Hace casi un siglo, cuando la Segunda República apenas comenzaba, Rodolfo Llopis, Director General de Primera Enseñanza, imaginó una escuela que debía ser mucho más que un edificio con pupitres; una escuela abierta donde la cultura llegara a todos los rincones del país y donde los maestros fueran la pieza fundamental de la transformación social. Por eso, impulsó miles de nuevas plazas docentes y una de las reformas educativas más ambiciosas que España ha conocido. Aquella escuela debía salir de sus muros y visitar talleres, granjas y fábricas. Debía escuchar la radio, leer libros, organizar bibliotecas y conferencias. Debía convertirse en el eje de la vida colectiva y no podía ser un lugar de adoctrinamiento sino de libertad donde el conocimiento fuera una herramienta de emancipación creando ciudadanos críticos.
Noventa años después, los problemas son otros pero no tan diferentes. La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué escuela necesita una sociedad democrática? La manifestación de estos días no habla solo de aulas diversas y llenas o de plantillas insuficientes. Habla también de una realidad que entra cada mañana en las aulas y que los decretos rara vez alcanzan a comprender. Los profesores explican ecuaciones, la Revolución Francesa o la estructura de la célula, pero también reciben preguntas que no aparecen en los manuales. Preguntas sobre identidad, afectos, relaciones, violencia digital o sexualidad. Preguntas que llegan de adolescentes que buscan respuestas en un mundo donde la información se multiplica mientras la comprensión escasea.
Los orientadores educativos lo observan desde hace años. Muchos menores acceden a contenidos pornográficos a edades cada vez más tempranas. Las imágenes sustituyen a las conversaciones y los algoritmos ocupan el espacio que antes correspondía a la educación. Los alumnos preguntan. Los profesores intentan responder. Pero, no siempre cuentan con la formación ni el tiempo ni los recursos necesarios y, aveces, la apatía les puede. La paradoja de nuestro tiempo es que la escuela recibe demandas crecientes de la sociedad y no tiene las herramientas adecuadas. Empezando por los propios edificios: viejos, desaseados y escasos en patios, laboratorios...
Por eso, las protestas actuales contienen algo más profundo que una reivindicación laboral. En ellas, resuena una vieja discusión sobre el sentido de la enseñanza pública. Porque si la escuela ha de seguir siendo ese lugar donde los jóvenes aprenden a vivir en común, entonces necesita recursos, estabilidad y reconocimiento. La escuela del siglo XXI además de contenidos, debe ayudar a interpretar emociones, relaciones y conflictos para los que las familias y la sociedad tampoco siempre tienen respuestas.
Llopis defendía que la escuela debía estar en contacto íntimo con la realidad. Si hoy pudiera recorrer un instituto cualquiera, probablemente descubriría una realidad muy distinta a la de los años treinta. Vería teléfonos móviles donde antes había cuadernos, redes sociales donde antes estaban las plazas y pantallas que compiten con los libros. Pero seguramente reconocería el mismo desafío: formar ciudadanos libres, un Instituto como escuela de democracia, que falta hace.
Las manifestaciones son un grito de auxilio ante una sociedad muchas veces apática ante la importancia de la escuela. Algunos conductores tocan el claxon en señal de apoyo. Otros observan con indiferencia. Los profesores siguen caminando porque están convencidos de que la educación pública de calidad es la mejor inversión para fomentar una sociedad plural, democrática e igualitaria. Ninguna reforma será posible sin los que, cada mañana, abren la puerta de un aula con ilusión. Y sobre todo, sin niños y adolescentes que puedan seguir soñando con un mundo mejor.
Por eso están en la calle. Para recordar a sus gobiernos autonómicos que la educación pública no es un gasto sino una inversión. Porque el retrato más fiel de un país se encuentra cada mañana en una escuela. Y en la importancia que decide conceder al arte de educar.
(Enviado por José Antonio Sierra)
*Julio Collado Nieto es maestro jubilado, escritor de libros infantiles, coordinador de Campañas escolares de animación lectora, articulista del Diario de Ávila, colaborador de La 8Ávila CYLTelevisión, en ViveRadio y es monitor del taller Lectura, escucha y memoria de la Fundación Ávila en el Palacio de Los Serrano. Ha colaborado y colabora actualmente en varias revistas y en antologías poéticas y de relatos.