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Opinión:

Humanismo de cine

  • Por Luis Méndez Viñolas

jueves 28 de octubre de 2021, 02:29h

27OCT21 – MADRID.- En la mayoría de las películas que vemos no hay trabajadores manuales. Casi todos son personajes casi importantes de clase media casi rayando la alta. Y todos muy atareados, por si alguien cree que no producen. Ante semejante panorama nos preguntamos quién hace allí las cosas manuales, esas que muchos creen no necesitan cerebro. La intención fílmica del “casi” seguramente es para desdibujar los contornos de clase y así extenderlos y generalizarlos. Todos vivimos así.

Mundo irreal que incluso logra sustituir la perspectiva individual de cada uno de nosotros: “yo vivo mal, los demás no; yo soy el fracasado, no la sociedad que me desaprovecha”. Es decir, que de un celuloidazo se ha borrado la cruda realidad y esta se ha transformado en una especie de sueño donde nadie sufre la dureza invisible del trabajo manual.

Si se piensa bien, un mundo cuyos principios se basan en el lucro, la competencia, la desregulación, la libertad mal entendida, no puede atender pequeñeces como la del esfuerzo físico y mental necesario para producir cosas día tras día. Un compañero que trabajaba en una multinacional japonesa radicada en España, nos comentaba cómo cada mes cronometraban su trabajo, exigiendo que el tiempo invertido disminuyera en segundos. Esos segundos de rebaja después tenían reflejo en la mayor productividad de la empresa y en la peor salud de la espalda del operario. Pero ya sabemos que un trabajador manual es un hombre duro, acostumbrado a eso y a más, que puede soportarlo hasta los setenta y cinco. Una película sobre esto no resultaría interesante. Mejor yupis o damas desvaídas del siglo XIX.

Hablamos de la Constitución en un tono grandilocuente que no afecta realmente a la vida cotidiana del ciudadano. ¿Va a hablar una constitución de que un trabajador no debe levantar, por ejemplo, un peso superior a los 30 kilos? Una Constitución que por cierto, tiene dos tipos de normas, unas de aplicación inmediata y otras que son un mandato (más bien remoto) al legislador. Estas segundas son las normas menores, las que atañen a cosas sin importancia como son la regulación real del mundo del taller, de la fábrica, de la planta comercial. Otro compañero nos comentaba que todos los días tenía que montar y desmontar un mostrador dentro del centro donde trabajaba (de ámbito internacional). Según la empresa, esas casi dos horas extraordinarias que invertía en el montaje no formaban parte del resto de su trabajo asalariado. Él se preguntaba de quién eran, entonces. ¿Recibiría un día acciones de la empresa en agradecimiento a su acatamiento o la desvinculación libraba a la empresa de cualquier reconocimiento?

Una sociedad que piensa así no es humanista ni humanitaria, por mucho que lo proclame. Los derechos humanos se complementan con los derechos sociales, en un nivel de absoluta igualdad. Y repetimos, el lucro, la desregulación, la competencia, la libertad ciega como haz de otras libertades ventajistas, son condiciones que sin riendas se desbocan en perjuicio de quien lleva la carga física, no la metafísica de conferenciantes exquisitos a quienes les hacen todo.

No digamos cuando alguna de esas condiciones se aplica a ámbitos especialmente humanitarios. ¿Es imaginable una sanidad que persigue los beneficios de la empresa y no la curación del paciente? ¿Puede una sociedad humanitaria y humanista negarle la atención médica a alguien porque carece de fondos, o coserle sólo tres dedos, de los cuatro cortados, porque no tiene para más? ¿Puede haber dos tipos de educación, una intencionadamente eficaz y cara para ricos y otra intencionadamente ineficaz (y mentirosamente gratuita) para pobres? ¿Es este tipo de sociedad el que nos promocionan como ejemplar esas películas jubilosas donde nadie tiene carencias ni hace esfuerzos físicos, salvo los del pádel?

¿Competencia? En el siglo XIX y principios del XX, en ciertas zonas de España, después de esperar en la plaza a que apareciera el “amo” y seleccionara a los más vistosos, los segadores se ponían en hilera y se despedía a los que iban quedando atrás en la labor. ¿En este tipo de filosofías, reformadas, maquilladas, trucadas, se pretende desarrollar el mundo? ¿Alarmismo injustificado? ¿Es que no vemos palpablemente hacia dónde derivamos? ¿Nos hemos olvidado de aquel ministro japonés, liberal, (de setenta y dos años) que sostenía que a los setenta ya podemos morirnos (salvo él)? ¿Ignoramos que en Libia se ha reintroducido la esclavitud sin que el mundo exquisito se rasgue las vestiduras, tal y como sólo fuera asunto de los libios? ¿No los habían liberado de la tiranía?

Las prospecciones de elecciones futuras casi siempre resultan sorprendentes. Parece que la mayoría, que es asalariada, prefiere a esas fuerzas que proclaman sonoros derechos humanos prácticamente incumplidos, olvidando los modestos derechos sociales que son los que nos pueden proteger en el agotador día a día. ¿Será que aquí nadie sufre lo que es una vida precaria, sin horizontes estimulantes; una vida en la que estudiar más no se premia, en la que pomposamente te ponen la medalla de emprendedor porque te has comprado una bicicleta para repartir paquetes de aquí allá para una multinacional? ¿Será que de vedad son más “listos” que nosotros?

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