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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

Reflexiones dentro de la reflexión

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

jueves 16 de febrero de 2017, 11:05h
Reflexiones dentro de la reflexión

16FEB17 – MADRID.- Siempre me ha gustado observar, pensar, reflexionar, sin duda desde aquella “infancia mágica” del niño postrado en el lecho de escayola movido en una especie de coche alargado con ruedas que solían empujar mi madre, la tía Angelina, Águeda, la mujer encargada de mis cuidados y en ocasiones algún amigo o las chicas del servicio.

Aquella parte de mi vida la recuerdo como excepcionalmente feliz, ya que un niño de mi edad es suficientemente feliz si se siente querido por sus padres, hermanos, amigos y allegados, y en mi caso eso fue excepcional. Bien atendido en todo momento y alimentado, quedaba entonces a placer del mundo de fantasías, percepciones, escuchas, y el cielo maravilloso y velazqueño del Madrid de entonces, o los pasillos y estancias en los que transcurría mi vida, en la capital o en San Lorenzo de El Escorial, lugar de los largos veraneos de entonces.

Esa fase primera fase de inmovilidad y cuidados hizo de mi un joven no dado a la actividad física pero sí, al decir de Pepi, mi maestra literaria y artífice de mi vocación, a un ser “profundo, inquieto y soñador”. Ella, que me quería como nadie y era además de extraordinario talento, añadiría generosamente; ”Lo mismo profetizas el dolor, que compones hermosas serenatas”. No quedaba ahí la cosa, pues en el caluroso Benidorm de aquel verano de los años sesenta, en que nos conocimos, añadió de forma lapidaria acerca de mi juvenil persona. “Analizas la vida con graciosa intención, tienes palabra fácil, mordaz y mesurada”.

He de decir, como sabéis muchos de vosotros queridos lectores, que siempre fui un buen conversador y lo que considero más importante un gran “escuchador”, eso que después tanto admiré y valoré en los confesores y posteriormente en los psicoanalistas y psiquiatras.

Aquí ya es fácil deducir que aquella inmovilidad obligada de mi infancia enfermiza dio origen a mi fantasía inagotable, que es sin duda mi cualidad más personal, yo no soy un especial erudito ni jamás lo he pretendido, ni tampoco un estilista exquisito ni un dominador de un extenso lenguaje, pero si me considero una persona con una fantasía excepcional, una imaginación con pocos precedentes. En América o en Inglaterra hubiera dado un juego ilimitado, pues aunque he sido guionista de Televisión Española, novelista y sobe todo autor teatral considerado, lo que me siento sin duda es un buen argumentista, esto es, inventor de argumentos. Hubiese necesitado un ejército de guionistas y tres o cuatro buenos directores y realizadores para haber hecho en los dos países a que antes me he referido una labor inolvidable. Que no ha podido ser no por culpa de mi pequeño y gran país sino por mi mala salud, que me ha perseguido a lo largo de toda mi existencia en este solar patrio, eso sí sin acabarme de liquidar del todo y como ahora estoy en trance de que me acaben de finiquitar, quedos lectores, rajándome de nuevo en un quirófano -imaginen el mal gusto y menos a mi edad -, por eso os escribo.

Pepi, aquella mujer inolvidable y autodidacta, que sin duda me espera en un lugar reservado por el Creador de todo este lío, en un lugar desde luego raro pero hermoso, pues los dos somos raros aunque amantes de la belleza; añadió como remate. “Pero tienes lo más hermoso, corazón, ya que sientes la belleza de una noche en Granada”.

Esa última frase que ella describió y que aún me emociona cuando la recuerdo, quizá defina aquello por lo que mis amigos perdonan mis limitaciones y pecados, mi egoísmo de niño malcriado, y mi narcisismo de artista que ha ganado demasiadas distinciones, reconocimientos y premios.

Pero a lo que vamos, ¿qué puedo hacer ahora, una vez más que siento puede venir el Señor allá en la lejanía caminando sobre el césped verde hacia mí con el silbato en la boca, para decirme que esto se termina?. Me gustaría dejaros a todos un legado, a todos reunidos en la certeza de que el hecho de vivir es en sí una suerte impensable y maravillosa; que el cuerpo humano como digo en mi último libro publicado en colaboración con la doctora Aurora Viloria, es algo que no está mal, pero que es absolutamente insuficiente y precario como para poder dar cabida a lo que llevamos dentro. De ahí mi disgusto. Y también frustración.

Pero en fin, ahí os quedáis u os quedaréis, y comprendo y acepto que esto se acababa pues como decía ayer mismo, el tiempo que tanto necesitábamos y amábamos no es de nosotros, el tiempo es de Dios. Que si le veis venir con el silbato en la boca ya sabéis, id en busca de la estrellas pues de lo que se trata es no morir del todo.

Cada vez se mezclan más en mi mente mis recuerdos, mis sueños y la realidad, un magma hecho de vida y de lo que pudo haber sido si todas aquellas personas tan admiradas, tan queridas, no se hubiesen marchado, que es como decir si el tiempo se hubiese detenido en momentos de plenitud y de paz, cuando lucía aquel sol incomparable y radiante que nos hacía jóvenes todos a la vez, en un paraje que existe que conozco pero que ya no está, un paraje donde no existían ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte. Un lugar irrepetible donde poder gozar, escribir, donde poder amar y recibir amor sin darnos cuenta, con esa sencillez con que vuelan los pájaros, con esa naturalidad con que juegan los niños, con esa paz de otros tiempos marchitos que no olvidados por mí, donde se hacía todo sin esperar nada a cambio.

(*) Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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