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Mis Amigos Famosos" (4)

Celia Gámez. “Madrid era una fiesta”
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Celia Gámez. “Madrid era una fiesta”

A Mercedes Roldán, la mejor psicoanalista del mundo

Por Germán Ubillos Orsolich
lunes 14 de junio de 2021, 21:32h

14JUN21 – MADRID.- El hecho de que un país en un momento determinado de su historia económica, política o estructural deje bastante que desear en relación con los momentos institucionalmente relevantes de su historia, no tiene nada que ver con el grado de dicha de sus habitantes; es algo parecido a lo que ocurre cuando se ausenta el jefe (la muerte esencial no existe), notamos, sentimos que no nos falta su inteligencia, ni su profundidad, ni sus consecuencias o reflexiones, nos falta su amor, echamos de menos lo que nos quería, lo que nos acompañaba con ese amor extraño por maravilloso, embriagador y cautivante.

La España de los años cuarenta, cincuenta y hasta los sesenta del siglo ya pasado no sobresalió por su riqueza, ni por sus logros económicos o políticos, pero sobresalió sin embargo en el alto grado de acompañamiento, divertimento, entendimiento y transfer entre sus habitantes. Habitantes a lo fascista del bigotito o el pelo engominado, pero con ese entrañable amor, acompañamiento e ilusión que nos daban, que nos brindaban como un perfume o ambrosia sobre los hombros y la cabeza, como una nieve brillante del polvo de las estrellas que nos cayera.

En plena Gran Vía Madrileña estaba el inefable Perico Chicote, con su bar de copas internacional a quien el maravilloso y eterno compositor mejicano Agustín Lara dedicara frases de su chotis “Madrid”. Y aquí venían en mística peregrinación hombres y mujeres a rendir tributo y homenaje a nuestro tantas veces maltratado país. Ernesto Hemingway, Orson Welles, Ava Gadner, Kirk Douglas, Charlton Heston, Gerald Brenan, Tyron Power, Eva Duarte de Perón, el general Eisenhower, Alejandro Fleming, Gregorio Marañón y Bertrand de Lis, José Ortega y Gasset, Pedro Laín Entralgo, el general Millán Astray, Ramón y Cajal, y hasta la mismísima Celia Gámez, novia según llegaron a decir al borde del matrimonio del propio Millán Astray, y por un cierto tiempo en la égida de un personaje casi desconocido por sucinto y austero, retirado en el palacete de El Pardo, cercano a Madrid, y que no quiso habitar el grandioso Palacio de Oriente, como deseaban y soñaban sus pelotilleros que eran legión, aunque después le traicionarían vilmente muchos de ellos.

Sí, fue una época para echarse a llorar de nostalgia y de gloria en una aparente miseria económica, pues aún no habían llegado los chicos del Opus Dei; Alejandro López Bravo, Gregorio López Rodó, Ullastres, Castiella y compañía.

Sé que se van a reír muchos de ustedes, y me van a escupir, y que no me van a publicar esto, pero les propongo una sola cosa, a ver si son capaces de nombrarme algún personaje actual con el prestigio, la categoría, el aura y la leyenda de alguno de los diez, quince o veinte que he nombrado.

Pues bien, yo de seis o siete años y mi abuela María, con su abrigo de astracán, sus collares de perlas y sus zapados negros de charol del color de sus bolsos inefables, me llevaba al teatro Martín y al Maravillas, a ver “La Hechicera en Palacio”, “Las Leandras” o “El Pichi” de la argentina afincada en España Celia Gámez, musa del ministro de Franco y jerarca José Solís Ruiz, y de Gonzalo Fernández de la Mora, el del “Crepúsculo de las Ideologías”, y del propio Millán Astray, pues Celia era Celia, la reina del Chantecler, de la clase media acomodada española, culta, educada, gentil y laboriosa, creación del Jefe del Estado, como la Sanidad, los grandes hospitales, la carreteras y los embalses del agua, pantanos para que pudieran beber los españoles en aquellas sequías pertinaces. Y el polvo de andamios y de zanjas que tanto Gary Cooper, como Charton Heston, se secaban con el dorso de la mano y del brazo ante la estolidez estupefacta de quienes les contemplaban anonadados.

Porque tanto Heston como Cooper, como Ava G. o Ernesto H. venían medio alcohólicos, medio desesperados, a alimentarse de España, de su espíritu - “La reserva espiritual de Europa” -, a ver la corridas de toros con Manolete y Luis Miguel Dominguín y su esposa Lucía Bosé.

Ellas se alimentaban del varón, de su contemplación, y ahora de mierda, - con perdón – parodiando a Cela, don Camilo.

Pues bien, a los sones de “La estudiantina portuguesa”, o del “Chotis Madrid”, la Celia, la Celia de España, paseaba marcialmente por el escenario regalando corbatas a los varones de las filas primera y segunda de sus teatros, entre ellos a mí, a Germanín, el nieto de la Abuela María, con ese señorío y gracejo que ella tenía. Y así, entre los muslámenes de sus coristas y las voces de sus boys afeminados me crié.

¿Quién puede hacerse ahora carrera de mí, quién definir lo que es la esclavitud de los pecados?, ¿mi pobre párroco, mi amigo Carolo que está en el cielo?.

No. Celia Gámez, la novia de España, mi amiga, la de los nardos apoyaos en el cadera, es la que formó y conformó con su voz aguda y desgarrada el alma que de este hombre viejo que os escribe, y sé y me consta que esto no es ni la sombra de aquella nación de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Porque Celia Gámez, la Gran Celia, si no amiga corriente sí ha llegado a ser mi amiga del alma, la de la España que pudo ser y no fue, la España insólita donde las noches del estío caluroso y del invierno gélido y oscuro, lucía siempre una luz permanente en un bar de copas, donde posiblemente al terminar la última función de noche aparecía ella a tomar un café con leche en compañía de aquellos personajes eternos e inmortales; mientras yo, niño aún de pocos años, dormía ignorante y feliz ajeno aún a tantos azares, en mi casa de la calle de Alberto Aguilera o quizá todavía la de Hilarión Eslava, frente a la Plaza - muchas veces nevada por aquél entonces -, de la Moncloa.

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