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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

La hora de la nostalgia

La hora de la nostalgia

Por Germán Ubillos Orsolich
sábado 07 de agosto de 2021, 19:00h

07AGO21 – MADRID.- Carolo querido, siento nostalgia de ti, de nuestro caminar por el paseo del pintor Rosales, de nuestras charlas profundas y amenas tanto de libros, como de filosofía o temas eclesiásticos o de chicas, pues a ti te encantaban las mujeres como a mí, solo que de una forma santa.

Siento sobre todo nostalgia de ese punto de referencia incomparable que tú suponías para mí; la verdad absoluta, el centro del universo bien que plagado de dudas e incertidumbres, tu reflexión permanente en relación con la muerte, ese misterio para los dos.

Creo haber sido uno de tus interlocutores más valiosos, pobre de mí, junto con José Mari Bordona, Juan Luis Vives y Paloma Gascón. Tú me llevaste a ver a Paloma cuando estaba deprimido, tú me cuidaste y me acompañaste cuando todos me abandonaron perdida la fama efímera y la gloria perecedera de este mundo lleno de miserias.

Tú eras la fe inconmovible, la misa diaria, la Eucaristía, la oración en silencio, la contemplación. El intelectual absoluto, el pensador, el filósofo, un lujo de amigo del cual hoy me siento indigno. Yo llevaba el oropel y tú la sabiduría, yo la vanidad y tú la santidad. Tu dedo índice marcaba el destino de los seres humanos; mi destino. Eras todo para mí y te has marchado así en silencio, sin hacer ruido, preguntando con voz débil al teléfono por mis veleidades, mientras te estabas muriendo.

Eras una mezcla de sentido del humor fino e incomparable, de educación exquisita, de sencillez y de mesura dentro de la sabiduría.

Te debo tanto que no podría pagarte aunque viviera mil años; la compañía imperturbable durante mi terrible depresión endógena, que nadie puede imaginar lo que supuso eso. Tu compañía en la juerga de las enfermeras de Albacete, con Sera, mi novia de entonces, a la que tú tanto querías y que ella te correspondía. Sera, que venía a ser la Aurora de aquellos tiempos; curioso asunto, pues te llevabas mal con Aurora, o la temías y respetabas, y bien con Serafina, el invento salutífero de una maga de las relaciones públicas, por cierto tan rara como tú o como nosotros dos, o más.

Bien, Carolo. Al final venías a verme a casa todos los sábados con nuestra común amiga Elena Shaw, y unas empandillas o unos pastelillos, o una ensaimada o una empanaba. Antes de marcharte nos presentaste a otra fuera de serie a Margarita Ezenarro.

Pero el hecho terrible es que te has ido, te has marchado a ese mundo al que has dedicado gran parte de tu vida y de tu pensamiento creativo, - al mundo de lo invisible -; ese pensamiento inconfundible e indestructible que era el tuyo tan personal, pues tú eras un pensador, un gran pensador especialista en los místicos.

Y nos deleitaste con tus conferencias mezcla de sabiduría e ironía, como ese Rex Harrison de “May Fair Lady” que parecías cuando te sentabas ante la mesa, con tu vasito de agua delante y tus papeles ante el auditorio de fans entregados, entre los que yo me encontraba, en la fila segunda o tercera, generalmente solo.

Es duro, muy duro, es más bien terrible no volverte a ver en esta vida frecuentemente tan árida, pero a la vista del panorama cada vez peor, aunque no sepa con certeza donde estás, espero reencontrarte algún día – contando con la infinita misericordia del Señor – en algún lugar, quizá más allá de la estrellas.

Carolo, querido, un abrazo hasta entonces.

Tu amigo, Germán.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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