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Opinión: “Es Mi Sentir...”

¿El último lector?
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¿El último lector?

  • Por Geral Aci

jueves 03 de junio de 2021, 13:27h

03JUN21 – MADRID.- Esa mañana estaba contento, había terminado una gestión que duraba ya diez meses, en una oficina del ayuntamiento que dice: “Atención rápida al ciudadano”. Subí al metro, poca gente, era media mañana. Lo que me tocó vivir en el vagón, creo que no lo olvidaré durante mucho tiempo. Por eso digo “estaba” contento. En dos minutos el tren entró en el andén, subí solo, nadie más.

Me sentí importante, el tren se detenía por mi. Permanecí de pie, no me siento, no tengo estómago dilatado, sí algo ancho de espalda. Creo que al diseñar los asientos no pensaron en personas gordas, lo digo porque una vez mientras leía cómodamente, a mi lado se sentó un señor bastante gordo y el resultado fue que viajamos sin movernos, no teníamos espacio libre, solo respirábamos.

La primera impresión desagradable la viví de entrada, sobre el suelo había un perro durmiendo, grande, gordo, a su lado sentada una mujer que sostenía la cuerda con que lo sujetaba, éste ocupaba mucho espacio, pero éramos pocos pasajeros no era un problema, además parece que nadie lo había visto, en la siguiente estación subieron tres señoras y al verlo comentaron: - pobre perrito debe estar cansado, pobrecito ¡qué monada! Y otras frases solidarias. Yo pensé, si en vez de un perro hubiera sido un obrero que cansado de trabajar obligado toda la noche lo hubiera vencido el sueño ¿los comentarios serían los mismos? creo que no, hubieran aplicado la palanca del freno, para avisar al conductor que un “borracho” dormía en el suelo. Y si los rasgos del dormilón hubieran sido extranjeros entonces la cosa sería aun más dramatizada. -No solo quitan los puestos de trabajo sino que nos dificultan viajar en metro.

En un comienzo se dijo que las “mascotas” tenían un horario y debían usar bozal, nadie lo respeta. Recordé a un amigo que vive fuera de Madrid, tiene un burro que le acompaña desde hace años, es su mascota ¿puede subirlo al metro? Y otro amigo tiene una serpiente es su mascota ¿puede subirla al metro?

Olvidé al perro y mi curiosidad me llevó por otro camino, contar los pasajeros que viajábamos en el vagón, 32 incluyéndome yo. Algo me llamó la atención, ninguno tenía la cabeza levantada, todos inclinados como si estuvieran rezando, pero me dije, eso no es posible, ya nadie se interesa por las oraciones o solicitar a través de un padrenuestro un alquiler justo o pan para los hijos.

Miré con atención, descubrí la gran razón todos, si todos, miraban fijamente la pantalla de un teléfono móvil como viendo algo que no imaginaban, pensé que quizás soñaban ver una oferta de un trabajo con contrato decente y un salario digno. Traté de buscar detalles en cada uno: un señor sostenía el aparato con la mano derecha y con la izquierda sujetaba la barbilla desfigurándose los labios, no se movió durante el viaje por lo que pensé que no sentía molestia.

Una chica furiosamente golpeaba con un dedo el teclado, parecía escribir la página de un libro y estaba llena de inspiración por lo que no daba descanso al dedo. Otra dama movía levemente la cabeza y hacía muecas de reproche, como rechazando lo que leía, pero no participaba ya que no tecleaba ni cambiaba los gestos. Un joven sonreía y contestaba lo que aparentemente era un mensaje, quizás de parte de una persona amada ya que miraba el aparato con mucho cariño. Una joven tenía junto a ella un coche con un niño, creo que dormía, durante el viaje no se le escuchó llorar, la madre de la cría también tenía la cabeza gacha, no vi sus reacciones, el pelo le cubría el rostro y me llamó la atención que junto a una de las ruedas había un pequeño peluche, que el niño al dormirse lo dejó caer y ahí quedaría, ya que la mujer bajaría con prisa y ningún pasajero había visto el peluche. La dueña del perro solo parecía leer su móvil.

Y así me fijé casi en la totalidad de los viajeros. Todos demostraban estar inmersos en el pequeño artilugio. Y eso me dio la razón, habíamos pasado tres estaciones cuando subió un hombre con una guitarra y de entrada trató de hacerse el simpático o el amable, levantó algo la voz dijo: -Señores pasajeros buenos días, soy fulano y vengo de tal país a entregarles una bonita canción, sé que será de su agrado. Les deseo un buen viaje y les pido su colaboración. Y a modo de broma añadió, si alguien no tiene monedas yo tengo cambio de 5 y 10 euros. Agregando una sonrisa. Para finalizar su discurso de convencimiento antes de cantar, mientras “ajustaba“ las cuerdas, y según mi opinión personal, “ensució” las palabras anteriores cuando dijo: les envío mis bendiciones, que la virgen y dios los acompañe. Y digo esto porque creo que no hacía falta “cristianizar” a todo el vagón por una moneda. Nos entregó su canción y digo con todo el respeto que me merece una persona que trata de obtener dinero honradamente. Creo que nunca antes había cantado, su voz no era para pensar en otorgarle un premio en un festival internacional ni siquiera vecinal, y como el autor era un cantante muy conocido, diferencia se notaba de inmediato. Pero nos hizo escucharle. Ahora les cuento la parte triste, creo que ninguno de los pasajeros se dio cuenta que había subido un joven a cantar, nadie escuchó sus palabras ni levantó la cabeza, por lo tanto nadie le dio una moneda ni sacó un billete de 5 euros esperando el cambio. El cantante guardó lentamente la guitarra en una funda y nos miró de reojo a los 32 pasajeros, creo que pensaba algunas palabrotas. No sé si volverá a cantar en un vagón del metro. Y en ese momento sucedió algo inesperado, una chica si levantó la cabeza y rápidamente sujetando un bolso, el teléfono y una prenda de ropa, abandonó el vagón corriendo el riesgo de quedar atrapada entre las puertas, no se había preocupado de saber en qué estación nos encontrábamos.

En la siguiente parada subió una señora muy mayor, con un carro de esos que llaman de la compra. Se puso a mi lado sujetando el carro con una mano y sujetándose a un hierro con la otra. Nadie se levantó para cederle el asiento, porque nadie la vio. Yo miraba los mensajes junto a la puerta que dicen: ceder el asiento a los mayores, a las embarazadas, a los que usan bastón y a quienes sostengan un crio en los brazos. La mujer parecía bailar, los movimientos del vagón también la movían y yo pensé, sería mejor que cayera al suelo, así seguro que alguien le cede el asiento. Pero la mujer tuvo que esperar hasta la siguiente estación cuando otro “adicto” al móvil se bajó en forma apresurada y ella logró por fin sentarse. Pero siguieron las anécdotas: subió una mujer ofreciendo caramelos, no tenían precio, era “la voluntad”. Mientras caminaba por el vagón contaba su tragedia, madre de tres hijos menores, uno con discapacidad y los otros dos no acudían al colegio por falta de zapatos. Su compañero en la cárcel por algo que no había hecho y ella trataba de sobrevivir con el asunto de los caramelos. También envió muchas bendiciones. Pero para los caramelos nadie tuvo voluntad. Estos eran redondos, de colores y un palito para sujetarlo mientras se chupa o se le pasa la lengua. Yo no imaginé a ningún pasajero chupando un caramelo, tecleando el móvil, haciendo muecas y manteniendo la cabeza gacha. Sucedió lo mismo que con el perro, el cantante, la señora mayor y ahora con ella, nadie se dio cuenta de su presencia, se paró ante la puerta de salida mirando a los pasajeros y mascullando algo así como: ¡imbéciles! Ojalá se queden sin batería, que es la más terrible maldición que se le pueda desear a un adicto.

Poco antes de llegar a mi destino, fui testigo del último hecho relacionado con un teléfono móvil. El metro se detuvo unos segundos, nadie bajó y nadie subió, pero al cerrar las puertas y reiniciar el viaje, se escuchó la voz fuerte de una chica: ¡coño! ¡María! ¡joder! Nos hemos pasado. ¡joder tía tu no te has preocupado! La otra chica, la María, solo le miraba con los ojos muy abiertos, ninguna se había preocupado y ahora hablaban de cambiar de línea, de cruzar la vía, tomar uno de regreso y según sus palabras, estaban atrasadas con respecto a la hora en que habían quedado. Siguió mi curiosidad, nadie las miró ni tuvo algún pensamiento piadoso para ellas. Repetían algunas palabrotas pero continuaban con la mirada fija en el pequeño aparato.

Llegué a mi estación de destino, es una de las más grandes, concurridas y con varias líneas para hacer algún trasbordo. Desde la ventanilla observé y me pareció la imagen de una película relacionada con el futuro, todos caminaban de un lugar a otro con la cabeza baja, no sé si alguna vez había ocurrido algún “accidente” pero se movían con cierta prisa. Me puse delante para salir, bajó mucha gente. Y tuve la ocasión de escuchar el siguiente diálogo que mantuvieron una pareja de chicos jóvenes:

Ella le dijo: creo que no dispone de dinero para comprar uno. ¡que terrible!

Él respondió: es mayor, no sabría cómo funcionan.

Ella comentó: pobre hombre. Lo siento.

Se referían a mi. Porque hice todo el trayecto, leyendo un libro.

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