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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

La estación fantasma

Para R., la mamá de “mi fuente”

miércoles 12 de agosto de 2020, 12:29h

11AGO20 – MADRID.- Aquella tarde salió del hemiciclo algo mareada, la sarta de insultos, de improperios y descalificaciones de los parlamentarios se agolpaban en su cabeza como el ruido de tambores africanos. Se echó la corta melena castaña, más flequillo que otra cosa, y sus profundos y risueños ojos glaucos esbozaron ese rictus, esa risueña y vistosa luz que la caracterizaban. Pensó por un momento haber equivocado su profesión, estenotipista, linotipista, litógrafa, periodista de aquel enjambre de gallitos de pelea llenos de juvenil vigor insustancial.

No vivía mal, estaba bien pagada, remunerada y reconocida socialmente.

Sabía mucho derecho administrativo, pero hubiese preferido ser una modesta arqueóloga en el Valle de los Reyes o en el de las Reinas, el famoso templo de la reina Hat Shep Shut tan moderno, tan diáfano, tan funcional.

Iba a coger un taxi pero en lugar de hacerlo rememorando el descenso escalonado a las tumbas reales de Amenofis IV Akenatón o de Ramsés II optó por pasear por Recoletos hasta llegar a la plaza de Neptuno.

Y fue entonces, solo entonces, cundo empezó la pesadilla, alguna vez había experimentado aquella tan curiosa impresión pero nunca fue de una forma tan atípica y real.

El convoy en el que viajaba se lanzó a toda velocidad, era moderno, muy limpio y climatizado, iba medio vacío y a pesar de no ser verano allí no se sentía calor alguno, lo que le producía un cierto sopor, una duermevela. Arrancó con suavidad y penetró en el oscuro túnel.

Observó al principio que las estaciones iban pasando a toda velocidad.

En unas había organillos con músicos vestidos con ropas del renacimiento, otros con pieles prehistóricas y otros con relamidos y envejecidos esmóquines o elegantes fracs, bailaban al son de marchas militares y músicas desacompasadas, eran como aquelarres desafinados, algunos parecían mal pintados y maquillados incluso con los labios esculpidos en la frente. Llevaba así descansando en reposo cuando apareció de nuevo en la “estación fantasma”, pero esta vez las puertas del convoy se abrieron con un suave chasquido, resbalando sobre sus railes.

El aire del desierto entró en el vagón y ella pudo ver extasiada a Lord Carnavón y Hodward Carter escavando meticulosa y concienzudamente la entrada a la tumba del rey Tutankamon. Evitando hacer el menor ruido, saliendo del vagón y pisando la arena comprendió la impagable esencia de cuanto contemplaba.

Carter daba órdenes a unos beduinos que limpiaban con pinceles las virutas, partículas y arenisca reseca por el sol implacable que impedía la entrada; ella con un gracioso gesto de cabeza se retiró el flequillo y entornando un poco los párpados contempló al legendario egiptólogo británico y un poco apartado, en un segundo plano, ¡oh sorpresa! al un poco desgastado actor Harrison Ford.

Las manos le temblaban, le sudaba el bigote, no sabía si sacar del bolso el pañuelito cuando alguien gritó a sus espaldas.

-¡Eh, señora, no puede estar aquí, necesita licencia, además este momento es crítico, histórico!

-Lo sé – respondió la periodista -, lo he leído en los libros, lo he visto en los grabados…las fotos.

-Señora, aún no se ha hecho foto alguna y usted no tiene permiso.

En aquel preciso instante Ruth cogió un montón de arena parda que deslizándose en su mano dejó al descubierto una grieta, tan solo una línea pero con la efigie del joven e inconfundible faraón muerto a la edad de 18 años de un golpe en la cabeza.

Sin saber bien lo que hacían a los pocos momentos, forzando la hendidura, Carter, el alto y aristocrático Carnavón y Ruth irrumpieron en la sala hipóstila y mortuoria; dos escribanos comenzaron a dibujar con celeridad como temiendo que todo aquello desapareciera de pronto.

Cestos con trigo para consumir, “escarabeos” (escarabajos) de ónice, joyas, objetos de oro, flores, dibujos descendían hacia las umbrías profundidades de la sala funeraria.

Fue el propio Hodward quien retiró la losa que cubría la máscara en oro brillante como recién labrado y abandonada que cubría el rostro del más joven príncipe de los egipcios semejante al sol, a Amón – Ra. El Rey-Dios-Faraón del pueblo más culto, sabio y laborioso de la antigüedad.

Ese rostro en oro para la vida eterna tintineó a la luz de las antorchas y un par de flores aparentemente recién depositadas se deshicieron en polvo desintegradas al más leve suspiro.

Carter se dio cuenta del peligro, de la dificultad y la grandeza de hacer llegar al pueblo británico y al mundo entero la magnitud y belleza del colosal descubrimiento. Ordenó en el acto no hacer fotografías, colocar en cada esquina espejos cóncavos y convexos que aprovechando la luz solar iluminaran las salas, apagando así las antorchas.

Los muebles tan gráciles y graciosos estilo imperio, pero de hace más de cuatro mil años adquirieron un aire fantasmal y pareció escucharse en un rumor siniestro la voz del faraón que con eco lejano, decía: “Todos cuantos habéis profanado mi tumba moriréis en poco tiempo, me acompañareis al Hades deslenguados estúpidos, ¿no sabéis que la muerte no es para ser tocada ni contemplada?, ¿quién penetrando en mis estancias del viaje astral y sideral ha vuelto a ver a luz del sol de la misma manera?”.

Todos se estremecieron pero Carter comenzó a reír histéricamente sin poder contenerse, la emoción tremenda unida a los días sin poder dormir le impedía comportarse con su proverbial mesura. Ruth, Carnavón y los beduinos, le contemplaban conteniendo el aliento, pero eso no pudo impedir que vieran con espanto como el cabello del Jefe de Egiptólgos se iba tornando primero gris y después blanco como la nieve en escasos minutos.

El tesoro acumulado en aquella sepultura real era de una riqueza, valor y variedad incalculables y la sala del sarcófago no había sido descubierta, ni saqueada jamás.

Tanto en El Cairo, como en Londres, París o Nueva York su exposición fue celebrada y visitada por miles de personas.

EPILOGO: Cuando Ruth salió algo atontada y conmovida de la tumba, dio su mano enguantada a Carnavón y a Carter; Harrison Ford con gesto sonriente y moviendo su sombrero besó largamente su mano.

Ruth no sabía ni donde estaba, su corazón comenzaba a acelerarse, el calor del desierto era ciertamente violento así que al entrar de nuevo en el vagón climatizado del metro sintió un agradable alivio.

Al llegar a su casa en Madrid y salir alborozadas sus tres hijas a recibirla solo pudo decir torpemente que su retraso se debía a unas obas del metro, pero Victoria, la más pequeña observó arena del desierto en el pliegue de su falta y en uno de sus zapatos, miró a su madre y la turbiedad de la mirada de ella fue delatora. La joven de enorme inteligencia intuyó algo más, algo que jamás debería contar ni mucho menos escribir.

Solo Harrison Ford, látigo en mano, con su sombrero de ala ancha sempiterno siempre puesto, contemplaba la escena desde el fondo de la Sala, sin pronunciar palabra.

Ruth pensó, solo pensó, ¿pero qué hará ahí ese hombre?; tampoco se atrevió a decir nada, reconocía estar sobrepasada.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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