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Cuento: “Columna del Bárbaro Gentil...”

Letanía en el Altiplano

Por Carlos Morales Fredes *

jueves 06 de mayo de 2021, 01:39h
Letanía en el Altiplano

06MAY21.- ¡Mátenme, por favor!

La irracional solicitud llegaba a sus oídos verbalizada en un tono de genuina desesperación.

Como funcionarios de uno de los retenes fronterizos situado a más altura –con relación al nivel del mar– las vigilias cotidianas – ejecutadas dentro del cumplimiento de sus deberes policiales– de continuo les deparaban más de algunas sorpresas.

La niebla ponía una orla de encajes a los faldeos cordilleranos, del altiplano chileno, y una tenue llovizna salpicaba el parabrisas de su patrulla al ser informados que un chofer había dado aviso del accidente de un camionero boliviano. Obstaculizada por la serpentina cadena montañosa, la señal de radio llegaba un tanto distorsionada, por lo que acudieron al lugar sin tener mayor información sobre el percance.

Mientras el furgón institucional eludía cerros y sorteaba barrancos, acercándose al sitio del incidente, pudieron divisar –desde lo alto de la cuesta– un camión estacionado a un costado del camino junto a una pequeña camioneta. El sujeto que salió a su encuentro se veía en extremo conmovido.

¡Es terrible!, exclamó a modo de preámbulo, al parecer el camión sufrió un desperfecto en su tracción y el conductor, intentando detectar el problema, se metió bajo la máquina, ¡y quedó atrapado por la carrocería! Yo hice lo humanamente posible por sacarlo de ese lugar, pero no pude. Harían falta herramientas especiales y una “gata” hidráulica de gran tonelaje, para levantar el vehículo.

Tratando de visualizar la situación y preocupados de no ensuciar sus uniformes, se encuclillaron donde asomaban las piernas del accidentado. Al verlo, perdió todo sentido el trivial cuidado puesto en sus vestimentas.

El hombre estaba inmovilizado, por la presión que ejercía sobre su cráneo el eje trasero del pesado armatoste.

Al estacionarse en la berma no se había percatado de que el terreno estaba conformado por diminutos cascajos de grava o piedrecilla. Debido a la composición del suelo y a la lluvia, la superficie bajo los neumáticos comenzó a ceder con imperceptible y milimétrica lentitud, consiguiendo que el transporte se deslizara hacía un costado. Momentos después, mientras el sujeto manipulaba un mecanismo trabado, la carrocería bajó de súbito un par de centímetros, atrapándolo. La presión ejercida, por la masa del vehículo sobre su cráneo no fue muy severa, pero bastó para inmovilizarlo contra el piso. Por una trágica paradoja, su cabeza había quedado posada sobre una superficie de distinta naturaleza geológica, haciendo infructuosos los esfuerzos por excavar, pretendiendo liberarlo.

Ni los solidarios intentos por usar aparejos de camiones que se detenían en el lugar, ni el ingenio aguzado por la desesperación de sus conductores, consiguieron atenuar el sufrimiento del infortunado individuo. Sus desesperadas y primitivas súplicas, fueron transmutando a conmovedores gritos que la geometría de los cerros parecía multiplicar.

Las características propias del terreno, hacían inútil el uso de dispositivos mecánicos, para rescatarlo. No había donde sustentarlos.

Con el paso de las horas, la presión sobre su cabeza se fue tornando insoportable. Una entrecortada letanía de rezos empezó a brotar desde sus labios, mientras que –como un involuntario tributo a la Pachamama– una aureola sanguinolenta se espesaba junto a su cara.

La masa de nubes cedía perezosa y la lluvia amainaba, al rogar que lo matasen o le pusieran un arma en la mano. Ninguna de esas posibilidades estaba al amparo de la legalidad o de sus principios. Eran –antes que nada– representantes de la ley.

Pero nunca estuvieron tan cerca de olvidar sus sólidas convicciones, como cuando –tras un espeluznante chasquido– sintieron colapsar el cráneo del infeliz camionero. El breve, pero macabro sonido, amalgamado al último grito del hombre, desgarró la insonoridad de la altiplanicie andina tanto como a sus propias almas.

Cuando el desdichado transportista dejó de existir, el crudo sol de la puna caía sobre unos charcos de aguas lluvias, haciéndolos brillar bermejos, purpúreos.

* Carlos Morales Fredes – Es un poeta, narrador, cronista, (1951) chileno, residente en la ciudad de Arica, en el extremo norte de Chile. Es socio fundador del Club de Lectura “Cuenta conmigo”. Columnista del periódico ariqueño “La Estrella De Arica", periódico en el que ha conseguido ser el columnistas más leído. Primer premio regional en poesía (1986). Premio especial prosa en concurso nacional de Empresas Denham (2008). Obtuvo en dos oportunidades el “Premio a la creación” del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con sus obras “Ausenciando”, (cuentos, 2008) y “De Corín Tellado y otras novelas de bolsillo”, (novela, 2015). Es autor de “Crónicas de aeropuerto”, “El resucitador en serie”. Ha participado en numerosas Antologías: “Avisos desclasificados Vol. I”, “La Nueva Nortinidad”, “Catálogo de Escritores de Arica y Parinacota”, (Cinosargo). “Identidad y Pertenencia”, “Muestra Literaria de escritores de Arica y Parinacota”, (Cinosargo), “Antología De Los Extremos De Chile”, Arica–Parinacota, Magallanes–Antártica. Antología de escritores de Arica–Antofagasta, “Antología del Cuento Chileno vol. II”, (Mago Editores), 2016, “Los Diez Mejores Cuentos de Arica–Parinacota” (2018), Antología Binacional Arica–Parinacota, Chile. Madrid–Valencia, España. Su obra “De Corín Tellado y otras Novelas de Bolsillo”, ha sido incorporada por la Doctora Soledad Maldonado Zedano, a su cátedra en la Universidad San Agustín, Arequipa, Perú. (2019)

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