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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

La Sanidad vista por un noctámbulo

lunes 18 de noviembre de 2019, 11:45h

17NOV19 – MADRID.- Este articulo lo clavarían César González Ruano, Miguel Mihura o Julio Camba, los tres eran noctámbulos y los tres hipocondríacos, pero los tres destilaban un humor inefable que yo no poseo y los tres eran tres genios y yo tampoco lo soy. Solo puedo decirles que aquellos monstruos provistos de escafandras y subidos pica en ristre, a Rocinantes guarecidos de petos y asalariados del Estado, estaban prestos para hincarles esa pica a las primeras de cambio, provocándoles la asfixia y la parálisis general.

Pero bueno dejemos las simbologías y a lo que vamos, dentro de la Sanidad Nacional – de las mejores del mundo – y provisto de esa escafandra simbólica, me he sumergido en un tiempo casi récord para un ser humano - gracias a esa mala salud de hierro que todavía me acompaña – en lo que voy a contarles.

Gracias a esa desgracia, aunque nunca se sabe, he pasado noches enteras ingresado en planta del Hospital Clínico de San Carlos (Sanidad Pública); Hospital de Madrid (Sanidad Privada) y aunque no totalmente en la Clínica de Navarra, recién inaugurada en la capital del Reino y propiedad de la Obra, esto es del Opus Dei, obra arquitectónica inefable en su belleza, digna del mejor Le Corbusier, Fisac y Van der Roer.

No voy a contar mis dolencias pues parecería “el Pupas”, y no se den por aludidos los seguidores de cierto equipo de fútbol por mi muy estimado y querido, pero mi pobre esposa no daba abasto a coger taxis y ambulancias, y yo sacaba las tarjetas sanitarias correspondientes a cada hospital como si fuera el Gran Houdini o un gran mago.

Hay que destacar que la noche capitalina, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada es digna de ser vivida y muy difícil de describir con palabras corrientes y molientes, sobre todo al no tratarse de un borracho de tomo lomo, sino de un simple enfermo no muy grave y desde luego hipocondríaco.

Madrid a esas horas de la madrugada es una joya refulgente, vacía y silenciosa, como un paraíso de cristal o de hielo, del lujo y de la luz, del que hubiesen sido desterrados todos sus habitantes; y es entonces cuando te das cuenta, dentro de la ambulancia o del taxi, lo que supone vivir en el siglo XXI en uno de los países más avanzados del planeta.

Dentro del Hospital la cosa ya es distinta. El día no ha sido malo, han venido a verte los médicos, los parientes, los amigos e incluso si tienes suerte algún enemigo que otro. Pero ¡ah, la noche se presenta como algo enigmático y pronto se comprenderá que interminable, algo así como diez veces el día, caso de no haberles dejado “chutados con un buen cóctel de anestésicos y de morfinas”.

Como ese casi nunca ha sido mi caso he podido disfrutar de la Cruz de Cristo – como la llamaba - paladeando sus más pequeños detalles y abriendo acta como un notario de sus características tan diferentes y opuestas a las de la mañana.

Empecemos por decir que un enfermo de hospital debe pasar la noche completa tan dormido natural o artificialmente como un tronco, en caso de no ser así debería ser trasladado a su casa inmediatamente o suministrarle un somnífero o barbitúrico capaz de originarle el último viaje, del cual según Machado jamás has de tornar, o en palabras textuales de la pintora mexicana Frida Kahlo, de “no volver jamás”.

Yo personalmente, de sueño fragmentado y malo, pasaba la noche “en mi cunita con barrotes y barandilla especiales” para que no pudieras escapar de ninguna de las maneras.

He de afirmar que el objetivo del Hospital es curarte pero juro que por las noches no lo parece y si un castillo de los horrores donde en habitaciones cercanas a la tuya torturan a otros pacientes de las formas más sádicas y sofisticadas, como el caso de aquella pobre mujer cuyos lamentos, quejidos y gritos pasaban quizá del horror del dolor físico al no menos terrible de sentir la soledad más absoluta en una noche lóbrega y eterna con el impedimento total de no poder salir de la cunita; algo tan terrible créanme como el purgatorio ideado por Dante o por la Santa Inquisición, y que queda descrito y plasmado hasta la saciedad por las noches en vela pasadas en ese Hospital Público.

A la mañana siguiente los médicos especialistas impecablemente vestidos como iban los agentes de las SS o de la Gestapo, pasan revista a los prisioneros, perdón enfermos, los cuales no dicen nada o sacan las lenguas blancas e inmaculadas, o en el peor de los casos algún loco como yo se atreve a decirles que en aquel castillo de los horrores ha pasado la noche escuchando como torturaban a una pobre prisionera; perdón, enferma.

(Continuará con “La noche en la Sanidad Privada”)

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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