Shehab escribe desde un territorio donde la palabra “normalidad” ha perdido cualquier significado. Sus comentarios narran la destrucción deliberada y sostenida del sistema médico en Gaza como parte de la campaña de genocidio del gobierno y el ejército de Israel. Registra turnos interminables, cuerpos que llegan sin nombre, decisiones médicas tomadas en segundos y silencios que pesan más que cualquier diagnóstico. Es una descripción sin épica, ni retórica, de alguien que no pretende ser un héroe. Describe el trabajo, el cansancio acelerado por el hambre, la muerte. Y hay una obstinada voluntad de seguir atendiendo a quien llega, aunque el hospital se desmorone alrededor.
El prefacio es impactante: ”I am a doctor in Gaza. Each day, I move through the ruins stitching wounds the world will never see. And at night, I write, because the truths cannot remain buried. If my words have reached you, it is not by accident. It is because suffering demands to be witnessed.”Es imposible decir más con tan pocas palabras . La traducción: Soy un doctor en Gaza. Cada día me muevo entre las ruinas suturando heridas que el mundo nunca verá. Y por la noche escribo porque algunas verdades no pueden permanecer enterradas. Si mis palabras han llegado hasta ti, no es por accidente. Es porque el sufrimiento necesita ser visto.
La primera entrada corresponde al 28 de junio del 2024 y empieza así: ”Este soy yo; esta es mi historia. Regresé a Gaza cinco dÍas antes de que empezase la guerra, después de nueve años estudiando en el extranjero. Volví con sueños, con esperanza, con el corazón lleno de alegría. No tenía ni idea de que todo iba a cambiar tan drásticamente que, en un instante, iba a perder a 42 miembros de mi familia el 11 de octubre del 2023. No son solo números. Teníamos vidas, teníamos historias, teníamos sueños. Éramos queridos y devolvíamos el cariño.”
Sus estudios de medicina los había realizado en Irán, pero ese aspecto de su biografía no altera el relato en el que critica fuertemente a Hamas, aunque ”rechazar sus crímenes no significa que tenga que permanecer en silencio respecto a otros crímenes.”
Esta obra intenta salvar la memoria colectiva de los restos de los bombardeos. Hay momentos en los que la voz del autor se quiebra apenas lo suficiente para recordarnos que detrás del médico hay un joven de veintitantos años que ha visto demasiado. Diario de un joven médico tiene un estilo propio: s u singularidad nace de la urgencia y de la súplica .Es devastador .
En tiempos saturados de opinión, Shehab ofrece algo más raro: testimonio. Un testimonio que incomoda, que interpela y que obliga a mirar de frente lo que preferiríamos mantener a distancia. Intenta despertar las conciencias de un mundo que les ha abandonado a él y los suyos.
Quizá por eso su lectura deja una sensación difícil de nombrar: una mezcla de admiración, desasosiego y gratitud. Admiración por la lucidez del autor; desasosiego por lo que narra; gratitud porque alguien, en medio del colapso, encontró tiempo para escribir y dejar así, para el futuro el testimonio sentido y profundo del sufrimiento de toda una nación que queda reflejado en un párrafo desolador: “Así es como nos eliminan. No de golpe sino pieza a pieza. Primero ocupan la tierra, luego el cielo y después el mar. No solo nos matan a nosotros, matan el aire que respiramos, el agua que bebemos, los lugares que antes existían. Nos dejan sin nada. Solo queda la memoria de las olas a las que no nos podemos acercar.”
En un mundo donde la información se consume y se olvida con la misma rapidez, Diario de un joven médico exige algo distinto: recordar.