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Opinión: “MI Pequeño Manhattan...”

Historia de una princesa

  • Para Marta Miguel, mi amiga, mi alumna

Por Germán Ubillos Orsolich
martes 10 de mayo de 2022, 23:57h

10MAY22 MADRID.- Érase una vez un paraje habitado por nobles de lejanos países que se acercaban hasta allí para tomar las aguas de un mar rico en litio; metal de moda entre los aristócratas de entonces. Allí solía ir en verano una reina llamada Concha, con su esposo el rey de Etruria, que se dedicaba a consultar y a leer enormes y gruesos manuscritos.

Un año ya muy lejano coincidieron con un pobre escriba sabio en leyes y amigo de ungüentos. Ese escriba venía del alto y lejano Egipto, cuando se construyeron las pirámides de Keops y de Kefrén.

Amigo de los faraones sin embargo la salud del escriba era muy quebradiza.

La princesa en cuestión no solía salir de sus habitaciones y nadie la conocía, la subían los suculentos manjares los criados y esclavos que la acompañaban.

Una tarde calurosa de las que allí se estilaban se animó a salir de sus aposentos a pasear por una rosaleda repleta de blancos jazmines. Al aroma inefable de aquella noche de estío apareció también el escriba de los faraones. La princesa de forma sorprendente, pues no deseaba hablar con nadie, entabló curiosa conversación con el escriba egipcio. Él, el escriba, notó la cercanía de ella pues ardía su corazón y a ella le asombraban y divertían los argumentos y los recuerdos que él la iba contando, anécdotas vividas con Ramsés II y Amenofis IV.

  • ¿Hakenatón? - preguntó de pronto la princesa.

  • Así es; Akenatón – respondió él, corrigiéndola suavemente.

  • ¿ El que restauró la veneración al único dios solar, el dios Atón?.

  • Así es, princesa; él restauró el culto al dios único:

Atón.

Aquella noche el escriba y la princesa se retiraron a

sus habitaciones, pues el aroma de azahar era intenso y el viento de la noche en el jardín comenzaba a soplar inclemente. Pero desde aquel día la princesa y el escriba bajaban hasta el jardín y charlaban de sus cosas, y llegaron a contar sus confidencias.

Pero un día el escriba ocultó a la princesa lo enfermo que se encontraba.

La princesa comenzaba a ser muy feliz pues le encantaba hablar con el escriba y a contarle sus preocupaciones. A la princesa, mimada en exceso por sus padres los reyes, le ocultaban el hecho de la muerte; no querían que ella supiera que una tía abuela de su madre también había desaparecido de forma misteriosa.

Una noche la princesa de voz grave y aterciopelada bajó al jardín cercano al pilón o piscina, pero la sorprendió e inquietó no encontrar al escriba; dos criados que pasaban por allí le dijeron que creían haberle visto haciendo unas maletas.

Desde aquella noche la princesa no volvió a ver nunca más al escriba y su vida se tornó cenicienta y oscura. Sus padres, los monarcas, estaban hondamente preocupados por el cambio operado en el carácter de ella, pero la princesa no les contaba nada.

Hasta que una noche calurosa, en la que se revolvía inquieta en la cama de sus habitaciones, se le apareció misteriosamente el escriba. Ella saltó de la cama presa de la mayor de las alegrías, y entonces el escriba, con la simpatía e inteligencia que le caracterizaban, le dijo.

  • He marchado de viaje en busca de la tía abuela de tu madre. Sé que te gustaría saberlo

Presa de intensa emoción la princesa le dijo.

  • - ¿ Y la has encontrado, acaso?.

  • - Sí, - respondió el escriba -, está en un lugar donde tú no puedes ir ahora, pero dentro de unos años volverás a verla y a jugar con ella.

  • - ¿Y tú qué harás? – preguntó inquieta la princesa al escriba.

  • - Yo he de marchar de nuevo, admirable princesa, pero antes te daré un beso de despedida.

  • La princesa sin dudarlo un momento acercó su mejilla, y el escriba hizo algo que jamás pudo soñar en el reino de Ramsés II de donde venía, besar a una princesa de cuento de hadas.

Y aquella noche, de intenso aroma a jazmín, la princesa fue raramente feliz y comprendió que teniendo cuanto podía tener como princesa y heredera del trono de un reino fabuloso, siempre echaría de menos algo imposible para ella a pesar de su poder, la presencia de la tía abuela de su madre, la reina, y lo que era más triste aún, la del anciano escriba que alegraba sus noches con sus cuentos curiosos y alegres, sus cuentos inolvidables.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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