España no conseguiría otro galardonado con el nobel.

Yo obtuve el Premio Nacional de teatro a mis veintisiete años con su estreno preceptivo en el Teatro Nacional María Guerrero de Madrid, hoy sede del Centro Dramático Nacional. Oyendo en ese mismo programa de radio hablar de Alfredo Marqueríe, de Cesar Oliva, de Lorenzo López Sancho, y de Vicente Amadeo rememoré por unos instantes aquella noche tremenda en la que el público puesto en pie de todo el teatro aplaudió durante unos minutos el final de la representación de mi obra “LA TIENDA”, y después ver a Antonio Buero Vallejo braceando entre la multitud en uno de los paisillos laterales abarrotado de público, para llegando hasta mí felicitarme efusivamente con esas palabras de “¡Qué obra, Ubillos. Qué obra!”.

Cuento todo esto porque ahora retirado de las tablas hace ya muchos años me parece todo un sueño, pues esa vida tan larga juega esas malas pasadas.

A mis ochenta y un años, - un don de Dios – según dicen algunos, me parece una experiencia lejana y tan curiosa, desaparecida hace ya varias décadas toda la generación que pudo contemplar aquel llamado éxito sin parangón.

El palco del autor, en la planta primera, mi hermana Mercedes a sus dieciocho años, asomada, aplaudiendo, y mis padres aún muy jóvenes, y mi maestra Pepi, que fue todo para mí, y el tío Onofre Mendiola, mi padrino, catedrático de química orgánica que salió llorando de emoción de la sala después de ver la función. Y la fama tremenda al salir en los diarios de la prensa nacional a grandes titulares.

Ahora solo me importan mi mujer y mi hija, que son la única compañía cercana que me queda en este mundo, y el acierto de haberme casado a su debido tiempo.

Mi hija está ahora en el norte de Italia, cerca de los Alpes, y mi mujer en “Alambique”, en clase de cocina; y yo aquí recordado aquella época remota por lo lejano y tan diferente, la de la dictadura militar, donde por escribir en mi obra “LA TIENDA” “militar que no mata jardín sin flores”, estuvo a punto de prohibírmela la censura, censura que por otro lado formó parte de ella Camilo José Cela, aunque parezca imposible todo lo que les cuento.

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