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Recuerdos

Es tiempo de recordar: “Franco, aquel hombre….”

Por Concha Pelayo (*)
viernes 03 de diciembre de 2021, 20:26h

03DIC21 – ZAMORA.- Años cincuenta. Los de mi niñez. Las fotos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera, una a cada lado del crucifijo eran las primeras imágenes que durante años percibía en la escuela de mi pueblo.

Franco, Aquel hombre...
Franco, Aquel hombre...

Un año de aquellos, un día, se vivió muy especialmente. Franco había ido a visitar las obras del Salto de Ricobayo (Zamora). Fiesta grande. Recuerdo a mi padre muy emocionado y contento gritando: “Franco, Franco, Franco…” Todo el mundo gritaba jubiloso.

En mi familia se respetaba a Franco. Para mí, entonces, la izquierda y la derecha no eran más que mis manos.

Años sesenta. Mi primera juventud. Los Beatles. Mi primera época de estudiante fuera de Zamora. Madrid. Ilusiones. Chicos. Franco, entonces, completamente indiferente para mí. Desapercibido. Ah, sí, estaba en el Palacio de El Pardo en Madrid. Un día, recuerdo, unos aviones sobrevolaban el cielo de Madrid arrastrando unas grandes pancartas en las que se leía: “Veinticinco años de paz”. Yo vivía completamente en paz conmigo misma. Ni idea de lo que pudiera ocurrir que no tuviera que ver conmigo.

Año 1967/1968. Mi futuro e ilusiones se ven materializadas. Trabajo y casamiento. Destino Barbastro (Huesca). Descubrimiento de los Pirineos. Primeros viajes por España y Europa. En un viaje a Alemania vi en la famosa revista STERN, y ocupando dos páginas entreras, las fotos de Franco y de un tal Felipe González, del que se decía que sería el sucesor de Franco. Cuando regresé a Barbastro pregunté a un compañero de trabajo, muy sabiondo él y muy “enterado” e intelectual, (hablaba constantemente de Ramón Tamames como si fuera su primo hermano estaba suscrito a la revista “News Week”) si conocía a Felipe González y me dijo que “ni idea”. Claro que Barbastro estaba muy lejos de Sevilla y las carreteras todavía no eran tan buenas como ahora.

Años setenta. Mi vida transcurre apaciblemente. Apolítica del todo. Los Pirineos, la nieve, Cerler, el esquí, los viajes a Zamora, las cenas con amigos y discotecas, junto a la infatigable lectura, llenaban mi vida por completo. Todavía mis manos seguían siendo la izquierda y la derecha. Nada más. Franco seguía estando apartado de mi vida. Tal vez sus nietas ya figuraban en las revistas, en los medios de difusión y podían reclamar un poco mi atención.

Año setenta y cinco. Regreso definitivamente a Zamora coincidiendo con la muerte de Franco. La noche del 20-N, precisamente, nos hicieron el traslado del mobiliario a nuestra nueva casa, así que aquella noche ya vi, sentada en el suelo, las imágenes que emitía la televisión de los miles de españoles que querían rendir su último homenaje a Franco. Todos lloraban y yo también. La verdad es que todo era muy emocionante: la muerte de Franco, mi nueva casa, el regreso a mi tierra con los míos…Eran demasiadas sensaciones, cómo para no llorar. A ver….

Años sucesivos a la muerte de Franco: Democracia, Monarquía, mi hija, Adolfo Suárez. Los partidos políticos. Ahora ya: derecha e izquierda. Mis manos ya eran otra cosa. El Golpe de Estado y…Felipe González. Al fin.

Durante todo este tiempo, tras ver, oír, leer, vivir, escuchar testimonios apasionados y viscerales sobre la figura de Franco, mis sentimientos hacia él pasaron de la indiferencia al resentimiento; para volver a la indiferencia y al olvido.

Mientras, despertaba a nuevas ilusiones, a descubrir lo que significa libertad y justicia, para caer de nuevo en la más absoluta desilusión, rabia, impotencia y desazón, que es lo que me invade en estos momentos, como a la inmensa mayoría de los españoles que hemos visto pisoteados aquellos principios y valores que se nos encomendaron para inculcar a nuestros hijos y que, ahora, han desaparecido. Como creíamos también que, con la abolición de la dictadura, España se convertiría en un lugar de libertad y de justicia. Todo fue un fraude.

Después de oír los testimonios del nieto de Franco y de Corín Tellado, se confirman mis sospechas sobre su figura. El General Franco no fue un Dictador. Le dictaron, más bien, la historia de España y él fue un alumno aplicado y obediente. Pusilánime y vulnerable. Manejado, tanto por su familia como por sus estrechos colaboradores. Su catolicismo exacerbado y su sentido del deber, tal vez mal disimulado, le hicieron caminar bajo palio, como los grandes jerarcas de la iglesia. El brazo incorrupto de Santa Teresa y el Papa fueron sus indiscutibles guías espirituales. El ejército, muy verde, muy estrellado, muy engalanado, muy luminoso y ensoberbecido, fueron sus guardaespaldas, como una férrea muralla en torno al General, pero el General pasó a la historia y son muchos los que escriben de él. Amén.

Nota del autor:

Este artículo fue publicado en “El Correo de Zamora” un día del año 1995

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