El Macho Lanú es un ser mitológico del folklore de Las Hurdes, en Extremadura. Se le describe generalmente como una criatura peligrosa y poderosa, con apariencia de macho cabrío, a veces con rasgos demoníacos como cuernos o patas desproporcionadas. En las leyendas locales, suele ser un espíritu o demonio que habita los bosques y montañas de la comarca, provocando miedo entre los habitantes y apareciendo como advertencia o castigo para quienes se adentran en sus dominios sin respeto.
En muchas historias se le asocia con la oscuridad, la noche y lo sobrenatural, y aunque tiene características malignas, también forma parte de la tradición oral que mezcla el miedo con la enseñanza moral: un recordatorio de los peligros de la comarca y de las fuerzas invisibles que habitan en ella.
Las lamias son seres femeninos con aspecto parcialmente humano y rasgos animales, como pies de ave o cola de serpiente, según las versiones. Suelen ser traviesas o peligrosas, relacionadas con el engaño y la seducción, pero también con la protección de ciertos lugares o secretos naturales. Se dice que habitan ríos, fuentes o cuevas y que atraen a los incautos para probar su valentía o respeto por la naturaleza.
Otros elementos mágicos o diabólicos con el Diablo o Demonios. Figura de hombre negro como la pez, con cuernos y ojos llameantes; representa la clásica encarnación del mal en la tradición popular. Malévolo, travieso y vengativo; aparece sobre todo en lugares solitarios o inhóspitos. Numerosos habitantes de Las Hurdes han contado encuentros, especialmente en valles y caminos nocturnos, donde el Diablo lanzaba objetos, provocaba ruidos ensordecedores o perseguía a quienes lo desafiaban. Ejemplos incluyen los testimonios de Tío Juanito, la Tía Clementina y Borrajera.
Las Gentes Salvaje de los Valles, según crónicas antiguas (como las de Nieremberg), se trataba de habitantes aislados, “ni vistos ni oídos antes”, desnudos y con costumbres distintas. A veces se les atribuían voces góticas o incomprensibles. Misteriosos y temidos; su existencia se mezclaba con relatos de demonios y seres sobrenaturales. Se pensaba que habitaban valles remotos y que eran una especie de humanos primitivos, confundidos con espíritus o demonios por los pastores locales.
Otros seres sobrenaturales hurdanos son espíritus y fantasmas. Presencias vinculadas a casas antiguas, caminos solitarios o lugares donde ocurrieron tragedias. Además de todo lo cual existen relatos de ermitaños atacados por demonios en soledad, como en las Batuecas, muestran la mezcla de religión y mito en la comarca.
Las Hurdes conserva un folklore rico y terrorífico, donde los límites entre lo humano, lo animal y lo sobrenatural se desdibujan. La tradición oral ha preservado estos relatos como advertencias, lecciones y expresiones de respeto hacia la naturaleza agreste y sus misterios.
No se trata de algo reciente, ya en el siglo XVII, el carmelita Juan Nieremberg, en su obra Curiosa Philosophiae, mencionaba sobre Las Hurdes:
“Existe un valle agreste, infestado de demonios, donde los pastores creen habitar a salvajes, gente que ni se ha visto ni oído hablar, con costumbres distintas a las nuestras, desnudos y creyéndose únicos en la Tierra. Algunos testigos incluso afirman haber escuchado voces góticas y otros sonidos imposibles de comprender.”
¡Qué fragmento tan fascinante! Juan Nieremberg, en el siglo XVII, describe a Las Hurdes como un lugar casi mítico, lleno de misterio y exotismo, que refleja la mezcla de observación y fantasía propia de su época. Recalca lo inaccesible del valle, lo que contribuía a la percepción de que sus habitantes eran “salvajes” o distintos al resto de la humanidad. Esto refleja la visión temprana de los territorios remotos como lugares peligrosos o sobrenaturales. La frase “infestado de demonios” no debe interpretarse literalmente, sino como una metáfora de lo desconocido y temido. Es una forma de exotizar y temer a lo que se desconoce. La descripción de personas “desnudas y creyéndose únicos en la Tierra” es típica de la literatura de viajeros y cronistas que exageraban la diferencia cultural para causar asombro en sus lectores. La mención de voces góticas u otros sonidos “imposibles de comprender” probablemente alude a lenguas locales, dialectos o formas de comunicación que eran ajenas al oído castellano, y que se interpretaban como algo casi sobrenatural. En conjunto, Nieremberg mezcla observación con elementos fantásticos, mostrando cómo la percepción de un lugar aislado y sus habitantes podía ser tanto etnográfica como mitológica. Esta visión también influyó siglos después en cómo se retrató a Las Hurdes, por ejemplo, en el documental de Luis Buñuel en 1933, donde la región fue presentada con tintes extremos, aunque desde un enfoque social más crítico.
Las crónicas de los carmelitas recogen también historias de ermitaños enfrentándose al demonio. Por ejemplo, el Padre José de Santa Teresa relata un ataque del maligno a un ermitaño y las noticias de estos fenómenos llegaron hasta México, donde Juan de Jesús María Robles documentó obsesiones demoníacas en las Batuecas hacia 1636, desconocidas para los cronistas españoles.
Las órdenes religiosas, como los carmelitas, funcionaban no solo como observadores geográficos o etnográficos, sino también como cronistas de fenómenos espirituales o “sobrenaturales” que interpretaban según su marco religioso. La figura del ermitaño es central en la tradición carmelita. Vivir aislado se consideraba un camino hacia la santidad, pero también los exponía a lo que se percibía como ataques demoníacos, reforzando la narrativa del bien enfrentando al mal en territorios apartados. La difusión de estas historias hasta México muestra cómo los relatos de fenómenos sobrenaturales circulaban entre los conventos y misiones. La documentación de Juan de Jesús María Robles evidencia un interés en recopilar casos de “obsesión demoníaca” incluso en lugares remotos, mostrando que la preocupación por lo demoníaco no era local sino parte de un imaginario religioso compartido. Fenómenos “desconocidos para los cronistas españoles” sugiere que la documentación era selectiva y que muchas manifestaciones de lo sobrenatural locales solo se conocieron a través de relatos indirectos. En otras palabras, los cronistas españoles del siglo XVII no siempre tenían acceso directo a los hechos y dependían de relatos filtrados por otros religiosos. Tanto Las Hurdes como Las Batuecas aparecen como espacios liminales: geográficamente aislados, culturalmente distintos y espiritualmente “peligrosos”, donde la experiencia del demonio se hacía más tangible.
Las crónicas carmelitas del siglo XVII ofrecen una visión fascinante de la espiritualidad y las creencias de la época, especialmente en regiones remotas como Las Hurdes y las Batuecas. A continuación, presento un análisis cronológico y geográfico de los fenómenos documentados por los carmelitas en España y América durante ese período:
Mapa fenómenos espirituales carmelitas (siglos XVI–XVII)
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Año
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Ubicación
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Fenómeno documentado
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Fuente principal
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1636
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Batuecas (España)
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Apariciones demoníacas y obsesiones en ermitaños.
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Juan de Jesús María Robles (carmelita)
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Siglo XVII
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Las Hurdes (España)
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Encuentros con el demonio en lugares como carboneras; relatos de luces misteriosas y figuras oscuras.
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Testimonios populares recopilados por periodistas locales
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1600–1650
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Convento de sor Isabel (España)
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Apariciones de demonio en figura de ermitaño con rosario, causando ruidos molestos.
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Documentos carmelitas de la época
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Siglo XVII
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Nueva España (México)
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Visiones y representaciones del diablo en documentos novohispanos; endemoniadas y pactos diabólicos.
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Jorge Uzeta, El Diablo en la Nueva España
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Los valles legendarios de Las Hurdes
Lo sorprendente es que los avistamientos del Diablo continúan. En 2013, -relato que fue ya publicado por Hoy-, durante una investigación en la comarca, Luis Guerrero, de Casares, relataba cómo su amigo el Tío Juanito, tras descansar sobre una piedra en el límite de los pueblos de Asegur, encendió un cigarro y de repente vio a un hombre completamente negro a su lado, silencioso. Reconociendo al instante que no era de este mundo, dejó caer el cigarro y corrió hacia el pueblo mientras un estruendo llenaba el valle. Sus gritos resonaban entre las rocas: – ¡Cabrón… es el Diablo!. Este relato que compartes es un ejemplo clásico de tradición oral extremeña , donde se mezclan elementos sobrenaturales, miedo popular y la experiencia personal, creando un imaginario muy vívido sobre “lo demoníaco” en los territorios aislados como Asegur o Las Hurdes. La historia se desarrolla en un límite entre pueblos, en una piedra “solitaria”. Los espacios fronterizos y agrestes son recurrentes en la literatura de lo sobrenatural, porque simbolizan lo desconocido y lo liminal. La descripción de un hombre completamente negro es simbólica; en la tradición popular española, el color negro asociaba al mal, la muerte o el demonio, reforzando que se trataba de una entidad “no humana”. Dejar caer el cigarro y huir refleja la reacción instintiva ante lo sobrenatural: el reconocimiento de que es algo “que no pertenece a este mundo”. Este tipo de narrativa también sirve para validar la autoridad del testigo ya que su terror refuerza la veracidad de la experiencia. El sonido que acompaña al avistamiento añade dramatismo y enfatiza que lo sobrenatural afecta el entorno físico, no solo la percepción del testigo. “¡Cabrón… es el Diablo!” pone un cierre explícito que identifica al ser y conecta la historia con la tradición demonológica popular. Es un ejemplo de cómo la oralidad codifica y transmite la moral y el miedo colectivo: el Diablo como presencia real y activa en la vida cotidiana de los pueblos aislados.
En el valle de Aceitunilla La Tía Clementina vio no a uno, sino a dos diablos negros, con cuernos enormes y ojos encendidos como brasas. Encomendándose a la Virgen y a todos los santos, logró pasar entre ellos ilesa. Con casi cien años, asegura que, de no haberlo hecho, no estaría viva. Este relato de La Tía Clementina es un ejemplo perfecto de cómo la tradición oral extremeña amplifica los elementos sobrenaturales para crear historias de supervivencia milagrosa. A diferencia del caso de Tío Juanito, aquí son dos diablos los que aparecen, lo que intensifica la amenaza y genera una sensación de peligro. Los cuernos enormes y los ojos como brasas son elementos clásicos del imaginario demoníaco en la cultura popular española, que combinan miedo físico y simbólico. Los ojos encendidos, en particular, enfatizan la agresividad y la “vida propia” de la entidad. Clementina se encomienda a la Virgen y a todos los santos, reflejando la forma en que la religiosidad popular funciona como protección ante lo sobrenatural. Es una mezcla de devoción y supervivencia, que conecta la fe con la experiencia tangible del miedo. Al mencionar que tiene casi cien años, la historia añade autoridad al testimonio. La supervivencia ante los diablos se convierte en prueba de su experiencia y en símbolo de la intervención divina. A diferencia de Tío Juanito, quien huye, Clementina pasa entre los diablos ilesa, lo que introduce una dimensión de victoria moral y espiritual , subrayando la fuerza de la fe sobre el mal.
En otra ocasión, regresaba La Tía Clementina con su hermano Evaristo de Hervás pasada la medianoche. Aunque podía dormir en casa de su hermano en Nuñomoral, decidió continuar hacia Aceitunilla para cuidar de sus hijos. Al salir del pueblo, en el barrio de la Loba, divisó “hogueras de lumbre” entre los olivos y un escalofrío la recorrió. Recordaba:
– “Llegando a la curva, pensé: rece el Padrenuestro, la Salve, acuérdese de la Virgen de la Peña y del Dios del Cielo… porque esa noche me mataban”.
Sosteniendo una bolsa de ajos, vio a dos figuras con cuernos enormes y negros como la pez. Tremblando, avanzó entre ellos y, al llegar a la prensa, sintió un sudor intenso, como si hubiera atravesado un charco. La historia ocurre pasada la medianoche, en un camino entre pueblos. La soledad y la oscuridad intensifican el miedo y preparan el escenario para lo sobrenatural. La sensación de peligro aumenta con el paisaje agreste, como la curva del camino y los olivos. Las luces misteriosas son un recurso clásico en relatos de lo sobrenatural. Pueden representar manifestaciones demoníacas, señales de magia o simplemente la imaginación de alguien alerta y asustada, mezclando realidad y temor. La Tía Clementina recita Padrenuestro, Salve, invocaciones a la Virgen y a Dios , mostrando cómo la religiosidad popular se integra como defensa frente a lo peligroso. La fe actúa como un “escudo” frente a lo demoníaco. La bolsa de ajos tiene un significado tradicional de protección contra el mal, un ejemplo de cómo los objetos cotidianos se incorporaban a la lucha espiritual contra el Diablo. Nuevamente aparecen dos figuras negras con cuernos enormes, reforzando la continuidad del imaginario demoníaco en la región. La comparación con la pez intensifica la sensación de maldad y densidad física de los seres. El sudor intenso y la sensación de haber atravesado un charco representan la trascendencia del miedo a lo corporal, un detalle recurrente en relatos donde la experiencia sobrenatural se percibe físicamente, no solo psicológicamente. En conjunto, esta historia muestra cómo los elementos del paisaje, la religiosidad, los objetos protectores y las descripciones físicas del demonio se combinan para crear relatos de supervivencia sobrenatural en Las Hurdes.
Pero Clementina no fue la única. Su cuñado Borrajera también presenció al Diablo mientras trabajaba en la Sierra de la Bodoya. Escuchó lamentos, respondió sin pensar y de pronto vio a un hombre alto, negro como la pez, lanzándole cepas y carbón. Logró cubrirse con el pan que llevaba y esperó hasta el amanecer. El Diablo le advirtió que no lo molestara más y Borrajera murió poco después, enfermo. Este relato de Borrajera amplía aún más el patrón de encuentros demoníacos en la tradición oral hurdana y añade elementos nuevos y más siniestros. La Sierra de la Bodoya, como escenario, es un lugar remoto y agreste, típico de los relatos donde lo sobrenatural se manifiesta. La soledad del trabajo aumenta la vulnerabilidad del testigo. A diferencia de Clementina, que solo atraviesa o evade al demonio, Borrajera responde a los lamentos y provoca la atención del Diablo. Esto introduce la idea de que la curiosidad o la reacción humana pueden atraer el peligro, reforzando la moral implícita de precaución. Nuevamente aparece un hombre negro como la pez, consistente con otros relatos. El negro intenso simboliza maldad y refuerza la uniformidad del imaginario demoníaco en la región. El lanzamiento de cepas y carbón convierte el encuentro en una agresión tangible, que trasciende lo psicológico y lo visual para afectar al cuerpo. Borrajera se protege con el pan que llevaba, reflejando un recurso cotidiano usado como amuleto o escudo improvisado. Esto se conecta con el uso del ajo por Clementina, mostrando cómo los objetos cotidianos adquieren significado mágico o protector. El Diablo le advierte “que no lo molestara más” y Borrajera muere poco después de enfermedad. Esto introduce la idea de castigo demoníaco post-encuentro, reforzando la peligrosidad real y prolongada de estos seres en la tradición oral. En conjunto, la historia consolida un patrón: lugares aislados, encuentros nocturnos o solitarios, presencia de seres negros con cuernos o como la pez, intervención de la fe o de objetos protectores; y consecuencias físicas o mortales.
El Tío Cristino de El Gasco recordó otro caso similar, cuando un vecino se encontró con un demonio en una carbonera y no se apartó hasta que amaneció. Este relato del Tío Cristino refuerza de manera muy clara el patrón recurrente de encuentros demoníacos, con algunas características interesantes. La aparición ocurre en una carbonera, un escenario frecuente en relatos hurdanos. Las carboneras, asociadas al trabajo solitario y al humo, se prestan a la sensación de misterio y peligro. El vecino no se aparta hasta el, mostrando un comportamiento distinto a huir inmediatamente, pero también subrayando la idea de resistencia y exposición prolongada al peligro sobrenatural. La espera hasta el amanecer es un elemento recurrente en estas historias: la noche simboliza lo desconocido y lo peligroso, mientras que la llegada del día representa seguridad y protección. Este caso es similar a los relatos de La Tía Clementina y Borrajera: ser negro, agresivo o amenazante, presencia en lugares aislados, interacción con la víctima y necesidad de protegerse o esperar hasta la luz del día.
Son muchos los testimonios de encuentros con el diablo en estas tierras abruptas y bellas. Araceli A., de Asegur, relató que incluso su esposo se topó con luces extrañas y con un hombre negro en la carretera de Aceitunilla tras enterrar a un hijo. Según ella, existen momentos en los que es mejor evitar ciertos caminos:
– “Hay horas malas de día y de noche, hay que tener cuidado…”
Los habitantes de Las Hurdes, con sus sabidurías ancestrales, saben mucho más de lo que aparentan. Y no solo por el Diablo. Este relato de Araceli A. añade una dimensión social y cultural muy importante al patrón de encuentros demoníacos en Las Hurdes. El encuentro ocurre después de enterrar a un hijo, lo que añade una carga de dolor y vulnerabilidad, amplificando la percepción de lo sobrenatural. El duelo intensifica la alerta y hace que los fenómenos extraños se perciban con mayor fuerza. Mantiene elementos consistentes con otros relatos: presencia de seres oscuros y fenómenos luminosos inexplicables, reforzando la continuidad del imaginario demoníaco en la tradición oral hurdana. La advertencia sobre “horas malas de día y de noche” refleja una sabiduría local basada en la experiencia, combinando observación, superstición y precaución práctica . Esto conecta lo sobrenatural con la vida cotidiana y la supervivencia en un entorno difícil. Araceli insinúa que la sabiduría hurdana no se limita a la interpretación de fenómenos demoníacos; los habitantes tienen conocimiento del entorno, del clima, de los caminos y de riesgos físicos y espirituales, lo que muestra que la tradición oral combina lo práctico y lo simbólico. En suma, este relato muestra cómo la narrativa del diablo en Las Hurdes no es solo terrorífica, sino también un vehículo para transmitir conocimiento, precaución y valores culturales, integrando lo sobrenatural con la vida diaria.
*María del Carmen Calderón Berrocal, Dra. Historia. Ciencias y Técnicas Historiográficas, Correspondiente por Extremadura en Academia Andaluza de la Historia, Cronista Oficial de Cabeza la Vaca. Secretaria Canciller de la Asociación de Cronistas de Extremadura y miembro de la Real Asociación de Cronistas de España