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Memorias: Así fue y así lo voy a contar

Yo, El Azafato (IX)

Por Quino Moreno

miércoles 03 de diciembre de 2014, 03:14h
Yo, El Azafato (IX)

Me envían destacado a Barcelona

Estando en el domicilio que compartíamos Julio, Manolo y yo, la seña Francisca nos dijo que Iberia nos llamaba por teléfono. Nos pusimos por turno, pues primero querían hablar conmigo, me alerté un poco. No fuera a ser cosa que el mesecito que me había hecho pasar Moncho estuviera dando sus frutos y que algún pasajero cabreado por las excentricidades de Moncho Barreiro me hubiese metido en el saco de alguna reclamación pero felizmente, no era nada de eso y nuestra sorpresa fue muy grande cuando me dijeron que nos enviaban destacados a Barcelona durante un año y que cogiéramos los bártulos porque en dos días, teníamos que estar allí.

Así de rápidas e inesperadas eran las cosas en aquel entonces y por supuesto, no podías ni rechistar. Dictadura pura y dura, ni más ni menos. Preguntamos a nuestro interlocutor que pasaba con nuestro compañero Manolo y la contestación por parte del responsable de programación nos dejo fríos:

-¿He preguntado yo por Vallejo?”

Nuestra respuesta:

-No

-¿Y entonces…?

Las cosas se manejaban así y entonces, nos parecía natural y normal. Y, otra cosa, ¿Sabéis porque me llaman Quino?... Os lo voy a contar. En mi casa, mi familia, mis amigos, incluso en Madrid, me llamaban Juaqui excepto un recepcionista del Hotel Menfis, que comenzó con lo de Quino. Pues bien, cuando en la programación de Iberia me dijeron que mi nombre de guerra para todos los efectos en la compañía sería Moreno ya que había la fecha un Joaquín, les pedí que mejor que llamarme por el apellido a secas, prefería que me llamaran Quino. Esto era debido a que por aquella época los Auxiliares de Vuelo éramos muy pocos y nos identificaban por los nombres. Mas tarde (como si fuéramos reclutas) nos pusieron un número de nómina. Yo fui durante los 26 años que permanecí en Iberia, el Nº 1428.

Una vez en Barcelona, fuimos a las oficinas de la Plaza España, para presentarnos al delegado de Iberia, el cual nos explicó todo los pormenores del destacamento y abrimos los ojos como platos, cuando nos dijo las dietas que íbamos a cobrar. No me acuerdo ahora mismo cuando dinero era pero se me antoja que era un pastón. Los primeros días de estancia en el hotel nos lo pagó la compañía pero a partir de la segunda semana, teníamos que pagarlo nosotros. Esa misma noche nos llamó por teléfono a nuestras habitaciones, un compañero que era el más antiguo y que lo habían destacado también a Barcelona como coordinador y nos citó a todos, en hall del hotel y grande fue mi extrañeza cuando vi. que no sólo éramos Julio y yo sino que habíamos allí, un número considerable entre azafatas y auxiliares. Su primera recomendación fue nos buscáramos alojamiento más cerca del aeropuerto para evitar el tráfico de Barcelona y así, ganar tiempo y ahorrarnos molestias y nos sugirió ir a vivir a Casteldefells donde además, los alojamientos eran más baratos e incluso, podríamos alquilar Torres (chalets) entre unos cuantos y también nos dio la dirección del hotel Luna donde podríamos estar todos al principio pues nos hacían un precio especial, hasta que nos alquiláramos algo. Daros cuenta que había compañeros que tenían que traer a sus familias.

Una cosa que si me gustaría decir es que aquello. Fue todo lo contrario que habíamos encontrado en Madrid: nuestras compañeras, eran mucho más jóvenes e independientes y sin ese glamour que tenían la mayoría de las azafatas en Madrid. Enseguida nos enteramos del porqué: era la última promoción e Iberia, con buen criterio y debido a la ampliación de flota con aviones grandes (Wide body) y sobre todo a los vuelos a América, la selección de las azafatas la estaba haciendo con un criterio diferente. Así que nos encontramos con compañeras recién llegadas de trabajar en Londres y en otros países sobre todo, en hostelería. Aquello fue un verdadero acierto, pues de cara a la expansión que se veía venir en la compañía, primó (al menos por esta vez) más la profesionalidad que otra cosa.

Pasada una semana Julio y yo teníamos una casita con tres habitaciones, un espléndido salón y nuestro jardín, y quien lo diría, tomando en cuenta que hacía nada, estábamos casi de pensión.

La programación era bastante dura pues hacíamos todo el sur de Francia, parte de Italia y charter a Inglaterra. No nos quitaba nadie, seis o siete saltos diarios, y pernoctábamos en Alicante, una vez a la semana haciendo un par de vuelos a Alemania. Solíamos tener entre ocho y nueve días libres pero en el avión, la actividad a veces llegaba a las 16 horas.

Castedefells en verano estaba bien y además, la playa la teníamos al lado y muy cerca Sitges, así que el divertimento estaba asegurado. Al margen del curro, ganábamos dinero y yo, a mi madre Magdalena, le enviaba para que me fuera guardando de cara al compromiso que había adquirido de noviazgo, que al decir verdad y según avanzaba el destacamento, esas ganas de cumplir se me fueron pasando, primero porque Casteldefells era un sitio turístico y me extrapolaba a Mallorca y segundo, por mis compañeras con las cuales, en el fondo y en la forma, estábamos casi todo el día juntos. Volábamos como tripulación fija mensualmente y las tripulaciones técnicas, la mayoría vivían en Barcelona, en la Residencia de Oficiales del Ejército del Aire, así que nosotros siempre coincidíamos en los vuelos y como ellos tenían otra programación, casi siempre las tripulaciones técnicas eran diferentes.

Julio y yo decidimos estar separados en la programación y así nunca dejábamos la casa sola. Volaba con Vicente, un peazo de profesional que había estado en el Pabellón Español en la Feria de Muestras de Nueva York. Madrileño de pura cepa y buena gente, y hasta que punto nos hicimos amigos, que es padrino de mi hija. Vicente tenía de compañera a Maite, también de Madrid y yo, a Memi, de Málaga, flamenca por los cuatro costaos, cantaba como los ángeles, pero le pasaba como a mí: tenia novio en Málaga. Luego, cuando volábamos a América y coincidíamos, nos echábamos en cara lo gilipollas que fuimos y me decía: “saltaban chispas todos los días, que tontos éramos y las apagábamos”y por mi parte, le respondía: “¿Y tu porque no me dijiste lo de las chispas si sabes que los hombres somos gilipollas?” Vicente y Maite se hicieron novios y con el tiempo se casaron y hablando de casamientos, Julio también cayó con su compañera Mariluz. Así que pronto fuimos tres en el chalet; con el tiempo, también se casaron Rafa y otro compañero, también se casó con otra compañera. En fin, que fue un destacamento donde casi todos los solteros encontraron el amor; yo, por mi parte, al no poder luchar con mis sentimientos y los de mi compañera, había otra compañera, -y no voy a decir el nombre-, que me perseguía y tanto fue el cántaro a la fuente, -y uno en esa época, estaba lleno de vitalidad en todos los sentidos- y aunque no me gustaba mucho, después de unos dancings y algunas copas -y eso era casi todos los días libres- ya no me acordaba de quién perseguía quién y, cosas que pasan, pero siempre era en su casa o en la mía, dependiendo de la cercanía de donde estábamos tomando la copa. Lo malo era que teníamos que entrar sin grandes aspavientos ya que vivía con dos compañeras y yo, con Julio y Mariluz. También había en la playa, un bar donde frecuentaban extranjeras y algunas "churnias" y había compañeros que te empujaban a veces a pecar estrepitosamente.

En ese destacamento conocí a mi mejor amigo y que hemos estado junto años, más de treinta, tuvimos una revista, hicimos radio, hasta que hace como tres años, falleció, Se llamaba Nicolás, y ciertamente, es uno de los pilares para que yo este escribiendo esto, quizás por hablar y contar cosas de él.

Conocí a Nicolás de la forma mas extraña y vais a saber porqué: estaba yo en el rellano de la escalera de acceso al avión cuando de repente, vi. la imagen de Moncho, un segundo piloto sin gorra, con el pelo largo, la chaqueta ceñida con dos aperturas y unas botas con unos taconazos, de aquí te espero. Me dio la mano y me dijo: “hola chaval, soy Nicolás, ¿está el comandante en cabina?” Mi extrañeza fue total. Era la primera vez que un segundo piloto me trataba de tu y no venía de guardaespaldas del comandante, mi respuesta fue: No, mire usted en cabina pero creo que no ha llegado” La primera reacción de Nicolás fue: “Oye, dime como te llamas y no me trates de Usted que tengo casi tu misma edad” ¿Os dais cuenta porque me recordó a Moncho? no era normal; pensé que tenía que ser hijo por lo menos, de un primo hermano de Franco.

En una escala que bajé a llamar por teléfono -como no-, a mi novia, me lo encontré en el Bar tomando un café, me llamó y me invitó- El comandante estaba en otra esquina del mostrador con el Jefe de Escala, tomando otro café; Yo seguía cada vez más con mi extrañeza. Me pregunto que si por la playa de Casteldefells había hoteles, y cuando terminamos la línea, me dijo: “¿No te importa que quedemos mañana en Casteldefells en el hotel que me has dicho?” quedamos sobre la una pues cuando llegó Vicente, Maite, Memi y yo, estábamos tomando un aperitivo en la terraza, aprovechando el día libre.

Vimos llegar un deportivo descapotable rojo y a un melenillas macarrín con el pelo panocha, y le comenté a Vicente: “Ahí está el segundo con quien volamos ayer. Tomamos unas cervezas y ya nos enteramos de todo: era piloto de complemento de la escuela de Granada, a la cual yo no intenté ni ir por el tema del ojo vago. Se había licenciado de sargento ya que los de complemento no podían ser oficiales porque no eran de la carrera militar de San Javier. Le pregunte por José, que hizo la especialidad conmigo en Cuatro Vientos y resultó que era de una promoción que todavía estaba en la Escuela. Que luego, -como ya dije antes-, entró en Iberia y estuvo muchos años de comandante.

Voy a contar un poco la historia de los pilotos de complemento porque así entraréis mejor en lo que os voy a relatar a continuación: para ingresar en la escuela de Granada, bastaba con el bachiller elemental mientras que en San Javier, como era carrera militar se exigía el Superior Universitario. En Granada había dos tipos de pilotos: unos, de poli motores (hélices) y los otros, los mejores, que los enviaban a Matacán (Salamanca) para hacer el curso de reactores y Nicolás, era de los segundos. Como he dicho antes, Iberia estaba en plena expansión y aumentado muchísimo su flota y al igual que lo ocurrido con las azafatas, no tuvieron mas remedio que tirar de los pilotos de complemento y ¡Ojo!, que con esta realidad ahora se daba la curiosa situación de reunir en una cabina, a un capitán, un comandante o más, con un sargentillo y esto, los “comandantes” no podían soportarlo. Les prohibían a sus copilotos que nos llamaran de tu. A mi mismo un día, en que se me ocurrió llamar de tu a un maletero de tripulaciones, un comandante me echó una bronca tremenda y me amenazó con suspenderme dos días de empleo y sueldo aunque yo creo que lo hizo porque en ese momento, Nicolás de encontraba delante y el estallido del comandante fue un poco, un aviso a navegantes. Cuando el comandante se dio la vuelta y se fue, Nicolás me dijo: “Pásatelo por el forro de los cojones, a mi, en cabina, nadie me llama de Usted y yo le llamo de tú. Lo que faltaba era que encima, le dijera “si mi comandante, no mi comandante”

Con Nicolás coincidíamos también en había estado en la Escuela de San Bernardo, en Madrid, haciendo el curso de periodismo, antes de lo de la escuela de Granada y ya escribía en el diario “Pueblo” y en el “Ya” y cuando venía publicado algún artículo suyo, lo primero que hacía era mostrárselo al comandante. Estaba casado con Carmela, de Jerez, y tenía tres chavales: Rocío, que es sobrecargo de Iberia, y Diana que es comandante también de Iberia y Marco, que baila flamenco como la madre que lo parió. La historia de que estén en Iberia Rocío y Diana la contaré mas adelante.

A los cuatro meses de estar en Barcelona tuve que ir a Madrid para pasar el reconocimiento médico coincidiendo con los seis meses. Fui en el primer vuelo de la mañana y en cuanto llegué a Madrid, me fui directamente a la Ciudad Universitaria. Pasé todo el reconocimiento en un plis plas menos una anotación en el Otorrino y que me obligaba a volver al día siguiente de manera que llamé a mi hermano Antonio, y me quedé con él.

Al día siguiente salió a la palestra la desviación de tabique nasal y condición sinequanon para pasar el reconocimiento y el período de prueba: OPERACION. Por la parte del trabajo hablé con flota y no había ningún problema: estaba considerado como un buenísimo trabajador, así que mandarían a alguien a sustituirme a Barcelona, mientras me operaban.

Me acordé de Agustín el medico de Chiclana y fui a verlo al Hospital del Aire. Me hizo una revisión y me dijo: “no esta muy desviado pero te recomiendo que para no tener problema, te operes y que la operación te la haga el médico que te ha hecho el diagnóstico que es el capitán (no me acuerdo del nombre) así que lo voy a llamar por teléfono para que te opere cuanto antes en su consulta particular que está en Torrejón” y estas fueron sus palabras: “así paisano, te quitas el problema de encima, te costará pasta pero es lo mejor y más rápido” Lo llamó y en dos días, tenía el alicate dentro de la nariz. Mi dinero me costó, pero nunca le agradeceré lo suficiente a Agustín, la ayuda que me dio. Después, no se lo que hizo ni a quien llamó, pero me consiguió 20 días de convalecencia y recuperación y podía irme a Cádiz. Al principio, dudé si irme mejor a Barcelona pero al final, me decanté por Cádiz y allí, pasó lo que tenía que pasar.

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