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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Cuando Dios te habla. La oración

  • La depresión endógena es una enfermedad terrible pero silenciosa como la hipertensión.
  • Para mi mujer

Por Germán Ubillos Orsolich
miércoles 30 de diciembre de 2020, 01:59h

29DIC20 – MADRID.- El sufrimiento de la depresión solo lo conocen el que la padece y la sufre y un buen siquiatra ortodoxo. Con el mundo sobrenatural ocurre algo parecido, es un mundo existente, imbricado con el mundo visible y material, pero que sin embargo es invisible, lo que me gusta llamar “EL MUNDO DE LO INVISIBLE”.

Hoy para no perder el tiempo les hablo de los milagros. Los milagros solo los conocen la fuerza sobrenatural que los origina y el paciente o persona que los sufre. Por supuesto que Dios no habla todos los días, cuando habla o actúa Dios hay un regocijo infinito en el Mundo de lo Invisible, su mundo. Pero mira por donde, habla cuando quiere y no cuando le convocan los obispos.

Me da una pena el pobre Cardenal de Madrid cuando le veo por la tele decir la misa, me da pena porque le aprecio sin conocerle, creo que debería venir a casa a hacerme una visita, también me gustaría hablar con el Papa, este Papa tan sencillo y tan argentino él, y eso que yo era de los de Ratzinger, intelectualoide y tal, y “famosillo” como dice mi amigo Sandalio, el que más sabe de monjas.

Pues bien, ni veré al Papa ni me visitará el Cardenal y sin embargo Dios me ha hablado, que es lo que está esperando sobre todo el pobre Osoro al terminar las eucaristías.

¿Y quién soy yo para que el Señor me llame, me hable y me cure, para que haga un prodigio, un milagro ante muchas personas, para que los que creen crean más, y

los que no creen sigan sin creer y sonrían escépticos enseñando los dientes.

¿Por qué Santa Lucía se me apareció en cuerpo mortal?,¿ por qué me tragué los doce jeringazos que inflaban mis mofletes y llenaban mi boca, por qué lo hice sin rechistar ante tantos testigos?, ¿ por qué las enfermeras que me llevaban quedaron pensativas, asustadas, y los hombres tan recios tan sabios quedaron ahí tan tiesos sin arrodillarse, por qué si el Señor acababa de pasar junto a ellos?.¿Por qué las oraciones, los triduos, las novenas suelen valer de tan poco?, ¿por qué quitando el Padrenuestro hay tantas oraciones vanas que se embuten al pueblo como mantras para tenerle entretenido mientras se entierra al muerto, mientras se casa a la novia?;¿es que los sacerdotes saben rezar, no digo que no recen, digo que si saben hacerlo?.

Bueno, de letrado de bajos conocimientos, de escritor obsesivo y reiterativo con eso de la muerte, del amor y del paso del tiempo; como pecador empedernido que me encantan las mujeres, como enfermizo crónico que no acaba de morirse, podría terminar siendo un santo si me escucharan tanto el Cardenal como el Papa, pero Dios ha hecho un prodigio porque le dio la gana, como hizo el universo y los universos varios de que nos hablaba Hawking antes de partir.

Y aquella noche le dije, escuálido como una gamba vieja, perdidos doce kilos, con mi pobre mujer tan flaca como yo, tirada día y noche en una tosca butaca: “¿Pero es que me vas a tener así sin probar el agua ni la sal y el vino hasta el fin de mi vida; tú que comías y cenabas con tus apóstoles, los toscos pescadores casi analfabetos, quitando San Pablo, el postrero, el aristócrata tirado del caballo?. ¿Es que me vas a tener así hasta el final, mientras que tú comías y bebías y cenabas y reías y yo así con los sueros, con las sondas, un despojo humano de escritor olvidado?”.

En aquel silencio semioscuro - medicamentoso estaba Él, y me estaba escuchando, y yo no lo sabía y no me ponía de rodillas ni besaba sus pies, sencillamente estaba en una camita con barrotes para que no me escapara, y mi pobre mujer tirada en la butaca.

La verdad es que estaba hecho a la idea y por eso desde aquella camita con barandillas de barras, la cárcel de la enfermedad y de la muerte, le dije lo que pensaba: “Pero no te preocupes de más porque estoy hecho a la idea”. Y eso fue precisamente lo que tocó el corazón de Dios, era lo mismo que Él dijo a su Padre aquella nefasta noche del monte de los olivos hace más de dos mil años.

En realidad, queridos sacerdotes, queridos doctores, queridas enfermeras, ególatras políticos inútiles, la Pandemia no se va porque no sabéis rezar y os conmino: o aprendéis a rezar o el Coronavirus acabará con todos.

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A la mañana siguiente, ante todos los testigos que miraban con sus batas tan blancas, pasó el Señor, me miró simplemente mientras tragaba las jeringas cargadas una a una como Él se tragó los clavos de la Cruz y las espinas de la Corona.

Cuando terminó el Calvario, estaba ya curado. El Jefe de Otorrino corrió hacia mí los brazos extendidos en alto, los ojos encarnados por la emoción: ¡Estás curado, gritó, come cuánto quieras, lo que quieras, donde quieras!.

Pero lo más terrible es que nadie le vio, pues el Señor ya me había mirado, y había pasado silencioso como siempre lo hace, y el mundo seguía dando vueltas y el Cardenal sin saber qué decir, y el Papa desde Roma pensando que se yo en qué, y los que nos mandan, los políticos, tan sabios y tan listos, aislándonos por barrios, por casas, por naciones, mientras el Coronavirus sigue matando con sus dientes satánicos y yo totalmente curado sigo siendo el mismo; pero cada trago de agua que me ofrece mi mujer, cada trozo de pan que mastico recuerdo aquella noche que sin rezar hablaba, tonto de mí, con Él desde la camita, y no sabía que era el propio Cristo, el de la Cruz, que perdía su tiempo escuchándome con toda su atención.

La verdad, lectoras, lectores queridos, he pasado la vida sin darme cuenta de nada, sin concienciar del todo que el Señor y el Ángel de la Guarda iban siempre a mi lado custodiando mis pasos.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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