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Cuento

La Maleta Mágica

  • Por Mafer – desde Santiago de Chile

martes 04 de mayo de 2021, 03:58h
La Maleta Mágica

La noche era oscura, yo contemplaba las estrellas y todo lo que había a mi alrededor. No recuerdo, exactamente, la fecha. Era una de las tantas noches de mi adolescencia.

Como muchas veces, pensé que nada tenía en mi vida. Nada concreto que hubiera nacido de mí, solo sueños y palabras como dos únicos amigos. Esa era mi situación: nada era y nada tenía. Y lo que tenía no era de mi propiedad porque tal vez mi única pertenencia de gran valor eran mis padres, pero tampoco eran míos, por el contrario, yo les pertenecía a ellos; me habían creado. Mi sensación recurrente era que de mis manos nada había surgido hasta mis 19 años.

Había vivido la mayor parte de mi vida amenazado por dos sombras, una conocida y otra no: mi pasado y mi futuro, y éste me atormentaba más que aquél.

Inevitablemente, mi maleta estaba lista para partir. Era invisible, pero el mundo podía ver su contenido. Llevaba todo lo que se puede necesitar en un viaje largo hacia lo desconocido: fe, paciencia, cariño, ilusión, esperanza… Ésas eran mis pertenencias. En el doble fondo (oculto para los demás), llevaba mi alimento: amor.

Pensaba en esto mientras me alejaba de mi hogar. Repentinamente, me sobresalté por el sonido del auto que llegaba en busca de sombras encubridoras que protegieran a sus ocupantes de miradas curiosas. Al pasar junto al coche me di cuenta que la chica no tenía más de 20 años y él, no menos de 40… pero eran felices o al menos buscaban la felicidad entre aquellos árboles. Mi estado de ánimo no estaba como para observar una fugaz escena de amor en aquella moderna alcoba rodante. Tomé mi maleta y proseguí mi andar.

Me alejé del lugar con la precaución de no pisar algún caracol en el pasto. El ruido que aquello producía me recordaba el sonido que había tenido mi corazón durante toda mi vida; al menos yo la llamaba vida.

De pronto, escuché música que venía de una fiesta en alguna casa lejana. No me quise dirigir hacia allá porque era muy probable que a mí me aceptaran, pero no me separaría de mi mágica maleta; ya en esos tiempos mi equipaje era considerado como un verdadero contrabando.

Por esos meses, abandoné mis estudios por el mismo problema de la maleta… y como iban las cosas, abandonar mi hogar se debió a que dentro de poco también me la rechazarían.

Caminé toda la noche hasta que llegué a la nieve. No sentía frío, porque iba muy bien abrigado con un chaleco tejido por la misma persona que me regaló aquella especial maleta, la única que un día lloró por mi causa: mi madre…

En casa, seguramente, todavía no sabían de mi ausencia. Los vecinos que me vieron salir al caer la noche, tampoco sospecharían debido a que mi maleta era invisible.

Con el correr de los minutos, pude comprobar que mi viaje había comenzado.

¿Cómo relatar un trayecto del cual aún no se ha regresado? No sé, pero trataré de explicarlo con una mezcla de hechos pasados y presentes, porque mi travesía aún continúa...

No es mucho lo que he aprendido desde ese día. Solamente a desconfiar. Lejos en el tiempo y en el espacio quedó mi hogar. A pesar de eso, creo que en estos momentos estoy más cerca que cuando lo abandoné.

Durante el recorrido, muchas veces me di (o me doy) tiempo para escribir; siempre quise ser algo así como poeta o escritor o… lo que soy.

No he pasado hambre, no he pasado frío;

no he visto a mi madre, no niego que he sufrido”.

Conocí amigos y también a una chica, pero fue triste porque ella no me conoció.

¡Y qué decir de los problemas causados por mi maleta…! En “la aduana de la vida” trataron muchas veces de violentar sus seguros.

Pero volviendo a los episodios más importantes de mi odisea, (aunque los intentos de violación de mi maleta también lo fueron) quiero contar que hubo una oportunidad en que tuve que recurrir al doble fondo antes citado.

Mencioné a una chica, era muy simpática y conmigo -al menos- fue sincera. Si yo hubiera tenido algo en la vida, habríamos permanecido juntos, probablemente, una eternidad; pero aún nada tenía.

Para ella, nuestro amor (si fue eso) era maravilloso. Para mí no tanto porque conociéndome sabía desde un principio que quizás no prosperaría. Un día gris tuve que decirle adiós.

Abandonarla me produjo una gran pena porque me quería, y aceptaba gustosa la compañía inerte de mi maleta. Nunca pude explicarle cómo había llegado a ser dueño del mar y las estrellas, pero que en cambio ni los zapatos que llevaba puestos eran míos. Cuando nos despedimos me dijo:

Eres dueño del mar, y dueño de las estrellas;

siempre te esperaré, hasta el día en que tú vuelvas”.

Juró esperarme en la misma ruta por la que voy en la vida. También quiere llegar a ser dueña de las estrellas y el mar.

Durante mi periplo tuve que alimentarme. Una vez encontré una gallina, la conservé casi por un mes, pero fue necesario deshacerme de ella porque me daba dos grandes problemas: los huevos me estaban enfermando del hígado, y no tenía donde guardarla porque mi maleta era invisible. Debí trabajar para comer, ya que las frutas y verduras que eran lo único que podía conseguir gratis, me tenían hastiado.

En otra ocasión, me encontré con “un colega”, él era dueño de la luna; pero no la supo cuidar y al poco tiempo la perdió.

¿Locura?

La última Navidad fue la más triste que he pasado. Estuve tan mal, que casi pierdo mi maleta.

Una Navidad sin regalos, ni amor;

es un gran daño, que afecta al corazón”.

Esa Nochebuena nunca la olvidé. Lo recuerdo como si fuera ayer. Triste, soñoliento, cansado.

Pero nadie me pidió que hiciera este viaje, solamente… me obligaron.

Fui amigo de los perros y también de la basura; pero jamás robé dinero, jamás dije una mentira, jamás descuidé mi mar y mis estrellas.

Me da pena recordar esos días. Más aún, me da pena pensar en ella…

¿Se refleja en todo esto el porqué de mi tristeza?

Pero hay más.

Lo que verdaderamente me aprieta el alma es que nadie crea en mi historia. Nadie, ni siquiera el médico que me hizo la ficha de ingreso a este feo y frío Hospital Psiquiátrico.

*Marcelo Fernández Romo.- Chileno (1953). Es médico por profesión y escritor por pasión. Titulado en 1979, abrazó la pediatría, vocación que ha desarrollado por algo más de 40 años. Comienza “formalmente” con sus publicaciones en el año 2002, en que se somete a una operación por una grave enfermedad y durante su convalecencia escribe un primer libro, De paciente crítico … a crítico paciente en el que realiza desde su perspectiva ética, una dura crítica al sistema de salud imperante en el país, opinando sin embargo desde el asiento del paciente y no del médico.

Diez años después escribe un segundo libro, Y el paciente continúa crítico de tenor similar al anterior, con espíritu comparativo.

Al cumplir 40 años de médico, en el 2019, publica un tercer trabajo, en modo testimonial, “Sincuenta” vivencias médicas, graficando emotivas situaciones de su diario vivir como galeno.

Durante los primeros meses de la cuarentena por Pandemia Covid-19, aprovecha el confinamiento para dar forma a un cuarto libro, ¡Cuántos cuentos contados! en que recupera y remoza ficciones, pequeñas novelas y crónicas, que venía atesorando desde su época de adolescente. Y lejos de complicarse por ese encierro, también en el año 2020, participa telemáticamente escribiendo como colaborador en el libro Zapallar, una comuna, seis localidades una ilustrativa historia sobre ese balneario, editado por la propia Municipalidad.

Paralelo a sus actividades médicas, se desempeña como columnista y corresponsal en Chile de Euro Mundo Global, desde el año 2009.

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