El estuche envejece. Los Vikingos del norte de Europa acostumbraban a quemarlos sobre unas planchas de madera ardiente, que hacían deslizarse mar adentro.
Los romanos y los primeros pueblos cristianos tomaron la costumbre de enterrarlos, primero en las llamadas catacumbas y más adelante en los cementerios, que en su semántica significan dormitorios.
En más de una ocasión cuando el Ser superior creador, artífice y conservador del universo visible e invisible, paseaba por el Oriente Medio, decía: “¿ No veis que no está muerto, que está dormido ?”.
Esa energía invisible, esencia y conciencia de nuestro ser, entra en otra dimensión cuando el estuche se deteriora, se incinera o se entierra. Pero hay una promesa del Ser Supremo creador de todo, que llegará un día que esos estuches – los cuerpos – volverán a la vida para nunca más morir.
Esa es nuestra creencia, los que tenemos la fe de que todo esto va a pasar. ¿ Porque qué sería de nosotros si no ocurriera, qué sería de los hambrientos, de los menesterosos, de los miles y millones muertos en las guerras, en los terremotos, incendios y maremotos?.
Mi hermano menor, al que echo muchísimo de menos, decía la final de su vida terrestre, “La vida es nacer, reproducirse y morir”. Sé, ante esa frase y para hacerle justicia, que su “alma” está en la vida eterna, gozando de la contemplación del Padre de todas las cosas.
De esta forma y como resumen de todas mis creencias; el estuche, el cuerpo, es poca cosa, no obstante es respetado por el Padre de todas las cosas. Pero es el “alma”, el ánima” que decían los antiguos, lo que en esencia somos; algo inmortal que una vez amanecidos en el horizonte de la existencia ya nunca puede extinguirse, ni quemarse, ni pudrirse.