Allí los doctores me pusieron en vena hasta 21 bolsas de suero glucosado y calmantes, pero la hemorragia lejos de cesar aumentaba. Mi esposa - el primer ángel -, se agitaba nerviosa por la habitación, aunque ella había trabajado de instrumentista de quirófano toda su vida, pero juraba que jamás había visto tanta sangre junta.
Seguí así perdiendo fluido vital y decidieron someterme a un TAC con contraste intravenoso, que no arrojó a la postre nada. No sabían el punto de fuga de la sangre, pero yo rezaba al Espíritu Santo, mi protector que jamás en mi vida doliente me había abandonado, siempre me había sacado de los problemas más graves, de las inquietudes, de las tentaciones, de las enfermedades, sabía que no me abandonaría nunca, aunque siempre solía repetir mentalmente que “se hiciera su voluntad y no la mía”.
Decidieron los galenos hacerme una “Colonoscopia”, o sea, dormido totalmente con anestesia, introducirme por el ano un tubito muy fino con una cámara de cine en su punta anterior, y un pequeño bisturí eléctrico a su lado.
Me durmieron; por cierto una enfermera con un gorro de colores que se llamaba Verónica.
Cuando me hube despertado me dijeron que me habían cauterizado varios divertículos con forme de dedo de guante que sangraban abundantemente.
Desde ese momento cesó en el acto la hemorragia de sangre, aunque siguieron poniéndome en la “vía pinchada en la vena” bolsas y más bolsas de suero.
Al cabo de tres días y tres noches me dieron el alta, una doctora joven y morena que por cierto no me caía demasiado bien.
Ahora ya estoy nuevamente en mi casa y ha venido a visitarme nuevamente el párroco – aunque no le tocaba – a traerme la Santa Eucaristía, cosa que en el Hospital me la llevaba solícitamente el capellán del centro.
Resumen: ¿ Por qué me he curado de nuevo a mis 82 años de vida, habiendo perdido el 30% de mi sangre?. Sencillamente porque los médicos del Hospital de “La Milagrosa” de Madrid, han estado acertados en el diagnóstico y han dispuesto de los artilugios más modernos para poderlo hacer. En segundo lugar por la solicitud de mi esposa Elena, que sin ser la de Troya sin embargo es la mejor inversión que he podido hacer en mi vida.
Y en tercer lugar, aunque debería de ser el primero, por la voluntad y el poder infinito del “Espíritu Santo”, por el que siento con un amor inefable y una confianza total.
Ahora el párroco de “San Marcos” me ha traído a casa la Santa Eucaristía, o sea al Hijo de Dios. Solo me queda obtener la misericordia del Padre por todas las iniquidades que haya podido cometer a lo largo de una vida plagada también de enfermedades.