Cada vez que voy, es la impresión que me produce, él y su hija Rosuca, a la que por cierto adoro por su bondad y su sapiencia.
Las paredes espaciosas parecen más luminosas porque en ellas cuelgan lienzos pintados por él mismo, con la fuerza telúrica de sus pinceles, reflejando el Monasterio del Escorial o el Acueducto de Segovia, o un tapiz renacentista que compró en los piases bajos cuando era embajador o cónsul, yo qué sé.
A primera vista parece un hombre extraordinario, por la mezcla de su sencillez y de su fuerza hercúlea como pintor, escultor, acuarelista en mosaicos o en barros talaveranos.
He ido con él en el coche, muchos años, en compañía a veces del inolvidable Ángel las Navas, un ángel grueso y bondadoso, tan bondadoso que siempre pensé que venía de otro mundo, el mundo en el que ahora habita sin lugar a dudas.
El cocinero cubano, que es chofer a la vez y guardaespaldas, y criado o amo de casa o todo a la vez, me saluda siempre sonriente, vestido de blanco inmaculado.
Le pregunto por la Habana y me contesta “!Oh, peor que nunca!”. No sé si se deberá a que Donald Trump ha metido sus manitas o que las va a meter, y que termine todo tan mal como Venezuela, que sin Maduro es ahora tan terrible o más que con él (estoy muy informado, no digo tonterías, como hace la televisión en horas diurnas). Y posiblemente la antigua Persia, ahora Irán, que está ahora peor, mucho peor que con el Sha. ¡Pero como se parece el hijo a su padre!, mientas los ayatolás que se reproducen como hongos de una pesadilla y que posiblemente sobrevivirán un millón años más que los que viva Trump, aunque les borre del planeta como le gusta decir!.
Bueno, a lo que vamos. Salir de casa me ha sentado a las mil maravillas, pero claro se trataba de ir a ver a mi amigo José Antonio y a su hija Rosuca, y es un gran placer. Les aseguro, es muy difícil encontrar algo semejante en este mundo romo.