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Clara Janés: “El despertar de la Escritura Femenina en lengua castellana”

Clara Janés: “El despertar de la Escritura Femenina en lengua castellana”

Por Julia Saez-Angulo

miércoles 22 de octubre de 2014, 11:21h

La directora de la Biblioteca Nacional de España,  Gloria Pérez-Salmerón ha inaugurado la exposición “El despertar de la Escritura Femenina en lengua castellana”, comisariada por la escritora Clara Janés. Estuvo presente en el acto la  Jefe de Servicio del Museo de la BNE Gema Hernández Carralón.

La comisaria recordó a los amigos que un día le pusieron sobre la pista del libro de Manuel Serrano y Sanz, Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, que obtuvo el Premio de la Biblioteca Nacional de 1898, y se publicó en dos tomos en 1903 y 1905.

Clara Janés ha escrito unos textos elocuente para el catálogo de la exposición, que permanecerá abierta hasta el mes de abril que dicen lo siguiente:

“Al contemplar las ediciones antiguas, verdaderos tesoros que custodia la BNE, constatamos el decir de Quevedo, que la imprenta libra a “las grandes almas que la muerte ausenta/ de injurias de los años vengadoras”. La imprenta ha permitido que lleguen hasta nosotros los escritos de hombres y mujeres, muchos de los cuales, de no ser por ella, se habrían perdido. Asomarse a esos tesoros es ir de sorpresa en sorpresa al comprobar que, en aquellos albores, cuando aún se estaba pasando no sólo de manuscrito a libro impreso, sino de latín a romance, las mujeres tenían un papel en la cultura y participaban en las manifestaciones sociales en las que ésta intervenía.            

Vemos por un lado florecer altamente la literatura en los conventos, tanto en la prosa (Teresa de Ávila), y la poesía (Sor María de la Antigua), como en el teatro (Sor Marcela de San Félix), pero también que las damas concurren a certámenes y suman sus escritos a libros colectivos realizados con motivo de un homenaje o una celebración. Vemos como la fama hace que, desde muy pronto, algunas de estas escritoras conozcan traducciones, réplicas e incluso usurpación perversa del nombre (Luisa Sigea); vemos que una mujer es depositaria y difusora de obras de los grandes doctos (Sor Ana de Jesús de San Juan de la Cruz y Fray Luís de León); que otra, sin querer tomar hábito, se hace misionera y su labor es reconocida en distintos países (Luisa de Carvajal); vemos a la que se dedica al teatro (Ana Caro); a la que, a pesar de su gloria, guarda celosamente su verdadera identidad (María de Zayas); a la que, interesada en la ciencia, descubre un elemento del cuerpo y lo comunica (Oliva Sabuco); a aquella que se hace famosa por sus traducciones (Isabel Rebeca Correa); a la aguda pensadora (Juliana Morella); a la ganadora de numerosos certámenes (Cristobalina Fernández de Alarcón); a la que, en tierras de ultramar, movida por el talento de Lope de Vega, le escribe una epístola en verso (Amarilis); y, en fin, a la que, también al otro lado del Atlántico, tiene su celda poblada de instrumentos científicos y libros de literatura y de pensamiento de todo tipo hasta que la inquisición la obliga a retractarse de sus ideas, renunciar a sus posesiones y declararse “la peor de todas” (Sor Juana Inés de la Cruz).

A los tesoros escritos –manuscritos e impresos-, se suman los retratos de época que se conservan en la Iconografía Hispana. Captar de una mirada los rostros y la interpretación del momento de estas escritoras es el complemento perfecto a la lectura de sus textos. Han pasado siglos, y comprobar hoy lo viva que sigue esta literatura, es motivo de una celebración, que incluye el hecho de que la BNE colabora activamente en liberar a estas obras –y con ellas a todo un mundo- de  “las injurias de los años”.

DEL LATÍN AL ROMANCE

En el siglo XV, algunas escritoras vieron sus textos publicados. Unas habían renunciado al mundo, como es el caso de la abadesa Isabel de Villena, hija natural del Marqués de Villena, que recibió una esmerada educación y estuvo en contacto con los letrados de su época. Tomó el hábito en 1445, a la edad de 25 años, y empleó en sus textos el latín y el valenciano, siendo la única excepción en la muestra de una  escritura no castellana, dada su antigüedad e interés.

Florencia Pinar, que vivió en la segunda mitad del siglo XV, vio un de sus romances recogido por Hernando del Castillo en su Cancionero General ya de principios del XVI. A un momento algo posterior pertenece Luisa Sigea, nacida en Toledo alrededor de 1530, aunque muy joven se trasladó a Portugal. Docta en filosofía, oratoria y poesía, dominó el latín, griego, hebreo y caldeo. Entró al servicio de la Infanta Doña Margarita, hasta que en 1555 regresó a España, donde murió en 1560. Acaso su poema más famoso es el titulado “Sintra”, escrito en latín. Sigea fue víctima de la impostura literaria, pues Nicolas Chorier firmó con su nombre un libro de carácter erótico y flagrante mal gusto titulado La academia de las damas. En el siglo XVII, Paul Allut escribió a su vez una obra en defensa de la escritora, incluyendo poemas de ella y a ella dedicados.

SANTA TERESA DE JESÚS Y EL CARMELO

Teresa de Cepeda y Ahumada nace en Ávila en 1515, en 1536 entra como novicia en el monasterio de la Encarnación  de dicha ciudad y en 1562 funda el de San José, que será la primera piedra de la reforma del Carmelo. Muere en Alba de Tormes en 1582, tras dejar una inmensa obra dentro de la orden y en el campo literario. Su personalidad y fuerza creadora quedan demostradas no sólo en sus escritos, sino en el rigor y altura que supo infundir a las religiosas que estuvieron a su lado. Por este motivo, el Carmelo femenino se convirtió en un núcleo de inteligencias y caracteres incólumes que apoyaron sus principios. Al no ser bien visto su movimiento por la Inquisición, algunas de sus discípulas tuvieron que partir. Así encontramos a sor Ana de San Bartolomé, autora de alegres letrillas, en Bélgica, que figura como única mujer en un libro que recoge la vida y los retratos de los “varones” ilustres de dicho país. También acabó en Bruselas sor Ana de Jesús, destinataria del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y también de la traducción del Cantar de los Cantares, de Salomón, de Fray Luís de León. Ella se ocupó de que la obra de ambos se difundiera, a través de las copias llevadas a cabo por sus monjitas, y de la imprenta, empeño que se vio culminado poco después de su muerte.

De la importancia que tuvo Teresa de Ávila dan prueba las fiestas que se celebraron en toda España en el momento de su beatificación. En el libro Compendio de las solenes fiestas que en toda España se hicieron en la Beatificación de N.M.S.Teresa de Iesus (R/461) se recogieron los certámenes, monumentos y altares llevados a cabo en cuarenta y siete puntos de la península, incluidos “los desiertos”, es decir, las zonas esteparias del país.

El discurso inaugural del certamen poético de Madrid lo llevó a cabo Lope de Vega. De hecho todo el discurso es una alabanza de la mujer inteligente –referida, ante todo, a Teresa de Ávila-, y la alegría que da “de ver que una mujer pudiese tanto/ que haya dado en la iglesia militante/ descalza una carrera de gigante”. Certámenes de romances, glosas, y uno muy propio de la época, que llama particularmente la atención: el de emblemas y jeroglíficos, quedan registrados meticulosamente en la obra, y en ella aparecen numerosos nombres femeninos. Es de destacar que en Alba de Tormes, se levantó una enorme fuente asentada en una grada dividida en cuatro partes, de las que se alzaban cuatro pirámides representativas de los distintos continentes.

LA ILUMINACIÓN DIVINA Y LA CORTE

No sólo en los conventos carmelitas se cultivaba el intelecto. El claustro equivalía a una carrera, una profesión, en la cual el estudio y la escritura tenían su lugar. Se tratara de temas de meditación o de celebraciones religiosas que comportaban el recitado de poemas o representaciones teatrales, todo ello pasaba al papel, generalmente al amparo de un confesor no siempre justo, pues a veces se apropiaba de lo escrito por su pupila y lo firmaba con su nombre.

Un caso interesante por lo ajustado de su escritura es el de Sor María de la Antigua (Cazalla de la Sierra, Sevilla,1566). A los 13 años, tomó el hábito en el monasterio de clarisas de Marchena. Murió en 1617. El padre Pedro Cecilio en su Crónica afirma que “dejó escritos más de 1.300 cuadernos de alta y sustancial doctrina, dictados por Dios.” Sólo abrir el libro de sus escritos, Desengaño de religiosos y de almas que tratan de la virtud (R/30969), y leer una de sus páginas, se detecta su altura intelectual.

Por otra parte, el Siglo de Oro, época en que las reinas, aunque atendidas por sirvientas arrodilladas, padecían la esclavitud de no poder estar solas ni de día ni de noche, algunas damas gozaban de cierta independencia en la decisión de sus vidas, como Luisa de Carvajal, que ni se casó ni tomó hábito, pero decidió entregarse a la labor misionera y partir a Inglaterra para asistir a los católicos procesados, o Cristobalina Fernández de Alarcón.  

Por libros en honor a personalidades como el infante Baltasar Carlos, elogios de santos o fiestas conmemorativas, nos queda constancia de la actividad poética de las mujeres en este período. Así, en el Compendio de las fiestas que ha celebrado la imperial ciudad de Çaragoça por auer promouido la Magestad Catholica del Rey...Filipo Tercero...al Señor don Fray Luys Aliaga...en oficio y cargo de Inquisidor General de España...(R/2648), de 1619, o en la antología recogida por Pedro de Espinosa, Flores de poetas ilustres de España (U/3313), de 1605, aparecen, entre otras, Aldonza de Aragón y Gurrea, Susana Vengoechea, Luísa de  Aguilera, Hipólita de Narváez o Cristobalina Fernández de Alarcón.

De todas estas poetisas, la que gozó de mayor fama fue esta última. Nacida en Antequera en 1576, estudió latín y se casó con un mercader, del que enviudó, contrayendo segundas nupcias con un estudiante. Brillante mujer de mundo, ganadora de numerosas justas poéticas, despertó la pasión del compilador de la antología Flores de poetas ilustres de España, Pedro de Espinosa, que, por su causa, acabó retirándose a una ermita.

DOS ESTRELLAS 

Dos escritoras destacan por la importancia de su obra y su resonancia: una novelista, María de Zayas, y la otra fundamentalmente poeta, Sor Juana Inés de la Cruz; ambas defensoras del derecho de la mujer a la educación.

De María de Zayas y Sotomayor (1590-1661?), madrileña que residió en Zaragoza, se sabe muy poco, hasta el punto de que se llegó a insinuar que bajo este apelativo se escondía un hombre. No parece que esto dificultara su carrera literaria: sus Novelas amorosas y ejemplares, conocidas como “el Decamerón español”, fueron objeto de catorce ediciones a lo largo del siglo XVII y del siguiente. En el prólogo a la edición de 1637 de dicha obra, expresa con cierta ironía su preocupación ante el posible menosprecio de sus escritos por deberse a una pluma femenina: “Quien duda, lector mío, que te causará admiración que una mujer tenga despejo no sólo para escribir un libro, sino para darle a la estampa”. Ese tono no se abandona. En La inocencia castigada leemos: “Por qué, vanos legisladores del mundo [...] vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas y por libros almohadillas.” “Las almas ni son hombres ni mujeres”, dirá en otra ocasión.

Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en San Miguel de Nepantla, Méjico, en 1651, fue precoz en sus dones intelectuales: a los tres años aprendió a leer y escribir siguiendo, a escondidas, las lecciones de su hermana mayor. Pronto descubrió la biblioteca de su abuelo y leyó los clásicos. Su ansia de saber le hizo concebir la idea de disfrazarse de hombre para ir a la universidad, pero la enviaron a vivir a la ciudad de Méjico con unos tíos que la introdujeron en la corte, y fue dama de la virreina, la marquesa de Mancera. Escribía poemas y deslumbraba con su gran inteligencia. Reacia al matrimonio, entró en el convento de las Jerónimas, pero siguió llevando una brillante vida intelectual. Defendió el derecho de sus congéneres a estudiar y a escribir, y se defendió a sí misma de los ataques recibidos, mediante varias cartas, entre ellas, la Carta Atenagórica, la Respuesta a Sor Filotea y la Carta de Serafina (seudónimo que utilizó en los oscuros tiempos de su vida). 

En el poema Sueño, siguiendo a Cicerón, presenta al alma cruzando de noche el universo en pos del sentido de toda la creación. Por sus amplios intereses intelectuales, poseía instrumentos musicales, mecánicos y científicos, que, sin duda, manejaba. Tras la escritura de la Carta Atenagórica, fue considerada poco devota por las jerarquías eclesiásticas y en sus últimos años (murió en 1695) fue objeto de un juicio y acabó por abjurar y declararse “la peor de todas”, viéndose obligada a abandonar la vida pública y a no editar sus escritos.

RARAS AVES

Hay voces femeninas de las que nos ha llegado muy poco eco y sin embargo tuvieron su peso en el horizonte literario, así la de la escritora Isabel Rebeca Correa, sefardí afincada en Amsterdam, de la que se han perdido todos sus poemas, excepto una composición de circunstancias, y queda sólo su traducción -muy conocida en sus días- de Il pastor Fido, de Guarini.

Entre las autoras teatrales, destaca Ana Caro, muy reputada en su momento, el siglo XVII. Recibió numerosos encargos literarios por parte de la nobleza sevillana y madrileña, escribió teatro de éxito y obtuvo numerosos galardones.

En el campo de la ciencia, es extraordinario el caso de Oliva Sabuco. A ella se debe el descubrimiento del jugo cerebral al que dio el nombre de “quilo”, descubrimiento que los médicos ingleses, por la relación de Felipe II con la isla, conocieron y adoptaron sin mencionar su nombre. Oliva recogió su saber en un libro titulado Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos. Dedicó la obra al rey y fue publicada en 1587.  Ante su éxito, su padre quiso apoderarse de su autoría y reeditarlo en Portugal bajo su nombre, pero fue en vano, dado que el permiso otorgado por Felipe II era exclusivo para su hija.

Oliva Sabuco mereció sin duda los apelativos que le dieron sus contemporáneos: “honor de España” y “Musa décima”, otorgado éste por Lope de Vega en el auto sacramental El hijo pródigo.

Lope de Vega, atento como pocos a los acontecimientos culturales, rinde en sus obras homenaje a numerosas escritoras. Sólo en el Laurel de Apolo aparecen desde Safo y Pola Argentaria, mujer de Lucano, a Cristobalina Fernández de Alarcón, Juliana Morell, insigne maestra, Bernarda de Ferreira, que se expresaba tanto en portugués como en castellano, Santa Teresa de Jesús, Ana Zuazo, poetisa madrileña, María de Zayas, Amarilis, seudónimo de una escritora peruana, o las italianas: Vittoria Colonna y Laura Terecina.

 

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