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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

Elogio de la familia

viernes 22 de febrero de 2019, 02:37h

22FEB19 – MADRID.- En estos tiempos que corren de vientos huracanados y tempestuosos en los que todo se pone en solfa y a bien decir por el papa emérito Benedicto XVI reina el “relativismo”, frase y concepto bautizado y esgrimido por él para definir cuanto nos acontece, esto es una época y una moda en la que cada cual, cada ciudadano es legislador y rey de su propias creencias personales y autor - ejecutor de sus propias leyes, en este Reino de Taifas hablar bien de la familia y en particular de la “familia cristiana” en la que yo me crié y crecí, parece un anacronismo, pero puedo declarar sin duda alguna que la familia tal y como se la conocía, tal y cuál es, es “el invento del siglo”.

Base y fundamento del Imperio Romano, la familia regida o presidida por el Padre de Familia, con la legendaria “auctoritas patrum”, es lo que la ha dado sentido, fuerza y legitimidad en toda sociedad y con ella a toda civilización. En nuestro caso la “civilización cristiana”.

Algo está perdiendo Occidente de fundamento valiosísimo en “sus raíces cristianas”, proclamaba una y otra vez el “Santo Súbito” Juan Pablo II.

La familia tal y como se la concebía era el baluarte o castillo o fortaleza, donde finiquitaban toda las insidias, malevolencias, traiciones y vicios del mundo externo lleno de peligros y acechanzas.

Normalmente el padre trabajaba de sol a sol, a veces con dos y tres empleos para llevar el alimento, los vestidos y la casa de toda la familia. La madre de éste modo se dedicaba a alimentar y al cuidado de los hijos. Los abuelos vivían en el seno de la familia hasta que terminaban sus vidas a la vista de los hijos y de los nietos, incluso los más pequeños. Esto daba a la vida y a la muerte una naturalidad que en los momentos actuales brilla por su ausencia.

Por otro lado la familia y su habitáculo, el hogar, solía tener una ideología y forma de conducirse uniforme y concreta para todos, lo que en determinados periodos de la tan denostada dictadura llegó a definirse como “la reserva espiritual de Europa”.

La Europa evangelizadora y conquistadora del Nuevo Mundo venía a coincidir en esencia, con ese modo de hacer y esa visión de España.

En esa estabilidad económica y emocional, protegida de los peligros e incertidumbres el mundo externo, los hijos iban creciendo y formándose a las mil maravillas.

Por supuesto que también estaban las familias agnósticas, pero generalmente en cuanto a sus límites cursaban del mismo estilo.

Los conflictos, las complejas tomas de posición, las decisiones más o menos trascendentales las tomaba la persona cuando ya había salido por cuenta propia de las alas protectoras de sus padres.

Esas personas estaban así “informadas y “formadas”, informadas como lo solemos estar ahora, pero a su vez formadas, esto es sabiendo “a priori” la decisión que debía tomarse en cada momento, lo que les hacía curiosamente libres, cosa que hoy no lo son tanto pues pertenecer a un grupo de amigos, a las llamadas “redes sociales” supone una cierta uniformidad entre ellos.

Esa formación será católica si estudian en una universidad católica, y civil si lo hacen en un centro civil. A parte, por supuesto, está la educación dentro del hogar.

Esa vida en familia, departiendo y contando experiencias antes y después de cada comida, es algo que nunca olvidaré.

Cuando en el mundo que vivimos recibo noticias de separaciones, divorcios, incluso en edades cercanas a la vejez me lleno de tristeza y de alarma. Volver a vivir solo o sola supone un coste elevadísimo, volver a montar otro hogar. Sentir la soledad. La nostalgia, la conciencia del fracaso, puede ser y es algo demoledor.

Jesús, el maestro, nació en Belén y vivió en Nazaret con José y con María, sus padres terrenales en el seno de la llamada Sagrada Familia. El Padre Celestial no se ha resignado a existir en soledad, está custodiado por tres personas que conviven: la Santísima Trinidad. Así que comprobamos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento el esfuerzo que hace por relacionarse con los demás, empezado por el mismo hombre, del que se quiso revestir para así participar mejor de sus tristezas y de sus alegrías, de sus sueños y adversidades.

Somos unos hombres y mujeres sociables salidos de un Dios sociable. Y El Hijo de Dios encarnándose como humano en el seno de una familia, la familia humana, como uno de los bienes y de los dones más deseables que este planeta azul y este viejo continente aún nos pueden ofrecer.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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  • Elogio de la familia

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    2668 | CARLOS ZORNOZA OREJANA - 22/02/2019 @ 07:54:01 (GMT+1)
    Se echan en falta éste modo de pensar.

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