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Memorias: Así fue y así lo voy a contar

Yo, El Azafato (X)

Por Quino Moreno

viernes 12 de diciembre de 2014, 02:30h
Yo, El Azafato (X)
Yo, El Azafato (X)

Mi llegada a Cádiz

Mi llegada a Cádiz para mi recuperación de la operación del tabique nasal, fue una alegría para mi madre, Magdalena, pues otra vez tenía la oportunidad de cuidarme y sobre todo, de aconsejarme y, la verdad, es que yo era muy receptivo a todos sus consejos y recomendaciones quizás por el motivo de que me tuvo, ya con cuarenta años y porque era el menor de cinco hermanos y la que me antecedía, tenía ya dieciocho años. Hoy mismo, es la única hermana que me queda ya que los otros, desgraciadamente, han muerto todos. Así que yo fui el pequeño de la familia, el niño de la casa y porque no decirlo ahora, el más querido.

El cambio de vida se me antojó otra vez, brutal. La misma rutina, amigos, paseos con mi novia, disfrutar de mis sobrinos -que eran muchos- y, en una palabra, una vida cuasi monacal. Acostumbrado como estaba, a la que llevaba en Barcelona, en ese tiempo fue cuando comencé a preparar el camino hacia mi boda. Recuerdo que dejamos la lista de invitados confeccionada y nos pasábamos horas -aprovechando el tiempo al máximo-, preparando todo lo necesario ya que mi regreso a Barcelona era inminente. Creo que hasta dejamos la fecha de la boda acordada con el padre Ramón que fue profesor de Religión de ambos, en el Instituto Columela de Cádiz y además, amigo de mi familia. Os podréis imaginar que, como dijo el Generalísimo, todo se quedó atado y bien atado ayudado como no, por la familia.

Llegó el día de mi reincorporación al destacamento de Barcelona y en los primeros días, lo más importante que hice, fue comprarme un coche, un Seat 124 con un descuento en la compra, pues lo vendía un conductor de Iberia que en su doble trabajo, era vendedor en un concesionario. Lo pagué a tocateja. En aquella época la madre Iberia nos pagaba para esas compras y más. Hacíamos horas de vuelos por un tubo pero el sueldo era -porque no decirlo-, de los privilegiados que había en el país por aquella época.

Una noche me encontré con Nicolás el piloto, y entre whisky y whisky, como nos unía ese gusanillo del periodismo, nos propusimos conseguir volar de tripulación fija. Se lo dijimos al coordinador del destacamento y al mes siguiente, empezamos con la misma tripulación técnica y auxiliar y nosotros no cambiamos; seguíamos Vicente, Maite, Memi y yo. Fueron unos meses estupendos en el plano de compañerismo porque incluso el Comandante, terminó por adaptarse un poco a la camaradería que reinaba en la tripulación y digo, que se adaptó un poco nada más porque siempre, medía las distancias, incluso con Nicolás que de vez en cuando, hablando con él, se le escapaba el Usted. Con nosotros por supuesto, excepto con las niñas, como siempre, aunque Maite y Memi ya eran de otro perfil de azafatas como os conté en el capitulo anterior.

Un día en el Aeropuerto de Alicante, tuve una de las sorpresa más grandes de mi vida: hacíamos un charter a Inglaterra, (no me acuerdo el destino pues solíamos ir a tres o cuatro aeropuertos), cuando entrando por el mostrador de facturación, para salir a la pista, en medio de la cola, veo a una guía de la Thompson, que era la agencia inglesa que se encargaba de las vacaciones, ayudando a las ubicaciones en los hoteles así como que todo el paquete vacacional fuera el contratado y no daba crédito a lo que veía: La guía del grupo, aquella, era nada más y nada menos, Denisse, mi antigua novia inglesa. Hasta ese momento, nada sabíamos el uno del otro ya que yo terminé cortando mi correspondencia con ella cuando estaba en Cádiz. Al principio, nos miramos el uno al otro, como si no diéramos crédito a lo que estábamos viendo. Vestidos los dos de uniforme, Ella de Guía Turística, yo de tripulante de cabina. Creo que ambos dudábamos de lo que nos estaba ocurriendo pero pasado un instante (que a mi me pareció una eternidad), nos fundimos en un abrazo, que me acuerdo tuvo que ser muy largo por las caras que ponían algunos pasajeros que contemplaban la escena sin saber de que se trataba. Quedamos que a la vuelta del vuelo, y como yo pernoctaba en Alicante, nos veríamos en el hotel.

Pasé todo el vuelo nerviosísimo; se lo había contado a Memi mi compañera y ella, me tranquilizaba diciendo que esos encuentros nunca eran fortuitos y, como todas las mujeres, empezó a ver sombras por todas partes. De vuelta y camino al Hotel, se lo conté a Nicolás y lo primero que me dijo fue: “mira a ver si tiene un amiga”. Obviamente, no le hice ni puto caso y una vez en el Hotel, ellos se fueron a cenar y yo me quedé esperando por si venía Denisse. Después de mucho tiempo, apareció y la verdad fue, que me tuve que frotar los ojos; ahora que estaba sin uniforme, era la misma de siempre.

Nos fuimos a cenar y tuvimos tiempo de hablar de todo y esto que voy a contar, es muy importante porque refleja creo, las diferencias que existen entre el hombre y la mujer o quizás ahora, que ya ha pasado tanto tiempo, es mi percepción o mi idea. Lo primero que hablamos fue acerca de los motivos para dejarnos de escribir y como yo había sido el responsable de aquella ruptura. A instancias de ella, no tuve más remedio que contarle los motivos e incluso, en un momento de sinceridad, le conté hasta los preparativos de mi inminente boda. Fue en ese momento cuando me di cuenta que algo se había roto en nuestro encuentro. Me comentó que salía con un chico español, que era de Jerez, e hijo de un Bodeguero y, como no, de ascendencia inglesa. Luego de la cena y dando un paseo de regreso al hotel, nos tomamos una copa pero había algo en el ambiente que enrarecía la comunicación porque, de la inmensa alegría que nos produjo el reencuentro, habíamos pasado a una sensación de tristeza que cortaba el aire.

Siempre he pensado que ese fue uno de los momentos más nostálgicos que he tenido y siempre me ha perseguido la idea -y me he sentido culpable por ello-, de haber roto una de las facetas más importantes de mi vida. La despedida fue uno de los tragos más amargos que he pasado. En mi fuero interno, estuve tentado de decirle que subiéramos a a mi habitación y así lo deseaba en aquel momento pero al mismo tiempo, temía su respuesta y armándome de valor, se lo dije, que subiéramos. Su respuesta fue inmediata: Me dio un beso en la mejilla, alargó el brazo, paró un taxi y se fue. La estuve buscando cada vez que iba Alicante pero en la Thompson, me dijeron que la habían trasladado a la central de Inglaterra. No obstante, cada vez que podía, preguntaba por ella a sus compañeras guías y por la posibilidad de que me dijeran donde estaba, pero el tiempo fue pasando y todo volvió a su camino. Ella en cambio, si me localizó y me mandó una carta a Cádiz, carta que yo nunca vi pues mi madre, me dijo que me la guardó pero que nunca la encontró de nuevo. Mi mosqueo fue que, que casualidad que la carta llegara después de contarle yo lo de mi boda y que encima, me la enviara a Cádiz. Nunca supe que diría aquella carta pero me lo imaginaba por que años más tarde, rondando ya los cuarenta, recibí desde Santander, una carta en la Flota de DC-10 de Iberia, con un remite de la Universidad de Santander, de los cursos de verano, donde me decía que había tenido una hija y que en ese momento, estaba en Santander y que si podía ir a verla.

Obviamente que al día siguiente, y con un permiso especial concedido en el acto, me fui a Santander a la dirección que me había dicho en la carta, y en el colegio Mayor la Esquivia, conocí a la que a la postre, era una hija que no sabía que existía. Se llamaba igual que su madre, Dense, y enseguida, percibí los genes y es que en esta familia mía, tenemos los labios gordos y carnosos parecidos a los de los morenos y creo que nunca, mejor dicho. En ningún momento de aquel encuentro, hubo frialdad, muy por el contrario, todo parecía estar escrito en un guión: Me contó la historia y todo venía desde mi último encuentro con su madre en Palma. Denisse se lo había contado todo, con pelos y señales. El motivo de que yo renunciase a esos trabajos que ella me ofrecía en Londres, y mi regreso a Cádiz y la ruptura en la correspondencia y un noviazgo aciago de su madre, complicaron las cosas. Nos familiarizamos, y me pidió por favor que no le preguntara por el paradero de su madre y así lo hice. En aquel verano, fui a verla como cinco o seis veces hasta que terminó el curso y se despidió de mi diciéndome que vendría a Madrid a verme. Esto fue a principio de los ochenta y hasta hoy. Se que tiene el apellido de la madre, pero el tercer apellido que en el Reino Unido es como en España, el apellido identificador, nunca lo supe ya que en la Universidad de Santander, tampoco tenían más datos. Solamente el primer apellido. Son las cosas de este país.

El tiempo lo cura todo pero es un pasaje de mi vida, que excepto mi mujer, Margot, y algunas personas muy allegadas, nadie más conoce porque nunca -hasta ahora-, se lo había contado a nadie, y a mis hijos, solo así, de soslayo, no fuera a ser que comenzaran a investigar para conocer a su hermana y se dieran con el muro al cual yo ya me había estrellado.

Se que muchos pensareis que yo soy el culpable de una historia que se antoja un poco rocambolesca, aunque de verdad, no lo es para nada, por supuesto. Pero los caprichos de la vida te dan a veces, estos reveses y, como se dice, la procesión va por dentro y en todas mis oraciones, cuando las hago, me acuerdo de pedir por el bienestar de mis cuatro hijos y no solamente de tres.

Y siguiendo con YO EL AZAFATO, nos llegó a mi compañero Julio y a mi, la carta de fijos en Iberia con el número de nómina correspondiente y una felicitación por nuestro buen trabajo y hacer en Iberia. Desde aquel día y cada vez que hablaba de la compañía decía: “La Madre Iberia”.

Empecé a buscar piso o chalet para lo que me venía de manera inminente ya que cuando me vine de Cádiz, ya habíamos fijado la fecha de la boda. Encontré una Torre (chalecito) cerca de la playa muy apañaete y allí me fui con los bártulos dejando a Julio con su Marilú, pareja excepcional, todavía están casados y jubilados, y se quieren como el primer día. Así que de la noche a la mañana, me encontré con mi casa que no era muy grande aunque tenía eso si, dos habitaciones; eso lo hice pensando en las visitas que vendrían desde Cádiz como luego sucedió porque al poco tiempo, se vino a vivir con nosotros, la abuela de Emi, pero mientras llegaba la fecha de mi casamiento, Nicolás daba buena cuenta de mi casa cuando estaba en Barcelona y sobretodo, cuando ligaba.

Y llegó el día que me tenía que ir para Cádiz al bodorrio, aprovechando los diez días que te daba La Madre Iberia para casarte. Hice mi despedida de soltero con mis compañeros y me acuerdo que la que más bailó y lloró fue Memi. Esa misma noche, mi perseguidora me planteó un cameo, pero la verdad que estando yo en capilla, me pareció una aberración y menos mal que no llevaba muchas copas cuando me lo propuso, porque la verdad que esa noche, no bebí mucho, pero si recuerdo que me encontraba extraño. Mi compañero Vicente que rondaba los 30 años, me decía “estás loco tío, si sólo tienes 24 años, espera un poco más” pero yo, estaba enamorado y para eso, no hay remedio ni antídoto.

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