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Cuento

Las delincuentes de Colinas de Bello Monte y el asesinato del Centro Polo

Una historia verdadera

miércoles 21 de diciembre de 2016, 02:27h

Por María Mas Herrera (*)

Todos los días, sin faltar uno, desayuné en la lonchería El Peregrino, ubicado en la mesanina de un añejo conjunto residencial, renombrado como El Centro Polo. Lo hacía porque Noelia, la dueña del establecimiento, era digna de todo mi respeto y admiración. Pienso que el señorío se gana a través del recorrido de una vida proba y honesta, y doña Noelia, madre, esposa y microempresaria mostraba su don de gente siendo un modelo de trabajo serio para todos los habitantes de las Colinas de Bello Monte, cerca de las majestuosas y putrefactas riberas del Río Guaire en el Valle de Caracas.

El Centro Polo era entones, un enjambre humano constituido por tres inmensas torres que como colmenas albergaban una fauna diferencial. Una ecléctica sociedad se acurrucaba en las faldas de los cerros de la antigua finca de Bello Monte, que por demás está decirlo, pertenecían a mis antepasados mantuanos y multimillonarios. Mi rito de escritor era siempre el mismo. Levantado sin que aún el sol despedazara el cielo y la copa del Ávila con su brillo centellante, yo hacía de prosista trasnochado y antes que las campanas de mi cucú dieran las seis matutinas yo tenía escrito, al menos cuatro páginas, escapadas de la pereza y la modorra de mis huesitos recién estirados. Luego, el atletismo me arropaba y puesta mi huesuda humanidad en el salón de fiesta, con mis aperos gimnásticos encima, dedicaba una hora más a darle candela a mis músculos y mantener mi cuerpo, ahora un poco desgastado por los años y la vida, en un carapacho seguro para la mente donde, probablemente y en algún oscuro rincón, se albergaba la magia y el arte de la escritura que se rebosaba a través del tecleo loco de mi computadora último modelo. Eso de los inventos de cuentos era el tesoro que realmente valoraba en mi existencia.

Durante los recorridos madrugadores por los derroteros de la terraza del Centro Polo una escolta gatuna me custodiaba el paso sigilosamente. Se trataba de las mininas Jorgelina y Saskia Petunia. Habían llegado allí como por arte de magia y la conserje de la “C”, mujer caritativa y amante de los gatos y los bichos bellos, las adoptó si más compromiso que las de acercarles debajo de la matica un traste con agua fresca y un pocillo con galletas animalescas. Lo demás fue trabajo felino. Las dos miaus crecieron bellas y cariñosas convirtiéndose, sin mayor prisa, en la delicia de muchos (me incluyo), dando la bienvenida protocolar a todos los transeúntes del sector en cada entrada y salida de los vecinos. Todos las acariciaban y adoraban con verdadero entusiasmo, a excepción de los dueños de perros grandes y agresivos (por cierto, impropio de vivir en espacios reducidos, malo para dueños y para perros). Las gatas peludas, con ojos de candela y mar, eran el mayor atractivo de las residencias y sin que yo pudiera pensarlo mucho, el encuentro diario con ellas terminó por convertirse, en la mejor parte de todos mis días. Ellas eran bellas, inteligentes, cariñosas…, sin duda, perfectas…, dignas de inspirar una gran obra de arte en el campo de la literatura universal.

Un día, Noelia comentó a viva voz que Sorrastra, la percusia conserje de la torre A, estaba dispuesta a envenenar las dos gatas por cuanto, y según la versión de la endemoniada sirvienta, ellas, se introducían a través de la ventana de la sucia conserjería y cometían grandes delitos en su propiedad, además de amenazar sin compasión la vida de dos espelucados canarios, piojosos y feos que ya ni cantaban, por la tristeza de tanto años de encierro mirándole la verruga negra en la barbilla de la mujer. Deben ser dos delincuentes, pensé yo, obstinados de verle la trompa de bicha mala, por entre el enrejado, a la vieja bruja, frustrada, mal oliente y enchancletada de la Sorrastra.

Esa mañana cumplí mi rito diario pero me encolericé al no ser recibido por mis amigas gatunas Jorgelina y Saskia. Las gatas no corrieron a darme la bienvenida en el alba como todos los días y eso afectó mi débil equilibrio de trotador madrugador. Caminé un rato pensando en la posible atrocidad cometida por la conseja-sirvienta con el asesinato de los dos animales. Su gran maldad al envenenar a mis ejemplares gatunos…, me en encolericé hasta un punto desconocido para mí. La hiel corría por mi estómago recorriendo todo mi ser como un virus. ¡Ni un gato se puede acariciar ya en este patio lleno de arpías, traumatizadas, acomplejadas y frustradas…! El odio me encendió el entendimiento y perdí la razón…, pero la inteligencia y la astucia se me avivan con la adrenalina y al bajar por el asesor, rumbo a mi natural desayuno en la Lonchería el Peregrino, yo había perpetrado mi venganza.

Ordené lo de siempre para no levantar sospechas: pan integral con mantequilla y mermelada, huevos cocidos y mi intraficable jugo de cambur, que sólo Noelia sabía preparar a la perfección, dulce y espeso, con un toquecito de canela. En ese momento que engullía mis huevos la vi salir de su edificio, a través de la puerta de cristal. Era la sucia conserje de la torre A, la asesina de la Sorrastra y casi vomité de la ira. Igualmente, la cochina sirvienta tenía un rito madrugador: comer sus empanadas grasientas, café negro, para luego tomar el cuarto de la basura y husmear entre los desperdicios…, a ver que conseguía de valor para su marginal vida. El rito de los pobres y andrajosos de Venezuela. Buscar entre desperdicios.

La mujer, engulló el desayuno como el perfecto animal salvaje que era y arrastró sus chancletas hasta el cuarto de abajo. Yo firmé mi cuenta y me despedí, con la cotidianidad de siempre, con la diferencia que esta vez me desplacé hasta el basurero custodiando los pasos de la asesina de gatas. Una vez allí, lentamente abrí la puerta sin hacer ningún ruido. Sorrastra, cual rata, hurgaba la basura. Entonces, con las arcadas del ácido destruyéndome los intestinos de la ira, tomé en tubo oxidado y cuando ella volteó la cabeza para mirar al visitante de su cueva, le asesté un brutal golpe en el cráneo y se lo partí en dos. La sangre fluía libre por entre la masa hedionda que constituía el cerebro abierto de la sirvienta. Así, se derrumbó de frente y medio cuerpo se embaldosó dentro del inmenso perolón de basura, que medio vacío hacia del arca del tesoro. Agarré las llaves que colgaban en su mugroso delantal floreado, la impulsé por sus pantorrillas, levantándola y empujando sus despojos dentro del recipiente de basura, blandiendo el cuerpo hasta el fondo. Finalmente, tape aquella hediondez y salí del basurero con rostro de todos los días.

En la puerta me esperaban Jorgelina y Saskia Petunia, con cara de hambre y felicidad. ¡Alegría infinita! Fue un momento mágico al poder acariciar el terciopelo de sus lomos arqueados y contemplar el brillo de sus hermosos ojos egipcios. Entonces, sin ninguna duda, supe que había hecho lo correcto. Finalmente, me despedí de mis amores y caminé por la ribera del contaminado y sucio río Guaire disfrutando de la media mañana, por entre una brisa cálida de nodriza. Luego, retorné a mi apartamento y escribí varias cuartillas. Mi día terminó en perfecto orden, sin ningún espaviento y con la conciencia tranquila por el deber cumplido…

Al día siguiente, después de saludar a mis amigas velludas y bigotonas desayuné en El Peregrino, como de costumbre. Fue entonces cuando Noelia me comentó muy consternada lo de la muerte de la conserje de la torre A y el enigma que representaba un asesinato a plena luz del día…, sin pistas, ni culpables. Dos semanas después la lunchera me solicitó el favor de cuidarle los canarios a la vieja muerta, pues la nueva conserje, no aceptaba animales feos y viejos en su casa. Con gusto acepté, el nuevo asesinato excitó mi mente terrorífica… Así, llevé la jaula de canarios al salón de fiesta y lo asenté en el suelo. Al lugar compareció de inmediato el dúo de mininas y al ver la mazmorra de plata, un resplandor de asesinas anegó la zona. Sin demora, abrí las portezuelas esperando la contienda, pero antes de un pestañeo gatuno, del primer garrazo, los canarios huyeron a través de los ventanales como aviones en pleno combate. −¡La vida se abre paso!−...pensé yo.

A la mañana siguiente escuché el cántico de los canarios que entraron por mi balcón. Entonces, con mi corazón de ecologista altruista les coloqué alpiste y agua en una tazón que guindé en la reja y desde ese día los dos canarios delincuentes de la torre A viven en mi casa de la Torre B, libres y seguros. Todos somos felices…, viviendo juntos como hermanos…, cada quien en su lugar…, vivos y muertos. No crean que esta historia me la inventé yo. Es una historia de la vida real… Miau, Miau.



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María Mas Herrera es escritora y profesora universitaria
Twitter: @MasGuasare

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