Allí, en un emotivo acto cultural en la Academia de Letras de Porto Seguro en colaboración con la Biblioteca Pública Municipal, Finisterra Brasil Film Art and Tourism Festiva y el Centro Municipal de Educación Pesquisa y Cultura, en presencia del director del festival, Carlos Sargedas, de Ana Lessa Bandarra, directora de la Biblioteca y otras autoridades locales, poetas y representantes indígenas, tuve el honor de presentar mi libro HUERTO DE SAN VICENTE, una obra que late en el abrazo bilingüe del español y el portugués. Al donar mis ejemplares y recitar mis poemas, sentí cómo los versos flotaban en el aire del recinto, tendiendo un puente invisible entre nuestras dos orillas a través de la palabra desnuda.
La respuesta de aquella tierra a mi humilde ofrenda poética fue un despliegue de generosidad e identidad que me conmovió en lo más profundo. Se convirtió en un diálogo mágico de ida y vuelta. En medio de la calidez del acto, el poeta local Corleone Filho se acercó para regalarme su propia obra, titulada con el sugerente nombre de Meuzoutrou (Mis otros). En ese juego de palabras brasileño que abraza la alteridad y la empatía, entendí que mi Huerto ya no estaba solo; se estaba entrelazando para siempre con las almas de aquella región.
Pero el universo literario y la justicia histórica tenían reservada la mayor de las sorpresas para coronar aquellos momentos. Como si se cerrara un círculo sagrado de más de quinientos años, manos nativas depositaron en mis manos un volumen indómito que desafía al tiempo y a los relatos oficiales: Le amixatê ûpú.
Mientras sostenía el libro, con el corazón acelerado, me explicaron su origen. No era una simple traducción. Era la célebre y fundacional carta colonial que el escribano Pero Vaz de Caminha redactó en 1500 para el Rey de Portugal, pero recuperada, reescrita y apropiada, palabra por palabra, en Patxohã, la lengua nativa del pueblo Pataxó. El pueblo que un día fue "descubierto" y silenciado tomaba la pluma del colonizador para contar la historia desde su propia voz.
Si el libro encendió una chispa de asombro en mi mente durante el acto cultural, la visita posterior a la reserva indígena Pataxó terminó por transformarme el alma. Llegar a su territorio sagrado, después de haber comprendido el peso de su literatura de resistencia, fue una experiencia de un misticismo sobrecogedor, que no olvidaré.
Al pisar la reserva, rodeada de la naturaleza imponente de Bahía, comprendí que Le amixatê ûpú no era solo tinta sobre papel; era la tierra húmeda que pisaba, los rostros sabios que me sonreían y la dignidad indomable de una comunidad que se niega a ser borrada del mapa.
Regresé de Brasil con las manos llenas y el espíritu conmovido. En mi maleta viaja un diálogo perfecto de alteridad: yo dejé un pedazo de mi tierra en su huerto, el poeta Corleone me enseñó a mirar al "otro", y el pueblo Pataxó me entregó las llaves de su historia recuperada. Hoy, al acariciar las páginas de Le amixatê ûpú, sé que la historia ya no la escriben solo los vencedores; ahora la cantan, con orgullo y en su propia lengua, los verdaderos dueños de la raíz.
Si bien la lengua pataxó es completamente ininteligible para mí, pero bellísima, su extraño lenguaje me interpela y me habla; y al recorrer sus páginas con mis dedos, siento que hablamos el mismo idioma. porque las lenguas son diferentes pero el corazón late de la misma forma.