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Zamora, capital mundial del Románico
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Zamora, capital mundial del Románico

Por José Martos - Periodista, miembro de FEPET – Fotos: Juana Mª Rodríguez, miembro de FEPET

viernes 25 de noviembre de 2016, 01:16h

25NOV16.- Llegar a Zamora, tantos años marginada de las grandes vías de comunicación pero que nuevas autopistas y el AVE han solucionado en parte, supone una auténtica sorpresa, porque esta ciudad castellano-leonesa reúne en su casco urbano el mejor conjunto de arte románico del mundo, magníficos edificios modernistas y un saber gozar de los placeres mundanos.

Zamora, capital mundial del Románico

Nada más pisar tierra zamorana, el viajero sentirá que se encuentra en un lugar especial, diferente a muchos otros que haya conocido con anterioridad. Aquí, el arte y la vida se respiran. Un paseo por Santa Clara, la principal calle peatonal, le confirmará en lo dicho. Románico en Santiago del Burgo, el renacentista palacio de los Momos, bellos edificios de principios del pasado siglo y vida, mucha vida, en sus ciudadanos. Por eso, el tiempo deberá dejar de ser una medida para convertirse en el simple avance de las manecillas de un reloj. Pero nada que nos condicione. El dicho de que Zamora no se ganó en una hora (en referencia a su intento de conquista por el rey Sancho de Castilla a su hermana doña Urraca) bien lo podemos aplicar a que no se puede conocer, y menos disfrutar, de manera rápida. Hay que caminar despacio para gozar no sólo de sus monumentos, sino también de sus calles, de sus edificios y de su ambiente. De vez en cuando detenerse a contemplar con mayor detenimiento lo que nos llame la atención, bien una iglesia, un mirador o una manta zamorana expuesta en algún comercio. Y si está por la Plaza Mayor o al principio de Santa Clara o San Torcuato, y el estómago le reclama atención puede entrar en cualquiera de sus bares a tomarse unas tapas. Que, repito, esta es ciudad de placeres mundanos.

De entre todas las iglesias románicas (hay diecinueve dentro del casco urbano y tres en las afueras) permitan que les recomiende cuatro. La primera, sin ninguna duda, la que es reconocida como una auténtica joya por la elegancia de sus líneas y la pureza de sus formas, La Magdalena, de una perfección increíble. La verán camino de la Catedral a la derecha. Antes de llegar a ella (recuerden que venimos por Santa Clara) cerca del Parador y junto a la Biblioteca Pública, San Cipriano, otra pequeña joya. Tras pasar por la plaza de la Catedral y cruzar las murallas por la puerta Óptima o del Obispo, San Claudio de Olivares, donde la tradición sitúa el lugar en el que el Cid veló sus armas antes de ser armado caballero, hecho ocurrido en Santiago de los Caballeros o Santiago el Viejo, fuera del casco urbano pero a sólo 400 metros de San Claudio. Por último, la de Santa María La Nueva.

¿Por qué ese nombre? La primitiva iglesia estaba bajo la advocación de San Román, pero fue destruida por el fuego en el llamado Motín de la Trucha, en enero de 1158, cuando el pueblo, indignado por la prepotencia de los nobles que incluso desobedecían las normas dadas por el rey leonés Fernando I para evitar sus abusos, quemaron vivos a los nobles reunidos en consejo. El nuevo rey, Fernando II les perdonó ese acto, imponiéndoles la obligación de edificar sobre sus ruinas una nueva iglesia. Lo que hacen en el 1200, y en la que actualmente destacan su pila bautismal, con relieves del bautismo de Cristo y una pequeña grieta por la que se dice escaparon del incendio las Sagradas Formas para refugiarse en la entonces cercana capilla de Las Dueñas.

Dejemos el románico y veamos algo más. Como estamos próximos a la plaza de Viriato, miremos la estatua dedicada a ese “pastor lusitano” que nos enseñaron en la escuela, pero que muy probablemente fuese zamorano, ya que entonces Zamora pertenecía a la provincia romana de La Lusitania.

Cuando íbamos a San Claudio de Olivares tuvimos que cruzar la puerta del Obispo. Pues justo antes de la puerta veremos la Casa del Cid, o de Arias Gonzalo, de la que se afirma fue su residencia durante algún tiempo en su juventud, y que actualmente es propiedad particular.

También en el barrio de Olivares, las aceñas. Molinos harineros, recientemente reconstruidos, pero que da la impresión que han sido abandonados, pues el día que los visitamos no había nadie ni para informar ni para vigilar, y ya se aprecian algunos destrozos. Aún así, nos parece una visita interesante. Sobre todo por estar vecinos a la iglesia de San Claudio.

Este abandono contrasta con el interés de potenciar el turismo cultural, pues ahora las iglesias están abiertas todos los días (excepto lunes) mañana y tarde. Además todas cuentan con servicio de audioguía, lo que facilita su mejor conocimiento y disfrute.

Si quieren una curiosidad visiten, justo enfrente de La Magdalena, la iglesia de la Virgen del Tránsito. Arquitectónicamente no tiene mayor valor, pero podrán contemplar una de las escasísimas imágenes de la Virgen muerta. Personalmente sólo conocemos dos. Esta del Tránsito, o sea del paso de la vida terrena a la eterna, y otra en Jerusalén llamada la Dormición.

Para comer elijan los sabrosos y recios platos de la tierra: el arroz a la zamorana con varios productos del cerdo, o el bacalao a la tranca, cuyo sólo nombre ya anuncia algo contundente, acompañados de cualquiera de sus vinos. Porque la provincia zamorana tiene dos partes claramente diferenciadas por el río Duero. Al norte las tierras del pan, al sur las del vino. Y llegado el momento de dormir podrán elegir entre un hotel moderno, un antiguo palacio o la casa de la Inquisición.

Y siempre el Duero, cruzado por diversos puentes entre los que destaca el románico de arcos ojivales. “Linda zamorana, la perla del Duero” dice una canción. Los romanos la llamaron Ocellum Durii, ojo del Duero, porque este río es su espejo y su límite, su diversión y a veces su pesadilla, pero siempre majestuoso discurriendo junto al cimborrio bizantino de la catedral.

Quiero que las últimas palabras de este reportaje las ponga Fernando I el Magno, rey de León, aquel que quiso cortar los abusos de la nobleza sobre el pueblo llano. Dice el romance: “Zamora había por nombre / Zamora la bien cercada / de una parte la cerca el Duero, de otro Peña Tejada / de otro la morería. Una ciudad muy preciada”.

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